Por Fiorella Martina
La fila afuera del Teatro Lasserre era interminable. Doblaba la esquina y seguía, lo que demuestra la convocatoria que siempre tiene el Festival de Teatro, pero también las ansias del público por ver Lo que se pierde se tiene para siempre, dirigida por Anahí Berneri, con la actuación de Sofía Gala Castiglione, Camila Marino Alfonsín, Enrique Amido y Marita Ballesteros.
Algo que se repitió mucho durante este festival, sobre todo por parte de los artistas, es su sorpresa ante tanto público y su pedido de que por favor sigamos valorando esto “que no pasa en ninguna otra parte del país”. Es un gran desafío no acostumbrarse a las cosas, así que practiqué ayer sorprenderme de vuelta, como si esa fuera la primera vez en un teatro lleno de gente esperando que comience la función.
En el escenario, estaban los cuatro artistas con una escenografía simple, pero sumamente funcional a la historia. Cajas que eran televisores o ventanas; pañuelos que eran repasadores, manteles; escalinatas que simulaban rejas, un rompecabezas que respondía a la mente dividida de esta protagonista.
En principio, su historia es la de miles: hija de padres separados, sí. Dos casas, dos vidas. Pero esas ocho cuadras que la dividían del encuentro con su madre y su padre eran las que marcaban una línea fina, casi invisible, en donde todo pasaba. Ollas que iban y venían de una casa a la otra, ropa para coser, comida, plata, fotos, muebles, y los gestos casi invisibles, también, que decían todo.
Lo que se pierde se tiene para siempre es un recorrido por el tiempo y la vida, un regreso a la infancia, un constante evocar aquello que no se tiene para desarmarlo por completo y así, tratar de entender, algo a lo que también estamos muy acostumbrados. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Puedo recordar cuándo empezó? ¿Puedo recordar cuándo o cómo terminó? En su camino, la hija es la que nos cuenta (¿todo? ¿por partes?) la historia que es un recorte de lo que recuerda, de aquello que no se nombró, que no se puso en palabras pero que fue, así, sin más. Un hermano que no conoció, una separación, la suya y la de sus padres, la importancia del cuidado de las cosas, de la paciencia y de sostener procesos, hasta que lleguen a donde tienen que llegar.
Son sus padres quienes sostienen finalmente como títeres las sogas de aquello que sigue estando ahí, aunque esfumándose, presente. Hasta que entra el olvido, las lagunas, la sorpresa, de nuevo, lo conocido que se vuelve desconocido y viceversa, la transformación. Y cuando la hija piensa que ya entendió, se abren nuevos universos para explorar, la vida misma, ese rompecabezas al que le faltan piezas, pero que arma la imagen, la escena.
Esta obra de teatro está inspirada en los libros de cuentos de la escritora Alejandra Kamiya y es notorio en el relato de los personajes, en cómo se desarrolla esa historia tan poética, como si la tragedia, lo cotidiano y lo real también pudieran tener esa forma, esa sensibilidad, ese mirar las cosas con detenimiento, tratar con cuidado. El padre ebanista, que acaricia la madera con delicadeza; la madre, que cuida de los suyos, que cocina con sazón, que guarda todo cuidadosamente en cajones; La hija, que recorre los lugares tratando de encontrarse ella misma o de reconstruir quién es en la partición de la vida.
La dirección de Anahí Berneri destaca en el armado de las piezas, en una escena distribuida casi a la perfección, con la armonía de los gestos y el desorden de lo cotidiano.
Al terminar, los artistas recibieron minutos de aplausos; el público se puso de pie y agradeció así la oportunidad de ver estas cosas increíbles en la ciudad.