Por Sergio Grazioli
Con la inseparable compañía de la radio, una tarde escuché una obra que me sorprendió: era la famosísima Sinfonía N° 40 de Mozart en la que se destacaban, además de la orquesta clásica, una guitarra, un bajo y una batería, instrumentos que el músico austríaco jamás hubiese pensado que alguien incorporaría al versionar su obra.
Este osado arreglador y director de orquesta -y muy transgresor por cierto- que se animó a "modernizar" varias obras del repertorio clásico, era nada menos que Waldo de los Ríos. A partir de ese tema, comencé a interesarme por el trabajo musical de este creador argentino quien en un día como hoy, 28 de marzo pero de 1977, falleció en su residencia española de Madrid.
Había nacido en Buenos Aires el 7 de setiembre de 1934 con el nombre de Osvaldo Nicolás Ferrara; su madre, Martha de los Ríos, era una destacada cantante folclórica y su padre también se dedicaba a la música. Estudió en el Conservatorio Nacional de Música de Buenos Aires y tuvo entre sus maestros nada menos que a Alberto Ginastera.
Desde la formación de su primer grupo, "Los Waldos", se notó su inclinación por fusionar la música nativa con sonidos electrónicos. Interpretó muchísimas obras folklóricas con una formación orquestal que, sin dudas, terminaba por enriquecerlas: para destacar son sus versiones de "La patrulla", chacarera del Chango Rodríguez, "El alazán" de Atahualpa Yupanqui o la zamba "Angélica" de Roberto Cambaré.
En otros trabajos discográficos, donde De los Ríos brilla además tocando el piano, sobresalen las interpretaciones de "Misionera", "Tero tero" o "La danza del diablo". Graba además junto a su madre: la chacarera "La shalaka" está en la memoria de muchos.
Cuando contaba con 23 años viaja a Estados Unidos donde presenta su "Suite sudamericana"; a los 27 se radica en España y es contratado por el sello Hispavox.
Tal vez memorando sus antológicas versiones sinfónicas de temas folklóricos, sintió el impulso de abordar a los grandes compositores europeos pero sumando algunos instrumentos no "clásicos". Produce un gran revuelo cuando aparece el 4to. Movimiento de la Sinfonía N° 9 de Beethoven, "Oda a la alegría", en versión orquestal y también cantada por Miguel Ríos. Luego sumaría sus arreglos de la 40' de Mozart, la "Sinfonía de los juguetes" de Haydn o la "Del nuevo mundo" de Dvorak, grabadas al frente de la orquesta "Manuel de Falla". Sin dudas, algunos puritanos o voces académicas pusieron el grito en el cielo, pero las mayorías recibieron con alborozo estas nuevas versiones de los grandes clásicos, al punto que sus discos ocuparon los primeros puestos de ventas en todos los países de Europa y en el resto del mundo.
Compuso también obras sinfónicas, música para películas y realizó arreglos para cantantes como Raphael, Joan Manuel Serrat, Paloma San Basilio, Julio Iglesias o los argentinos Facundo Cabral y Alberto Cortés, entre otros.
Había contraído matrimonio con la escritora y periodista uruguaya Isabel Pisano y en un momento muy alto de su carrera y cuando tenía sólo 42 años, Waldo de los Ríos decidió poner fin a su vida.
Un bellísimo y trágico poema del español José Dicenta Sánchez musicalizado por Alberto Cortés y titulado "El amor desolado", intenta quizás explicar por qué tomó tan drástica determinación.
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