Por Antonio Fassi
Enero de 1961, nacía en la serrana ciudad de Cosquín, un festival de música folclórica que hizo, hace y hará historia por mucho tiempo en el mundo de la música y la danza de nuestro acervo nativo.
Con el transcurso del tiempo fue tomando cada vez mayor popularidad, y los organizadores intuyeron que se hacía necesario crear algún escenario paralelo a fin de dar cabida a la numerosa cantidad de músicos, cantantes y bailarines que año tras año se acercaban al encuentro estival a fin de mostrar sus cualidades interpretativas.
Así cobró vida real el Pre-Cosquín en 1972 ( año en que el escenario tomara el nombre de Atahualpa Yupanqui), con menos rubros que en la actualidad, pero ya con jurados en música y danza, y parecida distribución organizativa vigente.
Hoy, a cuarenta y cinco años de su nacimiento, aquel "Niño Precoz" se ha convertido en el más grande concurso del país para nuevos valores redondeando el número de cincuenta subsedes de todas las provincias argentinas y Capital Federal, que pugnan noche a noche por lograr el máximo galardón que significa triunfar en una categoría sobre el mítico y legendario escenario coscoíno, cuyo valor espiritual y cósmicamente interno, conmueve y emociona hasta las lágrimas a la mayoría de aquellos que llegan a mostrar sus dones artísticos sobre ese sagrado piso de madera, que atesora los más grandes dones del folclore nacional.
Gane o no el artista que pisa actuando sobre él, ya no es el mismo cuando entra que cuando sale. Hay una mística que desde el plano material no es visible ni se lo puede explicar con palabras, pues es el espíritu del arte que premia a los auténticos, o sea aquellos que liberan el pensamiento en pos de su trabajo artístico. Ganen o no, alguna chispa divina penetra en lo más profundo de su mundo interior, que con el tiempo acabará por convertirse en llama, llama eterna que nunca apagará ni su luz ni su calor, y que al fin y al cabo alumbrará el camino propio y el de todos los seres que lo rodean y que predispongan su espíritu a recibir chispas de esa luz que no es otra cosa que el correcto respeto y el buen comportamiento frente a sus semejantes.
Y este año, en que Rafaela volvió a resurgir como subsede no sólo colocó cuatro semifinalistas: Patricia Ratti -solista vocal femenino-; Daniel Orellano - solista vocal masculino-; Emanuel Onisimchuk -solista instrumental- y Trovand-Pistono -dúo vocal-, sino que logró dos preseas doradas, de la mano de Patricia Ratti y Daniel Orellano, siendo Patricia la primera ganadora femenina de un pre. Anteriormente lo habían hecho: Tito Román, en 1988 como vocal masculino; Ramón Bouhier, en 1994, como instrumentista y Julio Cepeda, en 2011 como vocal masculino; sumándose ahora Patricia y Daniel.
Y dejamos para el final lo que nos parece hace tiempo la Comisión del Festival Mayor debería haberlo advertido: abrirle las puertas a los ganadores de cada rubro, tanto en música como en danza, en el festival mayor durante varios años, y al mismo tiempo, gestionar actuaciones grupales durante por lo menos el primer año de sus primeros puestos en el Pre.
De todos modos creemos firmemente que en lo que respecta a la presencia de la subsede Rafaela fue estupendamente magnífica, pues lograr dos ganadores y cuatro finalistas, nos da la pauta de que el trabajo del jurado que calificó en Rafaela fue a todas luces estupendamente magnífico. Ojalá vuelvan en la próxima edición.
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