Por Rodolfo Zehnder
Tuve oportunidad de asistir, días atrás, al recital de la soprano Sarah Brightman en el Luna Park, en su segunda venida a Argentina (la primera fue en 2009). Y el resultado no pudo haber sido más increíble, sin temor a exagerar. Así lo entendieron las miles de personas que llenaron dos Luna Park, pese a la escasa difusión que tuvo la cantante en los medios de comunicación (¿Olvido?, ¿Desprecio por las excelencias del canto? ¿Demostración de una sociedad que, en líneas generales, privilegia lo mediocre?).
Gentes de todas las edades se dieron cita -en una amplísima franja etaria de 15 a 80 años- para gozar de una artista única, creativa y profesional como pocas, poseedora de un registro vocal de más de tres octavas y de una voz tan particular y melodiosa que no tiene casi parangón en el canto lírico de todos los tiempos. No sólo pudo disfrutarse de su voz, sino de toda una parafernalia de luces, sonidos, pantalla led, animación en 3D, que provocaron un impacto visual pocas veces visto.
Contrariamente a lo que sucede con muchos artistas, Brightman, con los años, se supera cada vez. Atrás quedaron los tiempos en que saltara a la fama con su inolvidable interpretación de Christine en la también inolvidable Fantasma de la Opera -obra del genio de Andrew Lloyd Weber- allá por 1986. A ello le sucedieron infinidad de premios y distinciones, la soprano de mayor venta de todos los tiempos (30 millones de álbumes), más de 180 discos de oro y de platino, éxito en 40 países de los cinco continentes (en especial en Japón, China, sudeste asiático, Europa Central, Estados Unidos, Méjico, entre otros), récord mundial Guinness por el single “Time tos ay goodbye”, intérprete en los Juegos Olímpicos de Barcelona y de Pekín, nominada Artista de la Paz por la UNESCO. La particular faz creativa de Brightman la ha llevado ahora a lanzar un álbum -Dreamchaser- donde el leit motiv es la proyección al infinito, al espacio sideral, viaje que tiene previsto la cantante para el 2015 en una estación espacial soviética que orbitará la Tierra 16 veces, y desde la cual hará oír su voz, en experiencia inédita para cualquier cantante.
Brightman se re-crea constantemente, y por ello cada presentación, cada nuevo álbum, es una renovada invitación a hallar en ella lo nuevo, lo superador, lo que la hace realmente distinta en la historia de la lírica y del crossover. Su interpretación de “Angel”, desde una tarima sobreelevada, del “Ave María” y la islandesa “Glosoli” (que despertó gritos de admiración porque envolvió al Luna en una atmósfera surrealista), y de los clásicos como “Con te partiró”, provocaron primero una sensación de estupor ante tanta magia y belleza desplegada sobre el escenario, y luego un sentimiento de admiración y unas ganas de perpetuar "sine die" las dos horas y media que duró el show.
Por esas cosas de la vida tuve el honor y el privilegio -pero no gratuito, sino buscado y luchado, lo que enseña una vez más que la vida a menudo hace realidad deseos cuando estos van acompañados de una búsqueda incesante y perseverante para lograrlos- de compartir con Brightman unos minutos después del show; charla a la que se brindó con marcada humildad y simpatía, sin asumir pose de diva: el artista que se precia de tal, cuanto más grande, más se convierte en un ser sencillo.
Fue para mí el broche de oro a un show espectacular, pocas veces visto en la historia musical argentina, digno de comentarse, y para concluir que, a pesar de la medianía y chatura gris de tanto tiempo y espacio malgastados en los medios, y -admitámoslo- en la vida propia de cada uno de nosotros, surge de vez en cuando un hálito superior, que llena el espíritu y nos eleva, a nosotros simples mortales, a las alturas de la excelencia, y -por qué no decirlo- de la trascendencia misma.
Sarah Brightman se autoproclama, con razón, no una soñadora, sino una perseguidora de sueños. Valga la definición para nosotros, y la extrapolación a nuestra amada Argentina.
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