Por REDACCION
“En las ficciones, especialmente, los autores tenemos la costumbre de otorgarle nombres conocidos a los buenos y otros inventados a los malos; pero no deja de ser un recurso literario, ya que todos existen o lo han hecho alguna vez”.
A veinticinco años de su primera novela (“Félix, el sacristán del diablo”), el autor no duda en afirmar “Estación Romilda” tiene tanto de ficción como de realidad, ya que es un hábito – al menos en mí- tomar un escenario real y tangible para desplegar allí las modificaciones que la trama requiera. Uno puede cambiar nombres, fechas y hasta facciones, pero siempre tendrá plenamente identificado al personaje y al espacio que ocupa. El desafío será hacerlo visible al lector.”
Este nuevo aporte será al décimo segundo en edición papel de este autor, que agrega otros dos trabajos virtuales (en autoría con su amigo Héctor Puig) y otros tres “de dudoso, desconocido e incierto final”, sobre el cual no agrega más detalles, aunque sus seguidores no pierden la esperanza que alguna vez se conviertan en otro relato.
“Con el paso de los años – continúa- uno se da cuenta que el almanaque no sólo marca achaques en el lomo propio, sino que condiciona la manera de ver, expresar y hacer las cosas. También de escribir. Y eso se nota cuando se repasan registros de otros años. Tuve la suerte de formarme en la redacción de un diario; LA OPINION me abrió sus puertas allá por 1980 y mucha agua ha corrido bajo la alcantarilla desde entonces, pero no se puede dejar de ser agradecidos con los que nos enseñaron”.
“El periodismo enseña; también te maltrata y te hace conocido. Todo junto, muchas veces, pero te permite el privilegio de poder expresarte. Nunca me olvido de los consejos de Carlos Marcelo Thiery, un gran periodista de Gente y de Clarín (un enamorado de la ciudad donde dejó raíces) que citaba a García Márquez en forma permanente con aquello que ‘los periodistas somos escritores del olvido’. Siempre le di la razón, aunque me llevó algunos años (y broncas) poder entenderlo”.
En cuanto a la nueva publicación, EDP (esa fue su firma en muchos artículos, especialmente en su época como Prosecretario de Redacción de este diario), adelanta que “es una ficción (bueno, de hacerlo parecer se trata) que se desarrolla en un pueblo donde el ferrocarril ha sido su origen y es su sustento, en todos los niveles. Por una cuestión de gusto y escenario, la hemos ubicado temporalmente a mediados de los años sesenta.
“Señala defectos, egos, virtudes y miserias de una comunidad donde todo lo cotidiano y lo personal gira en derredor de las vías, incluso el amor y el odio, como en todo pueblo de los nuestros que se precie.
“La novedad, en mi obra al menos, consiste en algunos detalles de la presentación gráfica, que sirven como complemento a lo expuesto en cada página y que sustentan el contenido novelesco del trabajo”.
“La verdad –asegura- es que uno siempre hubiese querido emular a Cortázar y escribir “Rayuela”, pero como es una obra maestra, es inalcanzable para los mortales, aunque nunca disimulé mi envidia por lo que considero los más lindo de ese autor…”La noche de Mantequilla”, el cuento que escribió tras la pelea Monzón-Nápoles, en 1974”.
Por último, el autor queda a un paso de revelar el secreto de la ubicación geográfica del sitio elegido como escenario, algo que no se expresa en ningún párrafo de la novela en forma concreta, aunque aparezcan algunas pistas; aquí, el periodista se enfrenta en un severo contrapunto con el escritor, aunque triunfará el sentido del misterio, más allá de un enigmático “queda cerca, muy cerca”.
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