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Información General Miércoles 13 de Agosto de 2014

Valorar la Tierra y su gente...

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Antonio Fassi

Por Antonio Fassi

Sin duda que el título es sugestivo, pues cita el primordial elemento, gracias al cual es posible la subsistencia de las razas vivientes sobre el planeta, pues sin tierra no contaríamos con alimento alguno, y en segunda instancia señala "su gente". Desglosemos el temario, por supuesto desde una percepción muy personal. La Tierra, el planeta en sí, es una de las milmillonésimas partes de un incon­mensurable y aún ininteligible universo, perfecto en su concepción e inaccesible en su desarrollo.

Por consiguiente, es parte de la todopoderosa inteligencia que gobierna esa sucesión de puntitos luminosos que contemplamos en las bellas noches estrelladas. Entonces, la misma es sagrada, y merece reverencia, respeto, admiración y cuidado.

¿Y cuál es su gente?; pues, ¡todos aquellos que entienden este sublime precepto de cumplir con las necesarias reglas de usar este pedazo de divinidad, en el cual vivimos hoy 7 mil millones de almas, de la forma más correcta y adecuada posible, sin herirla, ni malgastarla, ni abusarla!

Usted podrá interrogar ¿pero si yo no tengo tierra? Es posible querer a la tierra, respetarla sin poseer un pedazo de terreno; que se sepa, nadie llevó al mas allá un solo grumo de la misma. Y sin embargo, muchos que no hundieron sus manos en el noble suelo, dictaron leyes, distribuyeron desde cargos públicos, sabias medi­das en pos de quienes realmente querían a la misma, encargándoles su cuidado a nobles almas preparadas para esa misión de alimentar al mundo.

Y decimos nobles almas, pues el ser humano en contacto con la misma, purifica su pensamiento y su conducta, conoce los vitales ciclos de la misma, vive, piensa y trabaja al ritmo de la madre Tierra, y utiliza las faces y períodos del infinito proceso de las estaciones y sus etapas, lo que significa un refrescante y saludable acercamiento a la divinidad. Pero cuidado, pues esto no significa que todo poseedor de propie­dades productoras de alimento piense y obre de esta manera, pues se puede laborar el campo y en lo más mínimo pensar en sentir amor por la tierra. Se posee amor por el dinero que eroga la tierra, y no por la tierra misma (similitud con la mú­sica que debe servir para alumbrar y no deslumbrar).

Pero todavía hay más, pues existieron, existen y existirán seres encarnados que sienten aversión y antipa­tía por el hombre que labora la tierra pues (como ya dejamos traslucir en lo redactado), la Tierra ennoblece, y quien no tiene interés en traducir la ver­dad, y ampararse en la sombra de la mentira, el embuste y la falsedad, siente el terrible aguijón de la nobleza que le denuncia su inicuo proceder, ante el puro sentimiento del humilde hijo de la Tierra.

El planeta necesita seres que en­tiendan cuál es el real camino a seguir. Por ellos continúa su sempiterno deve­nir cósmico y continuará en la medida en que las razas evolucionen favorablemente y trabajemos desde nuestro interior en pos de un mundo mejor. Cada uno desde nuestro lugar de trabajo, aprendamos a amar el suelo que pisamos, respetando su profunda sabiduría cósmica.

La Tierra no se cansa jamás, la tierra es la trans­figuración de la divinidad y quien maneja sus destinos contra ella, tarde o temprano acabará por sucumbir en el tormento y el dolor de su equivocada elección. Contra el destino, nadie la taya, dice la glosa tanguera. Y uno de nuestros des­tinos, es respetar la Tierra en que vivimos, y apoyar la tarea de quienes remue­ven sus entrañas, productores del precioso don del alimento cotidiano.

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