Por Pepe Marquínez (Sunchales)
La historia que les voy a contar ocurrió allá por el año 1931 y se desarrolló en la ciudad de Buenos Aires. En mi último artículo referido al Palacio Barolo les dije que había sido ideado por el arquitecto Mario Palanti, quien fue el profesional que lo ideó y pergeñó, pero a su vez el mismo realizó otras obras tales como la Nunciatura Apostólica, el Hotel Castelar, el Palacio Salvo en Montevideo y el edificio conocido como Chrysler, en avenida Figueroa Alcorta al 3300. En la planta baja de este edificio se encontraba el salón de ventas y oficinas, detrás, el salón de montaje y en el primer piso depósito para vehículos. Lo llamativo del caso era la gran terraza que poseía el edifico ya que estaba dotado de una pista para probar autos con una extensión de 1700 mts, y con una capacidad para 3000 espectadores.
Relacioné ambas entregas porque la historia de hoy da comienzo precisamente en el edificio Chrysler, ya que sus prolegómenos allí se desarrollan.
Un viernes por la tarde de enero del 31 se presenta en la concesionaria de automóviles, que funcionaba en el edificio Chrysler, propiedad de la firma Resta Hermanos, un ciudadano que adquiere un vehículo cero kilómetro, y deja un cheque para ser cobrado el lunes posterior, llevándose el auto.
Al día siguiente, sábado por la mañana, la empresa Resta Hermanos recibe un llamado solicitando un servicio mecánico, para un automóvil recién adquirido. Los dependientes de la misma constatan que se trata del mismo vehículo vendido el día anterior pero con otro propietario.
El requirente del servicio les informa que se lo había comprado por mitad de precio a un señor que necesitaba el dinero porque al día siguiente en el Hipódromo de Maroñas (Montevideo), corría un caballo que no podía perder y que iba a pagar un gran sport. Al no contar con el dinero sacrificó el auto y lo enajenó por la mitad de precio.
La empresa pensó que el cheque no tenía fondos y había que detener al presunto estafador por lo que desesperados y hechas las averiguaciones del caso, se localiza al comprador primigenio, el cual se encontraba viajando con el Vapor de la Carrera, que era una nave que hacía el trayecto Buenos Aires - Montevideo y viceversa, en forma nocturna. Hoy el Vapor de la Carrera no existe y fue reemplazado por la moderna flota de Buque Bus.
Localizado el timador se le exige que entregue el dinero, pero astutamente éste requiere al capitán del barco que labre un acta donde consten dos cosas: el monto del dinero que se le incauta y nombre del caballo y carrera de la cual participaría. Al llegar a Montevideo lo detienen y lo ponen a disposición de la justicia.
La carrera en cuestión se llevaría a cabo cerca del mediodía.
La leyenda dice que el clásico corrido en Maroñas fue ganado por el caballo en cuestión y que pagó una fortuna. Además el lunes, cuando fueron a cobrar el cheque entregado el viernes por la tarde, el tesorero del banco lo pagó con puntualidad inglesa. Se afirma que la empresa tuvo que pagar la totalidad del dinero que hubiera ganado aquel apostador y que tuvo dificultades económicas a raíz de este acontecimiento por lo que fue absorbida por otra llamada Fevre y Basset, la que se hizo cargo del edificio.
Luego el inmueble pasó a manos del Comando de Arsenales del Ejército y fue sede del Registro Nacional de Armas. Hoy se encuentra reciclado y fue convertido en sede de departamentos lujosos.
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