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Información General Jueves 20 de Noviembre de 2014

Vecchioli: el poeta del compromiso existencial

SE CUMPLEN 36 AÑOS DE SU MUERTE

REDACCION

Por REDACCION

Por Susana Merke. - Un otoño de 1903 lo vio nacer en un pequeño pueblo santafesino, donde aún persistía la imagen de la lucha constante entre la historia indígena de la provincia que se imponía con fuerza (con el recuerdo del último fortín-Sunchales- límite fronterizo entre la civilización-el blanco- y la barbarie-el aborigen) y un futuro promisorio con la llegada de pioneros inmigrantes que venían desde horizontes lejanos para cultivar la tierra, sembrar sueños y acrecentar las esperanzas en la construcción de un mañana.

Sunchales, después Vila, más tarde Osimo-Italia- y después la noble Rafaela que por la década del 20 se levantaba como un centro regional de poder económico, social y cultural. Este fue el recorrido que realizó Mario Manlio Renato Federico Vecchioli con paso firme desde su niñez hasta sus últimos días de vida, siempre dejando huellas imborrables y marcas entrañables en su relación con el prójimo.

Sus padres formaron parte de uno de los tantos grupos de inmigrantes aventureros y arriesgados, que desde sus pueblos europeos arribaron al país para cambiar el mundo con trabajo y un baúl cargado de ilusiones. María Lecomt, oriunda de Lylle-Francia- y Antonio Vecchioli, procedente de Camerano-Italia- unieron sus vidas para formar una familia en esta pampa santafesina. Aquí vieron sus frutos con el nacimiento de sus ocho hijos como premio y bendición a tanto esfuerzo y sacrificio.

Para Vecchioli padre, el recuerdo siempre presente de su amada Italia y el deseo de brindarles a sus hijos varones, Mario y Nolfo, la mejor educación y la posibilidad de acceder al mundo de la cultura, lo impulsó a llevarlos a los 8 y 10 años de edad a Europa para internarlos pupilos en un prestigioso colegio en la localidad de Osimo-Camerano-Italia.

La institución elegida fue el Collegio Convitto Campana, porque era el ámbito propicio para la formación anhelada por la tradición familiar, dado que en él se habían educado importantes personalidades del mundo de la cultura y la iglesia.

Tal vez de esa manera, Antonio pensó que su sangre volvía a través de sus hijos a la tierra madre que debió abandonar para construir una vida de trabajo del otro lado del mar. La elección de una institución que brindara una excelente formación, garantizaba a los jóvenes la preparación adecuada para enfrentar el controvertido siglo XX que asomaba al mundo con grandes conflictos bélicos.

El proyecto originario de que los hermanos Vecchioli estudiasen Medicina en Italia era el sueño del inmigrante que por transferencia aspiraba que sus hijos alcanzaran la meta que él no pudo concretar, pero la muerte temprana del progenitor obligó a Mario y a Nolfo a un regreso anticipado viéndose así frustrado un deseo que se unía al dolor de la pérdida del padre.

En abril de 1921 se embarcaron en el Vapor Formosa que partió del puerto de Génova y así emprendieron el largo viaje de regreso que los devolvería al paisaje de la inmensa llanura que albergaba a los miles de inmigrantes llegados al país.

Sólo en una oportunidad, en los ocho años de permanencia de los jóvenes en Osimo, el matrimonio Vecchioli viajó para visitarlos y reencontrarse con una hermana de Antonio que vivía en un pueblo cercano y había formado su familia allí. Este lazo familiar fue sin duda el sostén emocional que los hermanos tuvieron durante su niñez y adolescencia en tierras extrañas. Los años transcurridos en Europa dejaron en Mario rastros firmes e imborrables que construyeron en él una fuerte personalidad, una clara y serena forma de pensar, una amplia cultura literaria y musical y un fuerte compromiso con la existencia humana.

Su retorno implicó adaptarse a un ámbito geográfico, social y cultural que le era prácticamente desconocido por sus largos años de ausencia. Se fue de aquí, guardando en la memoria la imagen de una Rafaela con la mirada de un niño de 10 años, y ahora regresaba un hombre que se encontraba con una ciudad que había crecido y cambiado notablemente acompañando los avances del nuevo siglo.

Este rincón de la provincia le abría sus puertas para que se iniciara en el mundo del trabajo en diferentes dependencias públicas y privadas, y también para que diera sus primeros pasos como redactor en diarios de la región, espacio que le iba a permitir publicar sus primeros acercamientos a la literatura. Noviembre de 1921 lo encontró caminando y descubriendo las calles de este pueblo grande con nombre de mujer y coraje de sangre joven en los hijos de los inmigrantes nacidos en estas tierras.

Cabe preguntarse si su regreso no implicó un nacer de nuevo, dejando atrás y sólo en el recuerdo su asistencia a las funciones líricas donde pudo conocer a destacados cantantes, músicos y escritores, personajes todos del mundo de la cultura a la que él tenía acceso; si alguna vez pudo borrar de su memoria aquella noche del 24 de mayo de 1914 cuando con tan sólo 11 años presenció el bombardeo al puerto de Ancona por los aviones austríacos, después de que Italia le declarara la guerra a un hermano país. Seguramente no le fue fácil despedirse de los bellos paisajes que le brindaban el Mar Adriático, la Basílica de Loreto, el Duomo de San Ciriaco y la hermosa terraza osimana. También debe haber sentido el profundo dolor que su padre sufrió al despedirse por última vez de esta parte de Europa colmada de tanta belleza.

El desarraigo volvía a estar presente en su vida, porque regresar implicó dejar amigos entrañables, amores adolescentes, profesores visionarios que marcaron su porvenir, aunque acá estaban los lazos familiares que tanto había añorado.

Su inquietud por la lectura y por la música culta lo llevó a plasmar sus primeros versos que brotaban como necesidad de expresar sus experiencias, emociones y sentimientos. La poesía fue el camino que encontró para comunicarse con el mundo cotidiano, y su profunda obsesión por la pureza del lenguaje lo obligó a la reescritura y corrección permanente de cada texto hasta lograr el significado profundo que quería transmitir.

Su oficio mayor de poeta lo encontraba durante largas noches esperando la llegada de la palabra exacta para ese verso que no le permitía avanzar, junto a sus cigarrillos negros y mucho café.

Muchas veces la poesía parece insignificante frente a la grandilocuencia de otros géneros literarios, pero Vecchioli sabía perfectamente que cada palabra de un poema encierra un mundo, un mundo infinito que muestra la belleza y el dolor del poeta y que abre puertas y caminos para el que se acerca a ella.

Era un apasionado de los clásicos por formación académica y por necesidad personal, por eso admiraba tan profundamente la forma poética y nada estaba librado al azar en sus poemas; todo debía respetar un orden y una coherencia que poco a poco definirían su estilo exquisito y refinado como poeta.

Su madurez intelectual y el profundo amor que fue demostrando por su Rafaela, fueron sinónimos de valores que se destacaron en él como la humildad, la generosidad y la fraternidad. Su activa vida en el entramado social que había generado en el grupo de amigos y jóvenes escritores, lo convirtió en el referente obligado que visitaban diariamente en la Secretaría de la Sociedad Italiana, institución donde se desempeñó como secretario hasta su muerte.

En su vida diaria rindió culto a la amistad que le propiciaba el diálogo y el debate sobre temas literarios, políticos y sociales; al valor de la palabra como herramienta que acerca a los hombres y los humaniza; al compromiso del hombre con la existencia humana; al respeto por los antepasados que llegaron a estas tierras de los cuales era descendiente directo; a la naturaleza como generadora de vida y receptora del ciclo final del hombre y a Dios por su incondicional presencia y compañía a lo largo de sus días.

Si de alguna manera tratáramos de buscar un punto de referencia que sintetice toda su obra poética y su filosofía de vida, lo podemos encontrar en el poema que él mismo llamó “A manera de prólogo” e introduce su primer libro de 1946 “Mensaje lírico”. En él resumió los grandes lineamientos temáticos que profundizaría y maduraría en toda su poesía durante los años venideros.

Anticipó visionariamente lo que el transcurrir del tiempo se encargaría de demostrar en cada uno de sus libros publicados y en sus poemas inéditos. En realidad es su testamento y su legado para la humanidad, y ahí radica la actualidad y la vigencia permanente de su obra, porque acercarnos a ella es ver la preocupación del hombre por los grandes temas de la existencia humana y el certero mensaje de compromiso de llevar la esperanza frente a tanto dolor y angustia.

Su incertidumbre por la muerte, el destino final, el regreso del hombre a sus orígenes y a la tierra que le dio vida, marcan la insustituible unión del ser humano con la naturaleza. Esto manifiesta su incondicional respeto por el otro, por su hermano, su semejante, por el origen de la existencia humana y por la responsabilidad del hombre de preservar lo que le fue dado en forma divina, pero con la condición irrenunciable de cuidarla y protegerla como el gran legado para las generaciones futuras que nos sucederán.


La autora es profesora en Letras. EESO Nº 429 Mario R. Vecchioli en su 65 aniversario.

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