Saltar menú de navegación Teclas de acceso rápido
Región Domingo 7 de Junio de 2026

Los Miserables

El voto como mercancía - 23/02/2026-

Agrandar imagen Descarnado análisis del accionar de nuestros representantes  en el Gobierno.
Descarnado análisis del accionar de nuestros representantes en el Gobierno. Crédito: Marcelo Rico

Por Marcelo Rico

El otro día me crucé con mi excuñada. Venía caminando de frente. Yo, como cualquier animal social mínimamente civilizado, ensayé dos o tres palabras, por si había mirada, por si había gesto, por si todavía quedaba algo humano. No hubo nada: giró la cara y miró para otro lado.

Ese gesto es pequeño y, sin embargo, perfecto. En este país se gira la cara con todo: con las preguntas, con los costos, con la palabra representación. Se gira la cara para no abrir el agujero de la conciencia.

Horas después cayó en mis manos una agenda cultural de un pueblito serrano: actividades, música, teatro, talleres, gente empujando. Y entonces me cayó Sunchales encima como una sombra. No por comparación turística, sino por comparación moral: allá hay movimiento; acá hay administración del bostezo.

La cultura no es un gasto. En Sunchales, como en el resto del país, hay un problema de fondo: incultura administrada. No porque falte talento, sino porque sobra mediocridad institucional y una sociedad que se acostumbró a escuchar el mantra de siempre: "no hay dinero". Como si la cultura fuera un adorno. No. La cultura es inversión social. Es refugio, es acicate, es sentido.

"Los vivos deciden callar. Y ese silencio, cuando se vuelve costumbre, se convierte en política de Estado." Yo elegí lo contrario: hablar, incomodar, ejercer el pensamiento crítico. Para eso, entre otras cosas, sirve la filosofía: no para decorar bibliotecas, sino para aprender a pensar contra el libreto y lo más cerca posible de la verdad.

Acá aparece el punto central: el voto como mercancía. Se presentan, piden el voto para una banca, juran representación... y después la banca se vuelve trámite: renuncian y pasan al Ejecutivo; entra el segundo de la lista; y todos fingen normalidad. Puede ser legal. Pero en términos democráticos es una jugada sucia: le vendes al vecino una cosa y le entregas otra.

En campaña, la política suele gritar slogans como si fueran verdades. El problema no es solo que mientan; el problema es que el cuerpo los delata y, aun así, el público aplaude. "Tenemos equipo", decía Pinotti, mientras la cabeza negaba. No lo tomo como pericia: lo tomo como metáfora perfecta de época.

En Argentina, la corrupción rara vez es solo un sobre. La versión más dañina es más fina y más cotidiana: la economía del favor. El favor crea deuda; la deuda crea obediencia; la obediencia fabrica mediocridad protegida. Y esa mediocridad, con el tiempo, destruye la institución.

Dietrich Bonhoeffer advirtió algo incómodo: el problema no es solo la maldad, sino la estupidez organizada. No como falta de inteligencia, sino como renuncia a pensar. El estúpido no necesita argumentos: necesita pertenecer, obedecer, sentirse protegido por el rebaño.

Hannah Arendt lo mostró desde otro ángulo: el horror puede volverse rutina cuando la gente se acostumbra a cumplir sin pensar. No hace falta un monstruo; alcanza con una burocracia obediente y una sociedad que mira para otro lado.

La democracia real no se sostiene solo con urnas: se sostiene con cabezas despiertas. Si el pueblo no tiene herramientas para pensar, el voto deja de ser soberanía y se convierte en reflejo condicionado: miedo, costumbre, pertenencia, propaganda.

Por eso hay una tarea que antecede a cualquier reforma: educar. No como domesticación escolar, sino como formación para la libertad. A mayor formación, mayor libertad; a mayor libertad, mayor independencia. No independencia declamada: independencia efectiva, cotidiana, inmunidad contra el verso.

Spinoza, en la Ética demostrada según el orden geométrico, lo llama servidumbre: no estar encadenado por la fuerza, sino gobernado por pasiones tristes -miedo, resentimiento, dependencia- que te hacen creer que elegís cuando en realidad reaccionás. Y cuando la política aprende a administrar esos afectos, compra lo más barato: una voluntad cansada.

Paulo Freire lo dijo desde la pedagogía: nadie libera a nadie, nadie se libera solo; nos liberamos en comunidad, aprendiendo a leer el mundo para no ser leídos por él. Educación como conciencia crítica, no como trámite.

Y Foucault te lo susurra al oído: el poder no solo reprime; produce. Produce obediencia, produce normalidad, produce lo "aceptable". La educación es la única máquina que puede producir lo contrario: criterio propio.

Kant: la ilustración es salir de la minoría de edad, animarse a pensar sin tutor. Pero esa salida exige dos cosas que escasean: decisión y coraje. Si no, terminamos alquilando el pensamiento: un partido piensa por mí, un líder elige por mí, un noticiero me da la moral ya masticada.

Immanuel lo sintetizó con brutal claridad: Sapere aude. Tené el coraje de servirte de tu propio entendimiento. Eso es lo que falta cuando un pueblo ve la mentira, la comenta en voz baja, y aun así la vota.

Si el poder se vuelve profesión, la democracia se vuelve estafa. Por eso, como ya sostuve en Pobre Miguelito, Pobre Miguelito dos y en la Teoría del Culo, la regla debería ser simple: prohibición de reelección. Un mandato y a casa. Sin carreras eternas. Sin apellidos reciclándose durante décadas en el poder.

El funcionario deja de representar y pasa a administrar su continuidad. Y cuando la continuidad es el objetivo, todo lo demás -educación, cultura, salud, producción- se vuelve decorado.

Y agrego una regla todavía más clara, más incómoda y más justa: el que ya ocupó un cargo público -sea cual fuese- no vuelve. Ni en lista, ni en gabinete, ni de asesor, ni de director, ni de nada. Una vez que te tocó administrar lo común, terminaste. Porque en Argentina la función pública se volvió una carrera sin riesgo: se salta de diputado a ministro, de ministro a gobernador, de gobernador a diputado, como si el Estado fuera una empresa familiar. Perotti es uno de los tantos ejemplos evidentes de esa lógica de circulación eterna: el problema no es una persona; el problema es el modelo. Mientras el industrial, el empresario, los artistas, el agrónomo, el comerciante y el micro emprendedor apuestan, arriesgan capital, ponen el cuerpo, se funden y vuelven a empezar, el político profesional engorda patrimonio sin arriesgar nada más que una elección. Si pierde, descansa; si gana, cobra. Y esa asimetría no es solo injusta: es destructiva. Porque mata la cultura del esfuerzo real y premia la gimnasia del cargo.

La historia está llena de enfermos del poder: Hitler, Stalin, Mao, Franco, Pinochet, Marcos. Cambian las épocas, los uniformes y los decorados, pero la peste es la misma: hombres que dejan de ejercer el poder para empezar a adorarlo. Ya no gobiernan: se enquistan. Ya no representan: se confunden con el cargo. Ya no escuchan: se rodean de obsecuentes, cortesanos y mendigos morales que les devuelven, maquillada, una imagen gloriosa de su propia miseria. A esa deformación hoy se la llama síndrome de hubris: el delirio de creerse indispensables, superiores, casi elegidos, cuando en verdad no son más que adictos a durar. El poder prolongado pudre. Atrofia el juicio, infla el ego, liquida la autocrítica y convierte al funcionario en una caricatura solemne de su propia decadencia.

Y aunque aquí no estemos hablando de tiranías de escala histórica, la mecánica íntima es inquietantemente parecida. Tipos y tipas que se eternizan. Que hacen madriguera en el Estado. Que se aferran a la banca, al despacho o al presupuesto como si les pertenecieran por derecho biológico. No construyen república: construyen permanencia.

Si alguien todavía cree que exagero, que mire el Senado provincial: hay bancas que se confunden con propiedad. Raúl Gramajo (9 de Julio) llegó en 1991; Felipe Michlig (San Cristóbal) es senador desde 1999; Alcides Calvo (Castellanos) llegó en 2003 y en 2023 inició su sexto mandato consecutivo; Rubén Pirola (Las Colonias) fue electo en 2007 y encadena cinco mandatos; y Armando Traferri (San Lorenzo) llegó al Senado en 2003 y fue por su quinto mandato. En esa misma lógica aparecen Cristina Berra (San Martín), Eduardo Rosconi (Caseros) y José Baucero (San Javier), también vinculados a ciclos extensos de reelección. En Diputados la rotación es mayor, pero la lógica de carrera también asoma: Amalia Granata es diputada desde 2019 y renovó en 2023; Lucila De Ponti cursa su segundo mandato. Y podría llenar varias hojas con otros nombres y la misma forma de servirse del recurso del pueblo.

Y para que quede claro que no hablo solo de “los de siempre”: incluso figuras que se presentan como denunciantes del sistema pueden terminar atrapadas en la misma lógica de permanencia. Carlos Del Frade, reconocido por su lucha y sus denuncias, lleva años en la Cámara de Diputados provincial y ha buscado renovar la banca. Ahí aparece una contradicción incómoda: cuando la rebeldía se vuelve banca permanente, corre el riesgo de ser absorbida por el mismo engranaje que dice combatir. La denuncia deja de ser intemperie y empieza a convivir demasiado bien con la comodidad del cargo.

No son "casos aislados": es un sistema que premia la repetición y castiga la renovación.

Hace más de veinte años que lo propongo: eliminar el cuerpo de concejales. No estoy pidiendo menos democracia: estoy pidiendo menos intermediarios rentados y más poder real en educación y cultura.

Ese dinero debería ir directo a educación y cultura: bibliotecas, talleres, formación técnica, espacios creativos y pensamiento crítico. Cultura y educación nunca entran en la cuenta. Pero para la farsa siempre sobra.

Estoy cansado de escribir sobre la irracionalidad de quienes desgobiernan, pero más cansado todavía de la docilidad. La plaga política no avanza solo por monstruos: avanza por gente común que baja la mirada, se encoge de hombros y repite "y bueno" como si fuera una ley física.

Camus entendió que el absurdo no se combate con esperanza ingenua, sino con rebelión lúcida. Falta ese gesto simple: dejar de obedecer cuando la obediencia se convierte en servidumbre.

Un pueblo obediente suele creerse víctima, pero termina siendo socio del saqueo: paga, calla, legitima. Y después se sorprende cuando le venden cargos como productos y la representación como envase descartable.

La obediencia es el fertilizante de la plaga. Si el voto se convierte en mercancía, el ciudadano se convierte en cliente. Y cuando el cliente compra sabiendo, ya no hay engaño: hay complicidad.

En resumen: la batalla no es solo contra el político mediocre. Es contra la comodidad mental que lo vuelve eterno. Un pueblo educado no es un pueblo dócil: es un pueblo difícil de estafar. Y cuando el ciudadano adquiere soberanía intelectual, recién ahí el voto deja de ser mercancía y vuelve a ser lo que debería haber sido siempre: una decisión libre.

No es un problema de nombres: es un problema de método.

Cuando el favor manda y la obediencia se normaliza, la democracia se vuelve utilería: mucho decorado, poco pulso, cero verdades.

Pensar tiene costo.

Y ese costo, en la economía del favor, es el único impuesto que nadie quiere pagar.

Ahí aparece la escena repetida: no discuten lo que decís; te administran.

No refutan: esquivan.

No responden: te corren la mirada, como si la pregunta fuera el delito.

Tranquila: no era a mí a quien evitabas.

No es miedo a mí.

Es miedo a pensar sin libreto.

Porque sin libreto, el verso se les cae a todos.

Seguí a Diario La Opinión de Rafaela en google newa
Comentarios

Te puede interesar

Teclas de acceso