Por REDACCION
Por Jaime Eladio Sada. - Decidí traer a la memoria algunos recuerdos y me di cuenta que surgen como torbellinos imágenes, añoranzas, personas, lugares, voces y no paran…
Nací en un pequeño pueblo, en Vila, a pocos kilómetros al oeste de nuestra ciudad. Pertenecí a una familia numerosa, soy casi “el más chico”. Fuimos pobres, muy pobres. Recuerdo que cuando tenía 8 años, con uno de mis hermanos salíamos a vender verduras que poníamos en canastos. Por la tarde arreglaba las canchas de bochas que estaban al aire libre, en el Bar “Ideal” de Arturo Brega padre. Me acuerdo que después de un tiempo lo compró don Juan Porta. Pasaron unos años, y Juan Porta me dijo que si quería el bar, él lo vendía y que se lo pagáramos cuando pudiéramos. Yo le pregunté a mis hermanos: Erio y Rubén. Rubén estaba en el servicio militar, le escribí una carta, él sólo sabía cortar el pelo… pero me contestó que sí.
Trabajábamos muy bien, aunque mi hermano y yo nos retiramos después de unos años. Fue después de esto cuando decidí por mi futuro: iría a Rafaela o trabajaría de boyero en algún campo. Cuando le dije a mi papá me contestó que si iba a Rafaela me iba a morir de hambre. Qué poco faltó para que le dé la razón. Pero yo no volví…
Conseguí trabajo en la mueblería de Emilio Sapienza. Probé un tiempo, las cosas no iban bien… Luego con Alberto Larrué (Nelo Ambrosino) lustraba sillas y también como otra “changa” trabajaba en la empresa Molfino Hnos.
Yo alquilaba una pieza cerca de la panadería de don Grosso y me hacía llamar temprano para ayudar a hacer el pan. Como había aprendido, le cortaba el pelo a los amigos, que eran muchos…
Y me quería casar, tenía novia. Celia era mi novia, hoy mi esposa. Don Domingo el dueño de la panadería, me ofreció el reparto. Yo le dije que no porque estaba todo muy viejo. Ellos me querían mucho y entonces don Grosso me dijo que si aceptaba, me hacía todo nuevo. Me hicieron la jardinera nueva, compraron dos caballos y empecé con 35 kilos de pan. Después fueron 80 kilos y más tarde llegaron a 115 kilos de pan por día.
Trabajaba en la cuadra, donde se hace el pan y también repartía, me ocupaba todo el día… Antes de salir a entregar el pan casa por casa, la señora de don Domingo, doña Ernesta me preparaba una taza de café con leche y de todo para comer… Sabés cómo comía! Qué buena gente. Para mí eran como mis padres o igual que ellos. Yo vivía solo en una pieza que alquilaba en el patio de la panadería.
Después me casé y como también quedaba incómodo para darles de comer a los caballos, decidí vender el reparto. Ellos no querían que me fuera pero, qué podía hacer…, tuve que dejarlos. Fui a trabajar a “La Princesa” la fábrica de galletitas.
Me acuerdo que cuando tenía más o menos 28 años y dos hijas; pude comprarme un Fort T y quise llevar a mi familia y a mi suegra a Córdoba. Yo tenía en el baúl del auto un cajón de madera con ropa, alimentos y otras cosas, para abaratar los costos. Cuando fui a cargar nafta, el señor que me atendió me dijo: "pero usted no va a poder cruzar El Cuadrado con esto…". Entonces mi suegra sacó un rosario y empezó a rezar. Nos fue bien, estuvimos en Carlos Paz 15 días, en la Hostería “Enrimar” y cuando volvíamos, mi esposa me dijo”…mirá ese cartel dice Mar Chiquita” y fuimos hasta Mar Chiquita y nos quedamos tres días más… Qué tal!
Un día me llamó don Carlos Tossini, porque sabía que yo había aprendido a lustrar muebles. Me ofreció lustrar los muebles de la “Severbon”, acepté. Cuando empecé, me dijeron que tenía que hacer 300 muebles por mes. Entonces ya hablábamos de una pequeña empresa! Por eso le hablé a Chochi Ruffino, para que me ayude. Chochi me dijo que no sabía lustrar pero no podía echarse atrás, entonces le dije “yo te enseño” y nos fue bien, muy bien…
Después 5 o 6 años, apareció el “nerolite” y el lustrado ya no era negocio.
Entre los dos, Chochi y yo compramos la esquina de las avenidas Brasil e Italia. Yo me quedé con la esquina y él con el resto de la propiedad.
A los ponchazos, construí e instalé una panadería, todavía no sé cómo pude. Gracias a Dios, me fue bien pero muy bien… Trabajando sin descansar, hacía de panadero y albañil para terminar de construir. Las cosas marchaban bien… Nos hicimos la casa al lado de la panadería. Mi señora se jubiló, ella era docente de primaria, y entonces trabajamos duro, sin descanso. Tengo que decir que estoy casado con una mujer extraordinaria que se llama Celia Allegrini, tiene 81 años. Tenemos tres hijas Mónica, Adriana y Sonia; tengo tres yernos muy buenos, 7 nietos, una bisnieta, qué más pedirle a Dios, sino agradecerle por todo lo que me dio.
Tengo 84 años, llevo 59 años de casado y este es un pequeño relato de mis vivencias hasta ahora… Tengo muchos amigos, de vez en cuando juego a las bochas con la Barra “El Fortín de los Veteranos” en mi Club Ben Hur. Algunas veces por la mañana me gusta juntarme a tomar un café con todos mis amigos del Bar “La Gloria”, que somos tantos!...y entre los que está Emilio J. Grande a quien considero un gran amigo y compañero y a quien le agradezco que me haya dado la oportunidad para contar un pedacito de lo fue mi vida hasta hoy...
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