Por Redacción
La imagen de Marcelo es lo primero que se observa al ingresar a la terminal de ómnibus por la entrada trasera que da de frente al Pasaje Cornaglia. Está sentado en una de las tantas butacas del hall central. Tiene sus piernas tapadas con una frazada y en el asiento aledaño algunas de sus prendas. Las pocas que le quedan. Tiene 47 años y asegura que lo desalojaron de su casa, donde actualmente viven sus hijos.
"Hace rato que estoy acá, varios días. Duermo acá, sentado, salgo solo para ir al baño", contó a El Periódico. Dice que sabe hacer trabajos de albañilería y que come las sobras de los restos de comida que dejan los pasajeros de las distintas empresas de colectivos en las bandejitas de telgopor. Se viste con lo que tiene puesto y asegura "no molesto a nadie, no le pido nada a la gente. Acá me conocen, saben que no toco nada".
Marcelo es una de las cinco, ocho o diez personas que duermen cada noche en la terminal. Están ahí, van y vienen durante el día y la noche, mientras muchos compran pasajes, alguna revista o toman simplemente un café en el bar. Están bajo techo, pero el frío sigue siendo crudo.
Y tienen tiempo para ser solidarios. Dos mujeres y un niño pequeño partieron en micro tras estar par de días esperando poder juntar dinero para los pasajes. "Les di una bandejita con comida, sobre todo para el bebé, yo no comí nada pero puedo esperar", comentó Jorge (48).
Comida no les falta. También aprovechan las sobras que dejan los pasajeros. El tema del baño suele ser un problema si no cuentan con alguna moneda para dejarle al cuidador del sanitario de la terminal.
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