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Sociales Viernes 23 de Mayo de 2025

Colegio 25 de Mayo: Haciendo Patria

Una escuela que fue familia. Un espacio educativo que formó profesionales.

Agrandar imagen En el centro, sentado, Modesto Verdú, a la derecha dos profesores y al lado en el extremo, mi padre Marino Vigini de 15 años como alumno. 21..11.45
En el centro, sentado, Modesto Verdú, a la derecha dos profesores y al lado en el extremo, mi padre Marino Vigini de 15 años como alumno. 21..11.45 Crédito: Archivo Raúl Vigini

La mención del Colegio Verdú, que en verdad su nombre oficial era Colegio Particular Incorporado 25 de Mayo, y Nuevo Colegio en sus comienzos, era tema de muchas reuniones familiares. Mi padre fue alumno en la década de 1940, tiempos en que además de los que residían en Rafaela, había pupilos de la zona que se hospedaban de lunes a viernes en el mismo edificio. Un sistema de tutoría permitía que un alumno de un grado superior acompañe en el ciclo lectivo a otro, así fue que en nuestro caso mi padre asistió a Fortunato Nari con quien mantuvo de por vida una cercanía anecdótica. También recordaba con detalles los actos escolares, más aun el que correspondía al nombre de la escuela, toda vez que se presentaban los hijos del director Modesto, y ofrecían Mario desde el piano y Raúl con su violín, melodías para amenizar la jornada patria, que se complementaba con los esperados y sabrosos alfajores de maicena que tal vez elaboraba doña Francisca Peretti, la madre de esa familia.

Las características del edificio eran muy particulares y muy originales. Una casona antigua, con dos patios de mosaicos, un zaguán de entrada, habitaciones en fila de construcción tipo chorizo, un terreno arbolado con paraísos al final de toda la superficie que también daba lugar a la huerta. Donde todo ocurría al mismo tiempo. Las direcciones y biblioteca a la entrada, la casa de familia en habitaciones contiguas, las aulas después. Y los diálogos entre todos los miembros de la comunidad educativa en algún momento. Los padres de alumnos que iban a consultar por sus hijos, la interacción entre la esposa de Modesto y algún tema que resolver esa mañana, los hermanitos Verdú estudiando en sus ambientes privados. Y el bullicio del estudiantado en el recreo, mientras el aroma a la comida del almuerzo ya se anunciaba porque la disfrutarían la familia del director y los pupilos.

Por décadas, muchos de los egresados como Tenedor de libros -un título que se revalidaba cuando llegaban los profesores de la Academia Mercantil Fossa desde Buenos Aires, cuyos diplomas ostentan algunas familias de sus antepasados que allí estudiaron- fueron recomendados y al día siguiente de aprobar todas las asignaturas, con su flamante título en mano, debutaban en su primer empleo, a veces adolescentes de catorce años porque la carrera era de tres años. Lugar que en casos destacados les permitió llegar a las gerencias de empresas y bancos muy importantes de la ciudad.

Otro ánimo se le ganaba a los que llegaban a ese colegio rebotando de los demás de la ciudad por inconvenientes con la conducta. Los padres que decidían ese destino para sus hijos rebeldes, apostaban a que la disciplina que la fama le había popularizado a su titular, permitía mejorar el rendimiento escolar con vistas a una inserción más feliz en la sociedad.

Siempre hablando de recuerdos y anécdotas del edificio de calle Ituzaingó 278, a partir de los últimos años de 1970, alumnos de Mario Verdú, que cursábamos en el Instituto Superior del Profesorado de Rafaela, comenzamos a visitarlo para consultas didácticas, y en algún momento por su inquietud de formar un grupo de investigación para conocer el tema del conflicto de límites con Chile en las islas Picton, Lennox y Nueva del Canal de Beagle. Después fue sobre la Guerra de Malvinas. En el ámbito de la dirección de la escuela primaria de ese entonces que ocupaba en la semana Adelina Berger, íbamos los sábados a la tarde a escucharlo a Mario que nos adelantaba lo que había leído sobre el tema en cuestión. Y con un mapa de pizarrón acostado sobre el amplio escritorio iba marcando los detalles para que aprendamos lo que debíamos disertar frente al público en un futuro cercano como fueron nuestras visitas a establecimientos educativos de la ciudad y la región, entidades intermedias, y demás lugares de interés como miembros del Grupo Comodoro Py. Fuerte lazo afectivo que por la generosidad de Mario pudimos sostener hasta su partida y seguir manteniéndonos cercanos muchos de ellos con el recuerdo vigente y siempre presente de las muchísimas enseñanzas del maestro.

Una escuela que fue familia. Un espacio educativo que formó profesionales. Un lugar de aprendizaje permanente desde donde salían libros que facilitaban el estudio de muchos futuros docentes. Una empresa de generosidad, entrega y dedicación en beneficio de argentinos de la ciudad y la región que tuvieron oportunidad de ser receptores de tanta enseñanza.

Raúl Vigini 17-05-25

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