Por REDACCIÓN
Por Marcelo Rico
Hasta acá, la pregunta era íntima: qué hace el hombre con su miedo a morir. Pero hay otro nivel más oscuro. Cuando el miedo se organiza, aparecen instituciones. Y cuando las instituciones administran el perdón, la culpa, la salvación o la fuga, el consuelo deja de ser solo espiritual: se vuelve poder.
El hombre inventa consuelos para no enfrentar la muerte. Las instituciones, muchas veces, inventan absoluciones para no enfrentar la culpa.
XI. La ruta de las ratas: cuando la salvación se vuelve fuga
Hay otro punto donde la religión deja de ser consuelo y se vuelve estructura histórica de poder: cuando ya no promete salvar almas inocentes, sino que ayuda a ocultar cuerpos culpables.
Después de la Segunda Guerra Mundial, una parte de la Iglesia —no como abstracción espiritual, sino como red concreta de sacerdotes, oficinas, contactos diplomáticos y estructuras de asistencia— participó o colaboró con las llamadas rutas de las ratas: circuitos de fuga que permitieron a criminales nazis y colaboradores escapar de Europa hacia América Latina y otros destinos.
No hablamos de una metáfora. Hablamos de nombres, documentos, pasaportes, visas, monasterios, oficinas, recomendaciones, barcos y destinos como la Argentina. Ahí la religión muestra una de sus caras más nefastas: predicar justicia eterna mientras, en la tierra, se ayuda a escapar de la justicia concreta. Y esa lógica no nació con los nazis. En América, durante la conquista y la colonización, demasiadas veces se les propuso a los pueblos originarios soportar el sufrimiento de la tierra a cambio de una vida eterna en el cielo. La promesa de salvación, puesta al servicio del dominio, puede volverse una forma de obediencia administrada.
Ya lo trabajé con mayor detalle en mi conferencia del Congreso Internacional de Cultura y Desarrollo, realizado en La Habana en el año 2003, donde abordé la masacre de millones de personas durante los procesos de conquista, colonización y evangelización forzada. También incluí allí las guerras santas y otras miserias cometidas en nombre de Dios.
Porque una cosa es hablar de misericordia. Otra muy distinta es convertir la misericordia en pasaporte para verdugos.
Y esto no es una simple frase: es una traición a los principios
Una cosa es proteger refugiados. Otra es esconder criminales detrás del lenguaje humanitario. Una cosa es creer en el perdón. Otra es usar el perdón para borrar la responsabilidad. En ese punto, la pregunta por Dios se vuelve también una pregunta política: ¿qué ocurre cuando una institución que administra el cielo interviene para torcer la justicia de la tierra?
La ruta de las ratas no fue solamente un episodio oscuro de posguerra. Fue una muestra tangible de cómo las religiones pueden funcionar como máquinas de legitimación, refugio y encubrimiento. El mismo aparato simbólico que promete salvación puede convertirse, llegado el caso, en una oficina de tránsito para la impunidad. Y entonces la pregunta vuelve, más incómoda: ¿la religión salva al hombre de su culpa o a veces lo ayuda a esconderla? Porque cuando el asesino huye con documentos, cuando el criminal recibe asistencia, cuando el verdugo encuentra amparo en nombres sagrados, la fe deja de ser pregunta espiritual y se convierte en coartada histórica.
Ahí Dios no está en el cielo. Está detrás de un sello, de una firma, de una recomendación, de una visa, de un barco hacia América.
Y ese Dios burocrático, usado por hombres concretos, no redime nada. Solamente administra la fuga.
XII. Argentina: el Estado como puerto de llegada
La ruta de las ratas no terminó en los corredores eclesiásticos de Europa. Necesitaba puertos de llegada. Necesitaba países dispuestos a recibir. Necesitaba funcionarios, sellos, oficinas, documentos, silencios y protección.
Y ahí Argentina ocupa un lugar oscuro.
Durante el primer peronismo, la llegada de criminales nazis y colaboracionistas europeos no fue solamente una suma de fugas individuales. No fue apenas un grupo de hombres escapando con documentos falsos y suerte histórica. Hubo engranajes estatales. Hubo estructuras vinculadas a Migraciones. Hubo operadores con acceso a la Presidencia. Hubo una maquinaria que convirtió la fuga en recepción.
El caso de Carlos Horst Fuldner es central
Fuldner, germano-argentino y ex capitán de las SS, no fue un personaje lateral. Fue un operador de conexión: Europa, oficinas migratorias, Rodolfo Freude, redes de asistencia, documentación, trabajo y refugio. Su nombre aparece asociado al ingreso y acomodamiento de fugitivos. También aparece vinculado a CAPRI, la empresa donde Adolf Eichmann, ya instalado en Argentina bajo el nombre de Ricardo Klement, consiguió empleo. Eso es lo que vuelve el asunto un tanto diabólico. Porque no estamos hablando solamente de clandestinidad. Estamos hablando de impunidad administrada.
La Comisión para el Esclarecimiento de las Actividades Nazis en la Argentina estimó que al país llegaron al menos 180 criminales de guerra: alemanes, croatas, franceses y otros colaboracionistas europeos. Es decir: no fue una anécdota. Fue un flujo. Fue una política tolerada, facilitada o directamente organizada desde zonas del Estado. Y en esa trama aparece la SARE, Sociedad Argentina de Recepción de Europeos, vinculada a la llegada de fugitivos y señalada como una estructura que funcionó incluso en la Casa Rosada.
Los números de la recepción: criminales, técnicos, soldados y papeles
Conviene hacer una distinción necesaria. No todos los que llegaron fueron criminales de guerra identificados con nombre, expediente y pedido internacional de captura. Esa es la primera categoría: los nombres mayores, los verdugos reconocibles, los que cargaban crímenes concretos. Pero alrededor de ellos hubo una zona más amplia y más difícil de medir: ex miembros de las SS, soldados, técnicos, funcionarios, colaboracionistas franceses, croatas, belgas, alemanes, cuadros administrativos del Reich, militantes y simpatizantes que no necesariamente fueron perseguidos como criminales mayores, aunque venían del mismo incendio político y moral.
La cifra segura, comprobada como piso documental por la CEANA, habla de al menos 180 criminales de guerra llegados a la Argentina: aproximadamente 30 alemanes, 50 croatas y 100 franceses o belgas. Esa cifra no agota el fenómeno. Lo acota a los casos verificables con nombre y expediente. Otras estimaciones más amplias hablan de miles de nazis, colaboradores o cuadros vinculados al mundo derrotado que pudieron pasar o instalarse en Argentina entre 1945 y 1955. Una estimación pública reciente habló de hasta 5.000 personas. El número exacto sigue siendo difícil porque la propia naturaleza del mecanismo era ocultar, mezclar y limpiar identidades: el criminal se volvía técnico, el funcionario se volvía inmigrante, el verdugo se volvía vecino.
También hay denuncias históricas sobre el envío a Europa de documentación argentina en blanco: miles de cédulas y pasaportes que habrían servido para facilitar ingresos. Esa línea debe formularse con cuidado, como denuncia documentada y reportada, no lo voy a formular como sentencia cerrada. Pero aun tomada con prudencia, muestra la dimensión del problema: no estamos frente a dos o tres ratas escapando por una alcantarilla de SanCor. Estamos frente a una burocracia capaz de transformar derrota militar en refugio administrativo.
En el circuito europeo, la Cruz Roja aparece como pieza central de documentación. El famoso documento de viaje 10.100 fue usado por fugitivos que se presentaban como apátridas o refugiados. No todos esos papeles fueron para nazis ni todos terminaron en Argentina, pero el mecanismo permitió que figuras como Eichmann, Barbie o Mengele obtuvieran documentación bajo identidades falsas y cruzaran fronteras hacia una segunda vida. Por eso la pregunta no es solamente cuántos fueron. La pregunta es cómo entraron. Y la respuesta vuelve siempre al mismo barro: pasaportes, cédulas, salvoconductos, visas, consulados, oficinas migratorias, listas, permisos y silencios. La impunidad no necesita siempre esconderse en la noche. A veces entra por ventanilla, con sello, firma y número de expediente.
Entonces el problema no es solamente moral. Es institucional.
La Argentina no fue apenas un escondite geográfico para criminales derrotados. Fue, en demasiados casos, un puerto político de llegada. Una tierra donde verdugos europeos encontraron papeles, empleo, protección y distancia.
La Iglesia podía abrir corredores. La Cruz Roja podía entregar documentos. Europa podía mirar para otro lado. Pero del otro lado del océano alguien tenía que recibirlos.
Y Argentina recibió.
La fuga nazi no fue solamente una huida. Fue una mudanza protegida. Y cuando un Estado convierte al criminal en inmigrante útil, la justicia ya no fracasa por descuido. Fracasa por complicidad. En este caso, la impunidad dejó de tener solo sotana: también tuvo despacho, frontera, ministerio y sello.
XIII. Mengele: la impunidad con nombre propio
Josef Mengele es otro ejemplo perfecto de esa impunidad administrativa.
Entró a la Argentina con identidad falsa, pero años después volvió a usar su nombre real. En 1956 obtuvo documentación argentina bajo su verdadero nombre. Luego viajó a Uruguay y el 25 de julio de 1958 se casó por civil en Nueva Helvecia, Departamento de Colonia, con Marta María Will, viuda de su hermano.
No firmó como fantasma. No firmó como cualquiera. Firmó como Mengele.
La imagen es un espanto: el “Ángel de la Muerte” de Auschwitz, responsable de experimentos y selecciones humanas, cruzando fronteras, tramitando papeles, casándose, firmando actas, viviendo bajo el abrigo de una región que lo dejaba respirar.
Ahí la impunidad deja de ser una palabra abstracta. Se vuelve expediente. Se vuelve cédula. Se vuelve acta matrimonial. Se vuelve demora judicial. Se vuelve frontera abierta. Se vuelve funcionario mirando para otro lado.
Y entonces mi pregunta ya no apunta solo a la nada, ni solamente a la religión, sino al matrimonio perfecto entre fe, Estado y burocracia: ¿qué clase de mundo permite que un verdugo viaje con papeles mientras sus víctimas quedaron reducidas a ceniza?
Y décadas después todavía tuve —y tengo— que soportar gente que me dice: “yo soy peronista de Perón”.
Carajo.
Sí, por supuesto que me indigna hasta el tuétano. Porque no se trata de una discusión partidaria menor, ni de nostalgia política de sobremesa. Se trata de mirar de frente qué estructuras, qué silencios, qué complicidades y qué conveniencias permitieron que ciertos verdugos encontraran refugio donde deberían haber encontrado justicia.
Porque cuando la Iglesia abre corredores, cuando el Estado prepara recepción, cuando Migraciones ordena papeles, cuando la justicia demora y cuando el criminal firma con su nombre verdadero, la impunidad ya no es accidente. Es sistema. No es solo que escaparon. Es peor: hubo lugares donde pudieron vivir, trabajar, casarse, hacer negocios y esperar que el mundo olvidara. La historia no los tragó. Los escondió gente concreta. La religión le abrió una puerta. El Estado le preparó una silla. La burocracia le prestó una lapicera. Y la justicia, otra vez, quedó esperando afuera.
XIV. Heredar no es obedecer
Si en la escala histórica las instituciones usaron la fe, la burocracia y el Estado para fabricar impunidad, en la escala íntima el individuo puede hacer algo parecido cuando usa el linaje, el karma o la deuda ancestral para no hacerse cargo de su vida.
La pregunta no es si existen o no las cargas familiares, los traumas heredados o las marcas del linaje. Claro que existen. La historia se hereda. La pobreza se hereda. El silencio se hereda. La violencia se hereda. El miedo se hereda. El cuerpo también recuerda.
Pero heredar no es obedecer.
Venir de algo no significa quedar condenado a repetirlo. La memoria puede servir para despertar o para esconderse. Puede ser raíz o cadena. Puede ser conciencia o excusa. Por eso hay que desconfiar cuando una doctrina espiritual explica demasiado fácil lo que una persona no se anima a enfrentar. Desconfiar del que convierte todo dolor en karma. Desconfiar del que convierte toda pobreza en destino. Desconfiar del que convierte toda herida en culpa ancestral. Desconfiar del que ofrece absolución sin transformación.
Porque vivir exige algo más simple que creer. Exige hacerse cargo.
Si hay reencarnación, habrá que verla. Si hay karma, habrá que pensarlo con cuidado. Si hay deudas invisibles, habrá que preguntarse quién las cobra, quién las administra y quién se beneficia con que uno siga creyéndose deudor. Pero mientras tanto, acá está la vida. Está la de ahora. La que duele. La que pide decisiones. La que no espera a que resolvamos quinientas vidas anteriores para levantarnos de la cama.
Tal vez haya un más allá. Tal vez no. Pero hay un más acá que no admite tantas excusas.
Se me ocurre que la pregunta más honesta no sea: “¿qué estoy pagando?”. Sino: “¿qué estoy evitando?”.
Repito, a veces el hombre prefiere cargar con una deuda imaginaria antes que aceptar una responsabilidad concreta. Prefiere culpar a sus muertos antes que honrar su esfuerzo. Prefiere inventar una condena ancestral antes que mirar su propia comodidad. Prefiere hablar de vidas pasadas antes que hacerse cargo de la vida presente.
XV. Después de Dios: la responsabilidad
Después de Dios tal vez no venga la nada. Tal vez venga el hombre. Y eso puede ser más aterrador que cualquier infierno, porque nos deja sin excusas. Sin padre celestial. Sin tribunal final. Sin escribano cósmico. Sin nadie que arregle lo que nosotros rompimos. Quizá creer no sea el problema. El problema es creer para no pensar. Creer para no mirar. Creer para no hacerse cargo. Creer para convertir el miedo en doctrina.
Por eso este escrito no busca probar ni negar a Dios. Busca algo más, poner una brasa en los pies: mirar la necesidad humana de creer. Preguntar qué parte de nosotros no soporta la muerte, qué parte inventa eternidades para no aceptar el límite, qué parte necesita un más allá porque no sabe qué hacer con el más acá.
La pregunta final no es si Dios existe. La pregunta final es: ¿qué queda de nosotros cuando dejamos de usar a Dios como consuelo?
Tal vez quede la intemperie. Tal vez quede la responsabilidad. Tal vez quede el ser, desnudo, sin promesa.
Y tal vez ahí recién empiece la verdadera filosofía.
XVI. Una vida sin excusas
La filosofía vuelve a poner el cuchillo sobre la mesa.
Parménides preguntaría por el ser. Heráclito por el cambio. Gilgamesh por la muerte del amigo. Los egipcios por el viaje del alma. Los griegos por el cruce hacia el Hades y cuánto cobra Caronte. La historia moderna por los sellos que escondieron verdugos.
Pero nosotros, acá, en esta época saturada de explicaciones livianas, deberíamos preguntar otra cosa:
¿Cuánto de nuestra espiritualidad es búsqueda verdadera y cuánto es miedo disfrazado de profundidad?
¿Cuánto es memoria y cuánto es coartada?
¿Cuánto es linaje y cuánto es pereza moral?
¿Cuánto es destino y cuánto es falta de coraje?
Pero también cabe otra pregunta picante, una pregunta que tal vez puede iniciar un caos: si el hombre supiera con certeza que no hay más allá, ¿se volvería más responsable o más brutal? Si no hay juicio final, si no hay infierno, si no hay un ojo eterno mirando desde arriba, ¿qué frena al deseo de poseerlo todo antes de desaparecer?
Tal vez ahí se vea el verdadero límite moral del hombre, si es que lo tiene. Porque si alguien solo evita el crimen por miedo al castigo divino, no es bueno: está vigilado. La responsabilidad verdadera empieza cuando ya no hay cielo que premie ni infierno que amenace, y aun así uno decide no destruir al otro.
Porque si el más allá sirve para vivir mejor, pensar más hondo, amar con más responsabilidad y mirar de frente la muerte, entonces puede ser una gran pregunta. Pero si sirve para justificar nuestra miseria, para no decidir, para no trabajar, para no reparar, para no pedir perdón, para no madurar, entonces no es espiritualidad. Es una estafa poética. Y de ésas, la humanidad viene comprando desde hace miles de años.
Si al final no hay nada, si la médica tenía razón y uno se muere y se muere, chau, se apaga todo, entonces más vale que esta vida no haya sido solamente obediencia, repetición, miedo, consumo y resignación. Más vale haber amado de verdad. Haber pensado sin permiso. Haber dudado hasta sangrar. Haber mirado el mundo con los ojos abiertos. Haber dejado alguna imagen, alguna frase, alguna incomodidad, alguna belleza. Porque si no hay más allá, la eternidad no está después. Está en la intensidad con que algo fue vivido antes de desaparecer.
Y si mi amigo Parménides todavía susurra desde el fondo de los siglos que el ser es y el no-ser no es, tal vez podamos responderle con una mezcla de respeto y desobediencia:
Sí, maestro. El ser es. Pero el hombre tiembla. Y de ese temblor nacieron los dioses, la filosofía, el arte y todas las preguntas que todavía no sabemos contestar.