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Información General Sábado 10 de Agosto de 2013

Publican un cuento de Pedemonte en México

Se trata de "El hombrecito de plata" en el marco del concurso internacional de cuento breve. El autor es colaborador de LA OPINION.

REDACCION

Por REDACCION

En la antología "Cada loco con su tema" publicada este año en México por la editorial Benma, en el marco del concurso internacional de cuento breve, fue seleccionado el rafaelino Carlos Daniel Pedemonte con el cuento "El hombrecito de plata" en las páginas 249/50. 

Hay una pequeña biografía en la página 401: nació en 1960, por influencia de su abuelo José Bucchi y su madre fue seducido por la literatura y la música, cursó estudios secundarios, ejerce como profesional de la construcción. Publicó notas de actualidad política en el diario Tiempo Argentino de Buenos Aires, es colaborador de LA OPINION de Rafaela donde publicó cuentos, notas de crítica política y del acontecer diario. 

A continuación se publica el cuento seleccionado:

Uno de mis mayores placeres es viajar, es así como un día decidí conocer Perú y sus maravillas, tierra de enigmas y misterios aún hoy sin resolver. Junto a mi mujer, Ana, comenzamos nuestra aventura por la ciudad de Cuzco. Cuando arribamos, nos dimos cuenta inmediatamente de la altura en que se encuentra enclava­da, por la falta de oxígeno. Nos cautivó desde el primer momento. Su imponente plaza de armas desprovista de vegetación, rodeada de anchas galerías con arcos, herencia de la conquista, y sus típi­cos balcones de madera pintados en vivos colores que desde su saliente, espían a los incautos visitantes, la majestuosa catedral y una espléndida fuente de piedra nos dan la bienvenida. Una ciu­dad encantada y mágica habitada por cientos de personas que ya no existen pero que nunca se han ido, en el silencio de la madru­gada aún se escucha el pesado andar de los carros tirados por las bestias o las discusiones de los caballeros en las recovas atesta­das de gente. En la noche infinitas farolas de luz amarillenta dan brillo al gastado y lustroso piso de piedra, el cielo es más negro que cualquiera y las estrellas están al alcance de la mano; en una oportunidad tomé unas cuantas y llené el bolso de Ana, pero las devolví cuando observé que se habían apagado y dejaron de bri­llar, allí comprendí que, fuera de ese cielo no pueden sobrevivir.

Esa mañana, tan luminosa como todas, decidimos visitar el mercado municipal donde se pueden encontrar todo tipo de pro­ductos y artesanías, además de poder consumir infinidad de pla­tos a precios populares. Avanzamos por una calle que nos llevaría directamente antes de cruzar el arco donde comienza el sector peatonal, se abre de un lado en una plaza pequeña que sirve de descanso y escenario a muchos turistas. Ana me abandona, sigue el recorrido llevada por su ansiedad y cuando cruza el arco, ad­vierto que todos los ruidos urbanos, voces, automóviles y vende­dores desaparecen, también me doy cuenta que he quedado solo, eso me incomoda e instintivamente busco una explicación, que no encuentro. Frente a mí, junto a un muro altísimo de piedra de la era española, en la sombra de una saliente, advierto una extraña figura plateada, me acerco más, para poder observar con detalle, y veo un pequeño ser con un traje color plata, similar a una bata cerrada de boxeador, de mangas largas y capucha, sus manos pintadas del mismo tono, con una máscara sobre su rostro también pintada, sobresalía una nariz prominente, ojos rasgados y sonrisa burlona. Esta aparición me llamaba con su manito extendida, me acerqué con precaución a una distancia prudencial, entonces me indica frotando su dedo índice con el pulgar en alusión a la seña universal del dinero, una pequeña caja a sus pies, a lo que ac­cedí colocando algunas monedas. Cuando me estaba por retirar pensando que había pagado el precio de mi asombro, el pequeño personaje me indica nuevamente sin hablarme que me acerque, lo hago con extrema cautela, este introduce su mano en el bolsillo y luego la extiende hacia mí, queriéndome entregar algo. Sin perder la atención extiendo la mía procurando tomar lo que me ofrece, pero en ese mismo momento siento la llamada de Ana que me apura y me distrae, corro a encontrarme con ella y trato de expli­carle la demora, pero mi pequeña aparición se había evaporado. Dejé el tema en el olvido, en realidad dudaba de mí mismo, en cuanto a si el hecho había ocurrido realmente, o se trataría solo de una ilusión provocada por la falta de oxígeno con el agotamiento que deriva de ello.

El viaje resulto más interesante de lo esperado, regresamos sin problemas, pero en mi mente quedó grabada esa experiencia, no puedo dejar de pensar en ese hombrecito y qué tendría para dar­me. Me sucede que en cada decisión difícil que debo tomar pienso en él y en mi bolsillo aparece una pequeña tirita de papel azul que he querido conservar pero se desvanece, donde se lee con claridad la siguiente frase: “No temas, cada fracaso nos hace más listos”.

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