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Información General Sábado 22 de Julio de 2017

Un veneno de grato sabor

SENSACIONES Y SENTIMIENTOS

REDACCION

Por REDACCION

Es casi como el juego de niños de taparse los ojos y decirle al que está enfrente “no te veo”.

Hay quienes dicen que la personalidad ya está determinada en los primeros años de vida y que las inclinaciones se muestran allí en todo su esplendor. Debe ser cierto porque en ese período se vive espontáneamente, y en el resto de la vida se juega a vivir acomodándose a las circunstancias del momento.

¿Se acuerdan, lectores, cuántas veces en esos juegos aceptábamos o rechazábamos en los grupos a tal o a cual sin mayor requisito que la voluntad de compartir -o no- nuestro espacio y momentos?

Era natural, y al tomar conciencia de que quien no nos gustaba no participaría en nuestro juego, nos sentíamos tranquilos, libres de su presencia y asimismo “bien”, aunque entonces no hubiéramos podido definir la situación con tanta claridad; estábamos bien sin la presencia de quienes no nos gustaban, sea cual fuera la razón, y tampoco necesitábamos establecerla. Teníamos derecho a elegir a los compañeros.

¿Cuál era el modo, entonces, de hacérselo saber al participante no deseado? Muy fácil y directo: simplemente decírselo y al mismo tiempo ir a otro lado dejándolo solo; pero hay diferencia entre esa actitud, sentida en su momento como natural y necesaria, y el acto de excluir a otros de nosotros.

La discriminación es un veneno sutil, persistente, de amplio espectro y de seguro efecto residual, y proporciona a quienes la practican el grato sabor de la satisfacción e –inexplicablemente- de deber cumplido.

Como somos personas mayores y serias, tenemos obligación de ser sociables. Usamos en todo momento la sonrisa, la adulación y el buen trato formal, especialmente hacia quienes no nos gustan pero necesitamos de ellos. Por una especie de regla de dos o más inversa, cuanto menos nos place su presencia, más simpatía les mostramos y ocurre con muchísima frecuencia (demasiada) que estamos diciendo “si” cuando pensamos “no”, decimos apoyar y estamos conspirando.

¿Qué implica ser adulto? Lo bueno sería que seamos coherentes con nuestros gustos y deseos, expresando aceptación solo cuando la sentimos, lejos de las actitudes dictadas por el capricho siempre interesado, orientado solamente para obtener un beneficio, aún a costa de producir –con plena conciencia- un profundo daño en la buena fe de quien se ha discriminado y ha confiado en nosotros.

Pero ese modo cruel de exclusión vuelve siempre hacia quien primero lo practicó: cuando el discriminado advierte claramente el inesperado, injustificado rechazo, casi automáticamente decide aplicar ese “castigo” a los que lo han apartado de su grupo, quedando bien prevenido contra los demás que empiece a tratar, a quienes pondrá a prueba antes de dar su amistad y confianza y, -eso sí, un detalle muy importante- sin que ellos lo adviertan. Reconocerá y para siempre las señales que anticipan el engaño y la mentira, propias de la discriminación.

No nos engañemos creyendo en nuestra inocencia de intenciones, ni en nuestra supuesta superioridad cuando concretamos con buenos modales las actitudes de rechazo: si discriminamos no tenemos excusas ni madurez; estaremos perdiendo la oportunidad de crecer y habremos demostrado que, en todos los casos y a pesar de los años que nos han transcurrido, seguimos siendo chicos caprichosos con vocación de solitarios.


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