Por Amado Raspo
Hallándome en Merlo (San Luis), mirando un mapa turístico, observo "San Francisco del Monte", pensé, allí voy a ir. A la mañana siguiente, bien temprano con mi señora emprendimos el viaje.
Poco antes de llegar, un policía caminando sobre la ruta, me detengo y lo invito a llevarlo, accedió de inmediato y fue quien me llevó hasta lo que quería ver.
¿Qué es lo que quería ver? Pues la casita o más bien rancho, en el que Sarmiento daba clase a los 15 años.
Cuando llegué, viví una profunda emoción "patriótica", porque pisar el suelo que pisó Sarmiento, acompañado de quien él llamaba "tío", que era el fraile "José de Oro", no pude menos que emocionarme.
Hoy se conserva, una galería y dos habitaciones, una a la derecha y otra a la izquierda, todo debajo un enorme galpón de chapa, y cientos de placas de bronce y de otros materiales, dan marco a dicho lugar histórico. Don José, el fraile, tendrá compañía con el muchacho y este aprovechará de él sus lecciones. Juntos ahora, lejos de San Juan, están sólo como dos amigos, el viejo y el joven, practicando la más curiosa pedagogía en el seno de la naturaleza.
Cerca de tal maestro, Sarmiento se sintió maestro y a los 15 años se despertó su vocación pedagógica. Abrió escuela para los campesinos del entorno, a quien enseñó a leer, a escribir, a contar, y la Escuelita de San Miguel del Monte, es un anticipo de su destino de educador. Tenía siete alumnos, entre ellos unos mocetones Camargo, todos mayores que él y a quienes les llamaba "los niñitos Camargo". Desde luego la escuela era "mixta", concurrían también muchachas de la región.
En San Francisco del Monte, ayudó a don José en el cultivo de su jardín y además iba con frecuencia a traer leña del monte. Relata: "Vagaba yo por las tardes, por los vecinos bosques, seguía el curso de los arroyos, prestando oído a los ecos de la selva, hasta llegar a alguna cabaña de paisanos, donde conociéndome como discípulo del cura y maestro de la Escuelita, me prodigaban mil atenciones, regresando al anochecer, cargado con mi hacecillo de leña, algunos quesos o huevos de avestruz con que me habían obsequiado estas buenas gentes". Un niño era sin duda Don José, pero debía también ser un hombre completo, a juzgar por la gratitud cariñosa con que Sarmiento lo recordaba años después.
Relata Sarmiento: "Mi inteligencia se amoldó bajo la impresión de la suya, y a él debo los instintos por la vida pública, mi amor por la Libertad y a la Patria, y mi consagración al estudio de las cosas, de mi país, de que nunca pudieron distraerme ni la pobreza, ni el destierro, ni la ausencia de largos años. Salí de sus manos con la razón formada a los 15 años, valentón como él, caballeresco y vanidoso, honrado como un ángel, con nociones sobre mil cosas...."
El padre de Domingo se presentó para llevárselo. El muchacho se entristeció por dejar al maestro.
Se despidieron, cuenta, estrechándose la mano y volviendo a él los ojos para que no lo viera llorar. ¡Noble don José, hombre extravagante, pero de alto ingenio y corazón bondadoso.
San Francisco del Monte, es hoy "una importante Villa, su escuela lleva el nombre de 'Sarmiento".
Los comentarios de este artículo se encuentran deshabilitados.