Por Germán Sánchez
Por G. S. - Cuando uno es padre, todo lo que hace con los hijos es especial, hasta las cosas más sencillas. Ir a tomar un helado, ir a un parque, a una plaza, al cine, al súper, a cualquier lugar. Pero ir a un festival de rock con una hija de apenas 12 años, no es de todos los días y no se vive igual.
La posibilidad nació en octubre cuando Paula (mi hija, por si hace falta aclararlo) quedó haciendo puchero cuando me fui a ver a La Vela Puerca a Córdoba y ella no estaba enterada ni invitada. La Vela entre nosotros tiene como nexo un tema que siempre cantamos en el auto y pogueamos como si estuviéramos en un recital. Su sueño era verlos en vivo y que podamos cantarlo juntos.
Entonces, la propuesta fue que me acompañara al Cosquín Rock, lo que aceptó sin dudar. Su objetivo era claro, ella quería vivir ese momento. Y el domingo llegó el momento tan esperado. Primero esperar que los uruguayos se subieran al Escenario Principal y después esperar el tema que más quería escuchar.
Habían pasado 47 minutos de show y 11 temas. Hasta que los primeros acordes de guitarra nos avisaron que había llegado lo que habíamos esperado por meses. “Hoy asume lo que venga, sea para bien o todo mal…” Va a escampar. De punta a punta. Saltando, bailando, cantando, abrazados. Y claro, llorando. Lágrimas de felicidad, de saber que esos minutos se guardan para siempre. Que pasarán los años y el recuerdo estará intacto. Cada acorde, cada palabra, cada salto, cada brazo al aire. Y ese inolvidable abrazo final en el que nos fundimos. Que sea rock, carajo.
Los comentarios de este artículo se encuentran deshabilitados.