Por REDACCIÓN
Por Maarcelo Rico
Dios es más inteligente de lo que creemos.José Ramón Pensato
I. Dios ya estaba sentado a la mesa
Yo no llegué a la Iglesia buscando a Dios. Cuando empecé a hacerme preguntas sobre él, Dios ya estaba instalado en mi vida.
Nací y me crié en Santa Fe. Fui a una escuela de curas con el cura dentro y durante buena parte de mi infancia la Iglesia no fue para mí una institución lejana, un edificio al que se entraba los domingos ni una colección de dogmas escritos hacía siglos. Era parte del paisaje cotidiano.
El cura podía estar en la iglesia. Pero también podía estar sentado a la cabecera de la mesa de mi casa algún que otro domingo.
Ese cura era José Ramón Pensato.
Pensato fue durante décadas párroco de Jesús Sacramentado y terminó siendo, además, mi amigo. Era un hombre duro, intransigente en muchas cuestiones, de principios difíciles de negociar. Pero tenía algo que con los años aprendí a valorar más que cualquier discurso: hacía.
No solamente decía. Hacía.
Mi madre volvía alguna vez de la parroquia y contaba que había encontrado a Pensato con la sotana remangada, pegando ladrillos. No sé cuántos ladrillos habrá colocado realmente con sus propias manos. Tampoco importa demasiado. Lo que quedó en la memoria fue la imagen: el cura metido en la obra, entre cemento, paredes y gente.
Pensato podía exigir porque hacía. Podía resultar duro porque se imponía primero a sí mismo aquello que pedía a los demás.
La historia institucional confirma una parte importante de ese recuerdo. Cuando Pensato asumió Jesús Sacramentado, el 11 de enero de 1959, la escuela parroquial tenía jardín, preescolar, primero y segundo grado y todavía no estaba incorporada oficialmente. En 1961 obtuvo autorización como Escuela Primaria N.º 140 Monseñor Carlos Macagno; en 1985 fundó la Escuela de Educación Técnica Particular Incorporada N.º 2056 Monseñor Carlos Macagno. El complejo crecería sobre nuevos terrenos hasta convertirse en una institución educativa de una escala que poco se parece a aquellas primeras aulas precarias. [1]
Pero para mí Pensato nunca fue solamente una obra edilicia. Era una presencia familiar.
Íbamos a su casa, situada junto al patio de la escuela. Había una galería que me gustaba particularmente. A veces ofrecía un té. En los recreos, mientras alrededor circulaban los chicos, uno podía ver en la soga su sotana junto a las camisetas y los calzoncillos, secándose como la ropa de cualquier vecino. Para nosotros, Pensato era casi parte de la familia.
Muchos años después encontré otro recuerdo de esa misma casa. Juan Carlos Castro lo veía, durante los recreos, en la ventana de su comedor, con los chicos más pequeños acercándose a saludarlo y a jugar con él. Yo recordaba la galería; él, la ventana. Era el mismo Pensato. [15]
En Huellas de Amor, en una página titulada “Mi estadía en la Parroquia Jesús Sacramentado”, Pensato dejó escrito, el 7 de diciembre de 1978: “último día de clase de la escuela parroquial, ya no tengo la compañía de los niños, a las 18:00 será la misa de despedida de curso, despedida de los de 7°, y su viaje a Córdoba”. Ese séptimo grado era el mío. Ese viaje a Córdoba era el viaje de mi promoción al terminar la escuela primaria. Años después, una línea escrita por el propio Pensato terminó confirmando algo que yo siempre había sentido: los chicos no eran para él una matrícula; eran compañía. [15]
En marzo de 1985 dejó otra frase que lo define mejor que cualquier homenaje. Al comenzar el nivel medio escribió que empezaba la última etapa del objetivo que se había propuesto al aceptar el sacerdocio: “llenar la parroquia de chicos y prestarles el mejor servicio, la educación cristiana”. [15]
Pensato también controlaba a su rebaño. Durante mucho tiempo yo me sentaba adelante en misa con mi vieja y podía verle los ojos. Mientras celebraba, recorría los bancos uno por uno. Miraba quién estaba. Y, sobre todo, quién faltaba. Parecía llevar en la cabeza una lista invisible de sus ovejas y detectar enseguida cuál se había rateado ese domingo.
Después crecí y fui retrocediendo en la iglesia. Terminé muchas veces parado al fondo, contra la pared. No siempre por una crisis teológica. Había una rubiecita de pelo larguísimo, hasta la cintura, que me gustaba muchísimo y a la que los pantalones le quedaban de una manera que, para mi adolescencia, convertía aquel rincón de la iglesia en un punto de observación bastante más interesante que el altar.
Pensato seguía mirando banco por banco. Yo también miraba, aunque por razones diferentes. Supongo que entre esas dos miradas se puede resumir bastante bien el paso de la infancia a la adolescencia: él controlando a sus ovejas; yo empezando a descubrir que el universo tenía misterios bastante más próximos que el Big Bang.
Muchísimos años después, leyendo sobre su vida, me enteré de que Pensato, cuando era un pibe, también había puesto los ojos en una rubiecita: Odulia. Me causó gracia descubrirlo. Al final, entre tantas discusiones sobre Dios, el universo y el misterio, había algo bastante más sencillo que también teníamos en común: los dos habíamos mirado alguna vez a una rubia como si fuera una princesa. [15]
Con él discutí durante años. Al principio, seguramente con la insolencia propia de un chico. Después, con una relación cada vez más personal.
Alguna vez varios amigos me dijeron que debo tener doscientos años, porque resulta difícil entender cómo entraron tantas vidas dentro de una sola. Quizás tengan algo de razón.
Cuando reconstruyo aquellos años, incluso a mí me cuesta entender de dónde sacaba el tiempo. A los catorce, quince o dieciséis podía estar discutiendo con Pensato sobre Dios, el universo o la Biblia; participar de Acción Católica; y, al mismo tiempo, pasar los días en la escuela técnica metido en un proyecto sobre energías no convencionales que llegué a dirigir, o podía estar jugando al fútbol en Unión, nadando en el Inmaculada o remando en Regatas. Los sábados explicaba energía solar a arquitectos bastante mayores que yo. Además, nunca dejé de salir a correr a las cinco y treinta de la mañana con mi perro Tom.
No recuerdo de dónde sacaba la energía.
Probablemente del sueño.
Dormir nunca me pareció demasiado importante cuando había algo que quería hacer. Con los años esa costumbre tampoco mejoró demasiado.
Por eso a veces mis recuerdos parecen pertenecer a vidas diferentes cuando, en realidad, estaban ocurriendo al mismo tiempo. Mientras intentaba entender a Dios también intentaba entender la energía. Mientras discutía la Biblia leía ciencia. Mientras Pensato controlaba quién había faltado a misa, yo empezaba a mirar otras cosas desde el fondo de la iglesia.
Nunca vi demasiada contradicción en eso. Quizás ya entonces estaba haciendo lo mismo que seguí haciendo después durante toda mi vida: meterme en lugares distintos y preguntar qué mierda había detrás de cada cosa.
A los catorce años compré Cosmos, de Carl Sagan haciendo changas en el barrio. Descubrí el Big Bang y, naturalmente, fui a buscar al cura.
-Curita, vení. Sentate.
Le expliqué, con toda la soberbia científica disponible en un adolescente que acababa de descubrir el universo, que teníamos un problema. Estaba listo para destruir a Adán, Eva, el barro y la costilla: una lectura literal de la creación ya no me cerraba. Había expansión, materia, miles de millones de años, estrellas y galaxias.
Pensato me escuchó. Cuando terminé, me miró y respondió:
-¿Te das cuenta lo inteligente que es Dios? Dios es mucho más inteligente de lo que pensamos. Creó el Big Bang.
Me cagó.
Había metido a Dios dentro del Big Bang en treinta segundos.
Pensato siempre tenía una respuesta. Como casi todos los curas. Pero con él ocurría algo que entonces quizá no comprendía: nunca me prohibió la pregunta. Nunca me dijo que dejara de leer. Nunca me dijo que Sagan era peligroso. Nunca me dijo que pensar demasiado podía alejarme de Dios.
Discutíamos. Y volvíamos a discutir.
Esas conversaciones no terminaban en la física. Desde chico me obsesionaba algo todavía más inútil y más inevitable: si Dios había creado el universo, ¿qué había detrás de Dios? ¿Quién había creado a Dios? ¿Qué había antes? ¿Qué había después? Dios, la nada, el universo, la causa primera. Años más tarde esa obsesión reaparecería en mis propios textos sobre Dios y la nada, pero en aquellos años era simplemente un pibe haciendo preguntas metafísicas en el último banco de una iglesia.
Me prestaba libros de la política interna de la Iglesia; para mí eran tesoros.
Pensato y yo nos sentábamos muchas veces precisamente ahí, en el último banco. Una vez, en medio de una de esas conversaciones donde podían aparecer Dios, el universo, el misterio y cualquier cosa que se nos cruzara, le pregunté:
-Che, José, ¿las brujas existen?
Me miró y respondió sin dudar:
-Absolutamente no.
Hizo silencio mientras miraba hacia el interior de la iglesia, hacia el altar. Volvió a mirarme y me dijo.
-Pero que las hay, las hay.
¡Qué cura de mierda!, pensé. Era así. Te cerraba una puerta y en la misma frase te dejaba una ventana abierta hacia lo inexplicable.
Quizá por eso nuestras discusiones duraron tantos años. No porque Pensato me entregara respuestas definitivas, sino porque incluso sus respuestas más seguras podían dejar un resto de misterio flotando.
Mucho tiempo después regresé de uno de mis viajes. Mi madre me recibió con una noticia:
-Dani, Pensato se está muriendo.
En Santa Fe mucha gente me conoce como Dani. Tal vez Daniel el Terrible hubiera sido más adecuado, pero ésa pertenece a otra historia.
No pregunté demasiado. Giré hacia la puerta y fui casi corriendo directamente a la parroquia.
Un sacerdote joven que lo estaba cuidando me dijo que Pensato estaba muy mal, que prácticamente no recibía a nadie.
-Por favor, decile que está Marcelo Rico.
Pensato bajó como pudo. Tenía cáncer. Estaba muriéndose.
Y me dijo una de esas frases que uno conserva, aunque pasen décadas y seguramente me acompañarán hasta mi lecho de muerte:
-Dios me privilegió con este cáncer porque los dolores son tan intensos que cierro los ojos y puedo ver el universo entero y sus maravillosos colores.
El universo. Otra vez.
Yo había ido a buscarlo de adolescente para explicarle cómo había nacido el universo. Él se despedía de la vida hablándome del universo.
Nunca olvidé aquella conversación. Duró no más de diez minutos. Unos días después fui a su velorio en la parroquia.
Quizá por eso nunca pude mirar a la Iglesia enteramente desde afuera. Yo había crecido ahí. Había discutido con los curas. Había comido con ellos. Los había visto construir. También había conocido sus dogmas, sus contradicciones, sus rigideces y sus miserias.
Conocía el olor de esa casa antes de empezar a preguntarme quién mandaba dentro de ella.
II. El hombre que no quería convencerme
En algún momento participé de Acción Católica junto con mi prima Pochi.
Pochi era un peligro. Un peligro porque hacía igual que yo mil cosas al mismo tiempo.
Estaba muy relacionada con el ambiente parroquial de San Roque y conocía a sacerdotes como Edgardo Trucco y José Tarsicio Guntern. Por ese mundo terminé conociendo también a Vicente Faustino Zazpe.
Después encontré en los escritos de Pensato un detalle que me gustó: el 11 de junio de 1983 Zazpe consagró el nuevo altar de mármol de Jesús Sacramentado. Los dos hombres que hoy sostienen esta historia también habían estado, literalmente, bajo el mismo techo. [15]
Zazpe era un intelectual, era un desafío pararse frente a él.
Hay hombres que hablan para convencer. Zazpe no.
Zazpe hablaba y te expandía la cabeza.
Te inundaba de pensamientos. No terminabas una conversación con él llevando una respuesta cuidadosamente empaquetada. Salías con preguntas nuevas, con alguna certeza destruida, con un problema que parecía sencillo y que de pronto se había vuelto insoportablemente complejo.
Recuerdo una reunión en Laguna Paiva. Yo había desarrollado una idea. Ya no recuerdo sobre qué hablábamos. Probablemente hablé bastante, porque nunca fui particularmente económico con mis opiniones.
Zazpe me escuchó. Cuando terminé me dijo una sola palabra:
-Profundizá.
Nada más.
Profundizá.
Y con eso te hacía mierda.
Porque te obligaba a volver sobre lo que acababas de decir y descubrir que probablemente no habías pensado ni la mitad de lo que creías haber pensado.
Eso hacía Zazpe. No quería introducir sus pensamientos dentro de tu cabeza. Quería sacar los tuyos. Te ordeñaba la cabeza hasta que apareciera todo aquello que todavía no habías conseguido pensar.
Muchos años después creo comprender mejor qué había allí. Era autoridad. No simplemente poder.
La autoridad auténtica puede agrandar al otro. El poder, cuando se vuelve autoritario, necesita achicarlo.
Y ésa será una distinción fundamental en esta historia. Porque mientras yo conocía al hombre que me decía profundizá, alrededor suyo comenzaba a desarrollarse una disputa dentro de la Iglesia santafesina.
III. El piso se movía
A Zazpe le estaban serruchando el piso.
No lo digo después de leer documentos encontrados cuarenta años más tarde. Lo recuerdo.
Se percibía. Lo veía en las caras. En Trucco. En Guntern. En gente cercana a aquella Iglesia. Había preocupación. Había cosas que se comentaban y otras que no necesitaban ser dichas.
Con los años descubrí que esa percepción personal encontraba ecos documentales. Las propias agencias de seguridad de la dictadura vigilaban a Zazpe. Un informe policial de enero de 1978 lo calificó como un 'tercermundista encubierto'. La investigación histórica muestra, además, que intercedió por detenidos y torturados y que su relación con los organismos de derechos humanos fue creciendo, aunque no de manera lineal ni exenta de silencios. [2]
También existen recuerdos de Edgardo Trucco sobre el último año de Zazpe, al que describió como un 'calvario' atravesado por presiones provenientes de los servicios, de sectores poderosos de Santa Fe y de sectores internos de la propia Iglesia. [3]
Yo no conocía entonces esos documentos. Pero conocía las caras. Y las caras también son documentos, aunque sean documentos de la memoria.
Vicente murió el 24 de enero de 1984. Sentí su muerte. Lo apreciaba.
Después ocurrió un hecho aparentemente administrativo pero políticamente enorme. Storni era obispo auxiliar desde 1977; sin embargo, cuando hubo que elegir al administrador temporal de la arquidiócesis, el Consejo Presbiteral eligió a Edgardo Trucco. La Nación describiría posteriormente aquel gesto como una suerte de rebeldía del clero santafesino. [4]
La elección definitiva del arzobispo no dependía, sin embargo, de los sacerdotes santafesinos. Dependía de Roma.
El 28 de agosto de 1984 la Santa Sede promovió a Edgardo Gabriel Storni como arzobispo de Santa Fe. Tomó posesión el 30 de septiembre. [5]
Ahí empieza realmente el problema.
IV. Gobernar una Iglesia
Cuando se habla de poder eclesiástico suele imaginarse la misa, el púlpito o el sermón. Es una ingenuidad.
Gobernar una arquidiócesis significa administrar una estructura: seminarios, parroquias, escuelas, nombramientos, traslados, curia, recursos, vínculos con gobiernos, formación de sacerdotes, ascensos y castigos.
Significa, quizá más importante todavía, poseer capacidad para determinar quién hablará en nombre de Dios durante la próxima generación.
Storni había conocido desde temprano la administración de la curia y el seminario. Con los años consolidó ascendiente sobre sectores jóvenes del clero, mientras muchos sacerdotes mayores permanecían más identificados con el estilo de Zazpe. Las reconstrucciones de su gobierno describen una conducción vertical, destinos al interior para sacerdotes que no compartían sus lineamientos y relaciones estrechas con el poder político provincial. [4]
El problema, entonces, no consistía solamente en qué pensaba Storni. Consistía en qué podía hacer con aquello que pensaba.
Ésa es la diferencia entre una opinión y el poder.
V. Las advertencias anteriores al escándalo
Durante años pudo sostenerse una explicación cómoda: nadie sabía.
Esa explicación se vuelve muy difícil de sostener frente a las actuaciones judiciales posteriores.
Jorge Juan Montini, rector del seminario entre 1989 y 1991, declaró en sede judicial que en marzo de 1990 hizo primero un informe verbal al cardenal Primatesta y luego un informe por escrito ante la Nunciatura Apostólica de Ubaldo Calabresi. También afirmó haber recibido denuncias escritas de seminaristas y haberlas entregado personalmente al nuncio. [6]
La importancia institucional de ese dato es enorme. El nuncio no era un buzón lateral. El Código de Derecho Canónico le asignaba la función de informar a la Santa Sede sobre la situación de las Iglesias locales y un papel central en los procesos informativos para el nombramiento de obispos. [7]
En 1992 surgieron nuevas advertencias. José Tarsicio Guntern tomó conocimiento de un episodio ocurrido en Santa Rosa de Calamuchita y escribió a Storni sobre la gravedad de aquellas conductas. La carta y el testimonio de Guntern terminarían incorporados al expediente judicial. [6]
Años después, Olga Wornat publicaría en Nuestra Santa Madre el testimonio de un exseminarista que atribuyó a Storni una frase brutal por lo que revela de la relación de poder: “Esto no es pecado hijo, yo soy monseñor Storni”. En ese testimonio, el seminarista describe la investidura episcopal y la idea del obispo como “padre” como parte del mecanismo con el que Storni habría intentado volver aceptable aquello que él vivía como una invasión sexual. El detalle importa menos por lo escabroso que por lo que muestra el relato: no era una relación entre iguales. Era un superior religioso invocando su propia autoridad para redefinir los límites del otro. [16]
La información no faltaba. Subía por la estructura.
Finalmente Roma decidió investigar.
VI. Arancibia: escuchar y enviar
En 1994 la Santa Sede encargó una investigación a José María Arancibia. Durante meses entrevistó a decenas de personas -las reconstrucciones hablan de unas 47 a casi 50-, entre seminaristas, sacerdotes, laicos y profesionales vinculados al seminario. [8]
La reconstrucción publicada por Página/12 en 2002, apoyada en las notas de Rosario/12 de diciembre de 1994, consignó que la pesquisa estaba terminada y que el expediente debía ser remitido a la Congregación para los Obispos. [8]
Y ahí está una de las cosas que más me incomodan de todo este mecanismo.
Los denunciantes podían hablar. El investigador podía escuchar. La institución podía producir un expediente. Pero después el expediente ascendía: Nunciatura, Congregación para los Obispos, Roma. Y cuanto más alto ascendía, menos sabían quienes habían declarado acerca de qué se hacía con sus palabras.
La Iglesia poseía un mecanismo para recibir información. El problema era qué ocurría después con ella. Ahí la diferencia entre autoridad y poder deja de ser una abstracción: el poder también decide qué destino tienen las palabras del que está abajo.
VII. La audiencia y la bendición
El 28 de enero de 1995 Storni fue recibido en audiencia por Juan Pablo II. Días después, el vicario general de Santa Fe comunicó que el Papa había expresado su 'total confianza' en la persona y en la tarea pastoral del arzobispo. Rosario/12 publicó el episodio bajo el título La bendición del Vaticano. [8]
Hasta hoy no encontré una resolución pública de la Congregación para los Obispos que diga que, examinado el Informe Arancibia, las denuncias fueron desestimadas y Storni resultó formalmente absuelto.
La diferencia importa.
Una cosa es una resolución administrativa razonada. Otra, una audiencia privada cuyo resultado fue comunicado públicamente por la propia curia del investigado.
Por eso no corresponde escribir que Roma absolvió a Storni. Sí puede afirmarse que, mientras la resolución del expediente permanecía opaca, Storni regresó a Santa Fe con una “total confianza” atribuida a Juan Pablo II y comunicada públicamente por su propia curia.
Para un arzobispo cuestionado, difícil imaginar una armadura política mejor.
Con los años apareció una pieza más sobre el destino de aquella investigación. En octubre de 2002, Julio Algañaraz, corresponsal de Clarín en el Vaticano, informó que las conclusiones de Arancibia y sus voluminosos expedientes habían sido enviados a la Santa Sede por el correo diplomático de la Nunciatura Apostólica en Buenos Aires. Una fuente vaticana consultada por el periodista, que aclaró no tener conocimiento directo, sostuvo que el expediente “tuvo un final” y que no se habrían encontrado pruebas suficientes para considerar culpable a Storni. No conozco esa resolución, ni sus autores, ni sus fundamentos. Así que no puedo llamarla absolución formal. Esa nota alcanza para otra cosa, y nada más: muestra que dentro del Vaticano circulaba la versión de que Storni siguió porque se consideró insuficiente la prueba en su contra. [22]
VIII. Entre gallos y medianoche
La historia no terminó en enero.
Una reconstrucción posterior de La Capital, basada en sus archivos de 1994 y 1995, sostiene que en septiembre de 1995 se daba por hecho el alejamiento de Storni después del estudio de los expedientes enviados por Arancibia. En octubre, Storni volvió al Vaticano en visita ad limina. [9]
Sin embargo, siguió siendo arzobispo.
Meses después volvió a hablarse seriamente del alejamiento de Storni. Sin embargo, no se fue. ¿Hubo una intervención? ¿Qué informe pesó más? ¿Qué conversación, si la hubo, cambió el curso de aquella decisión? Hasta hoy no lo sabemos. Está el antes y está el después; la bisagra no aparece. Entre gallos y medianoche queda, por ahora, una zona oscura dentro de una estructura que hacía del secreto una forma ordinaria de gobierno.
Ubaldo Calabresi aparece una y otra vez alrededor de ese agujero. Montini lo acusó posteriormente de haber recibido información y de proteger a Storni. En 2002, una fuente de la Conferencia Episcopal Argentina citada por Página/12 afirmó que el viaje de Storni a Roma de 1995 había sido gestionado por el nuncio Calabresi. [10]
La secuencia lo deja situado en un punto difícil de considerar marginal. Montini declaró que la Nunciatura recibió advertencias y denuncias desde 1990; el expediente Arancibia salió hacia Roma por el correo diplomático de esa misma Nunciatura; y una fuente de la Conferencia Episcopal afirmó que Calabresi gestionó el viaje de Storni que desembocó en la audiencia papal de enero de 1995. A ello se suma un testimonio recogido por Olga Wornat del exgobernador José María Vernet, que sitúa a Calabresi en un lugar relevante en las conversaciones previas a la sucesión de Zazpe. Ninguna de estas piezas demuestra por sí sola que el nuncio haya decidido proteger a Storni; juntas, sin embargo, justifican preguntar por su intervención concreta en el nombramiento, la recepción de las denuncias y la gestión del caso ante Roma. [6][10][16][22]
Esas acusaciones son relevantes, pero no equivalen todavía al documento que falta: una carta, un voto, una minuta o una recomendación que permita demostrar quién decidió sostener a Storni.
Podemos señalar la sombra. Todavía no podemos inventar lo que no vemos dentro de ella.
IX. La Justicia pidió los papeles
En agosto de 2002 la discusión dejó de ser solamente eclesiástica.
La aparición pública de la vieja carta de Guntern produjo una escena difícil de ignorar. El 22 de agosto, el sacerdote -ya de 82 años- fue convocado al Arzobispado y terminó firmando una retractación. Al día siguiente denunció presiones. En noviembre, cuatro integrantes de la cúpula de la Curia fueron procesados por coacción en distintos grados y un escribano por falsedad ideológica. Años después, la imputación contra Storni como presunto instigador de esa coacción fue revocada por falta de elementos suficientes para probar que él hubiera dado la orden. La precisión jurídica no borra la imagen institucional: cuando aquella carta amenazó con convertirse en prueba, la estructura episcopal se movilizó alrededor de una retractación. [17][18]
La Justicia santafesina abrió una investigación penal. Diputados provinciales ofrecieron como prueba el testimonio de Arancibia y la documentación vaticana vinculada a su investigación de 1994. El juzgado hizo lugar a la medida. El fallo de 2009 que reconstruye el trámite deja asentado que se exhortó al Vaticano para que acompañara las actuaciones de Arancibia y que, por separado, se libró exhorto a Mendoza para recibir la declaración testimonial del propio obispo investigador. [6]
Esto es central: la Justicia argentina no pidió una opinión moral. Pidió los papeles.
El 14 de octubre de 2002 el informe seguía sin haber llegado al Juzgado de Instrucción N.º 5, según informó Página/12 desde tribunales. [11]
La sentencia de 2009 reconstruye extensamente el expediente penal y consigna al comienzo el exhorto al Vaticano. En esa reconstrucción no aparece luego registrada la incorporación del Informe Arancibia remitido por Roma. Esto no permite afirmar, sin otro documento, que el Vaticano haya rechazado formalmente el exhorto o que jamás haya existido alguna respuesta diplomática. Sí permite decir algo más preciso: no encontré constancia pública de que esas actuaciones hayan sido incorporadas a la causa. [6]
La Iglesia no fue requerida porque ignoraba lo ocurrido. Fue requerida precisamente porque había investigado.
La Justicia quiso escuchar lo que la Iglesia había escuchado ocho años antes.
Y, hasta donde llega la documentación pública que pude reconstruir, no encontré constancia de que ese archivo hubiera sido incorporado al expediente judicial.
En 2002, además, la propia Santa Sede terminó aceptando la renuncia de Storni conforme al canon 401 § 2, reservado para un obispo que, por enfermedad u otra causa grave, queda menos apto para ejercer su oficio. Una fuente vaticana citada por Clarín sostuvo que en la Congregación para los Obispos se le había indicado que, fuera inocente o culpable, ya no podía continuar gobernando Santa Fe. La diferencia temporal es difícil de ignorar: en 1995 una fuente vaticana hablaba de insuficiencia de pruebas; siete años después, sin una condena penal firme, Roma consideró imposible su continuidad pastoral. Eso no demuestra por qué se tomó la decisión. Sí muestra que, para 2002, las denuncias ya habían salido del circuito reservado y la crisis era pública. [22][23]
La Justicia siguió avanzando por carriles imperfectos. En 2009 Storni fue condenado en primera instancia a ocho años de prisión por abuso sexual agravado. En 2011 la Cámara anuló esa sentencia porque consideró insuficientemente explicado el mecanismo jurídico mediante el cual se habría impuesto el abuso y ordenó dictar un nuevo fallo; no anuló todo el proceso. Storni murió en 2012 antes de que esa nueva sentencia cerrara el caso. [19]
Todavía hubo otro capítulo. En 2016 una jueza civil admitió la demanda de Rubén Descalzo contra los herederos de Storni y el Arzobispado de Santa Fe y los condenó a indemnizarlo por daño moral. El fallo sostuvo que los hechos atribuidos a Storni se vinculaban con el ejercicio de sus funciones y señaló un deber institucional de protección sobre quienes estaban bajo cuidado del seminario. En 2018 la Cámara revocó esa condena civil por prescripción. La revocación cerró la reparación por el paso del tiempo; no fue una declaración judicial de que los hechos denunciados hubieran sido inventados. [20][21]
X. El secreto y el pecado del archivo
El problema ya no era solamente Storni.
Era la arquitectura institucional.
Una organización podía recibir denuncias, escuchar testigos, producir un expediente, elevarlo por una cadena jerárquica y, aun así, mantener en secreto su evaluación y sus consecuencias. Ahí aparece otra forma de poder: controlar el trámite, los tiempos y el destino de lo que se sabe.
En 1994 la Congregación para los Obispos estaba encabezada por el cardenal Bernardin Gantin; desde marzo de ese mismo año su secretario era el argentino Jorge María Mejía. [12]
Eso permite poner nombres y oficinas allí donde suele decirse simplemente 'Roma'. Pero no permite todavía atribuir decisiones individuales sin documentos.
El acceso archivístico tampoco resuelve hoy el problema. El Archivo Apostólico Vaticano permite actualmente consultar documentación sólo hasta el final del pontificado de Pío XII, en 1958. Además, la normativa vaticana de archivos considera reservados, entre otros, los procesos episcopales incluso cuando un período histórico se abre a consulta, salvo autorización excepcional. [13][14]
No hay prueba de que el Informe Arancibia haya sido destruido. Si sobrevive dentro de los archivos de la Santa Sede, permanece fuera del acceso histórico ordinario.
El archivo, entonces, no es solamente una metáfora. Es una institución.
Durante siglos la Iglesia desarrolló sistemas muy precisos para administrar la culpa individual: pecado, confesión, penitencia, absolución.
La culpa institucional es bastante más difícil de confesar.
¿Quién se arrodilla cuando el que falla no es solamente un sacerdote sino un procedimiento? ¿Quién reza el Padrenuestro cuando el problema está en la cadena jerárquica? ¿Quién absuelve a una institución?
En el caso Storni el problema no fue la ausencia de señales. Hubo advertencias, denuncias, cartas, entrevistas y un expediente producido por la propia Iglesia.
Años después, cuando la Justicia pidió esas actuaciones, no encontré constancia pública de que fueran incorporadas a la causa.
Ahí deja de alcanzar con preguntar qué hizo un hombre. Hay que preguntar qué hizo la estructura con lo que sabía.
XI. Pensato, Zazpe y la vara
Necesitaba comenzar esta historia con Pensato y con Zazpe.
Si hubiera empezado directamente con Storni, alguien podría creer que éste es otro texto contra la Iglesia escrito por algún ateo que no tiene idea.
No.
Yo conocí otra cosa, tuve acceso a libros y charlas desde adentro.
Conocí un cura sentado en la cabecera de la mesa de mi casa. Un hombre capaz de remangarse la sotana y ponerse a construir. Un sacerdote que toleró que un pendejo de catorce años le llevara a Carl Sagan para discutir el origen del universo y que podía responder una pregunta sobre brujas dejando a Dios y al misterio peleándose en el último banco.
Conocí también a un obispo que, cuando uno creía haber dicho algo inteligente, respondía:
-Profundizá.
Ésa es mi dificultad con Storni.
No que fuera sacerdote. No que fuera obispo. No que creyera en Dios.
Mi problema empieza cuando la autoridad deja de necesitar legitimidad y comienza a sostenerse exclusivamente en la jerarquía.
Pensato podía ser intransigente. Pero hacía.
Zazpe tenía autoridad. Pero te dejaba pensar.
El poder que aparece después es distinto. Necesita obediencia. Necesita silencio. Necesita controlar quién habla. Y, cuando alguien habla demasiado, necesita controlar qué ocurre con sus palabras.
Por eso el caso Storni no es solamente una historia sobre sexo. Ni siquiera es solamente una historia sobre abuso.
Es una historia sobre poder.
XII. Cuando la sotana se vuelve sagrada
Storni no inventó la Iglesia. Tampoco inventó el secreto, la obediencia ni la estructura vertical.
Por eso sería intelectualmente mediocre terminar este ensayo diciendo que el problema fue simplemente un hombre malo.
Sería demasiado cómodo.
En los escritos de Pensato encontré una frase dirigida a Cristo: “Maestro, quisiste que yo participara de tu magisterio”. Me importa una palabra: participara. No reemplazara. No se apropiara de él. Participara. [15]
No necesito hacer de psiquiatra con Storni para ver el problema. Alcanza con mirar para qué se usa la jerarquía en algunos testimonios. En el relato de un exseminarista, la frase “yo soy monseñor Storni” concentra esa lógica: el cargo deja de ser una función y se convierte en argumento frente al otro. Ahí está el punto que me importa. El problema empieza cuando alguien deja de pensar que viste una sotana y comienza a creer que la sotana lo vuelve sagrado. [16]
Por eso la pregunta no es sólo qué hizo Storni. Es qué condiciones de la estructura permitieron que las advertencias circularan durante años sin producir una respuesta pública equivalente. ¿Qué ocurre cuando quien debe proteger el prestigio institucional también administra la investigación? ¿Qué ocurre cuando los expedientes son secretos y quienes declararon no saben qué se resolvió? La Iglesia exige confesión a sus fieles. La pregunta es qué se exige a sí misma cuando el acusado pertenece a su jerarquía.
XIII. Profundizá
A veces pienso en Zazpe.
En aquella palabra.
-Profundizá.
Quizá este ensayo no sea otra cosa que seguir obedeciendo aquella orden cuarenta años después.
Profundizar, en este caso, fue no detenerme en la denuncia, ni en la investigación de Roma, ni en aquella “total confianza” atribuida a Juan Pablo II y comunicada por la curia santafesina después de la audiencia, ni en las versiones posteriores sobre un posible alejamiento. Fue volver una y otra vez sobre las mismas preguntas: qué sabía cada uno, cuándo lo supo, qué hizo con eso, quién habló, quién calló y cómo una denuncia pudo convertirse en expediente sin que ese expediente terminara convertido en una respuesta pública equivalente.
Pensato me enseñó que la autoridad debía poder mostrar lo que había construido. Zazpe me enseñó que una idea que no soporta una segunda pregunta probablemente todavía no sea una idea.
Los dos hablaban de Dios. Pero ninguno necesitaba hacerse Dios para que yo los escuchara. Pensato hablaba de participar; Zazpe me pedía profundizar. Ninguno confundía el lugar que ocupaba con Dios.
Tal vez ésa sea la frontera. No entre creyentes y ateos. Ni siquiera entre sacerdotes buenos y sacerdotes malos. La frontera está entre quien usa una convicción para expandir la libertad del otro y quien usa una jerarquía para reducirla.
Dios no usa sotana. La usan los hombres. Y los hombres responden por lo que hacen con ella.
Yo conocí esas dos formas de ejercer la Iglesia. Y todavía falta abrir un archivo.
FUENTES Y RESPALDO DOCUMENTAL
Nota jurídica de lectura. La sentencia penal de 2009 fue anulada en 2011 y no quedó firme. La Cámara ordenó un nuevo pronunciamiento; Storni murió en 2012 antes de que se dictara. La condena civil de 2016 fue revocada en 2018 por prescripción. En el texto se distingue, por eso, entre denuncia, testimonio, procesamiento, sentencia anulada y hechos procesales comprobados. [19][20][21]
[1] Complejo Educativo Mons. Carlos Macagno, “Creación de las Escuelas”. Historia institucional de la obra educativa vinculada a José Ramón Pensato.
[2] Luciano Alonso, “Terror de Estado y luchas pro derechos humanos en Argentina: las dimensiones ocluidas”, Ayer. Revista de Historia Contemporánea, 107 (3), 2017, pp. 99-124, DOI 10.55509/ayer/107-2017-05. Se utiliza para la vigilancia estatal sobre Zazpe y su relación con organismos de derechos humanos.
[3] Carlos del Frade, “La conjura contra Zazpe”, Pelota de Trapo, 5/03/2024. Reconstrucción periodística que reproduce testimonios sobre las presiones sufridas por Zazpe, incluido el recuerdo de Edgardo Trucco sobre su último año.
[4] Mariano De Vedia, “Mano dura tras un bajo perfil”, La Nación, 30/09/2002. Reconstrucción de la sucesión Zazpe-Trucco-Storni y del gobierno eclesiástico de Storni.
[5] Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz, “Nuestro Obispo”. Cronología oficial de Zazpe y Storni.
[6] Juzgado de Sentencia Segunda Nominación de Santa Fe, “Storni, Edgardo Gabriel s/ Abuso Sexual agravado”, sentencia del 29/12/2009. Se utiliza como reconstrucción de actuaciones y testimonios; la condena fue anulada en 2011.
[7] Código de Derecho Canónico, cánones 364 y 377. Funciones del legado pontificio y procedimiento informativo para nombramiento de obispos.
[8] Pablo Feldman, “Un expediente contra el arzobispo”, Página/12, 18/08/2002. Reconstrucción de las notas de Rosario/12 de diciembre de 1994 sobre la investigación y de la audiencia del 28/01/1995.
[9] La Capital, “Historia y condena de un hombre que tuvo el poder a sus pies”, 31/12/2009. Reconstrucción de archivo sobre la investigación de 1994 y el posible alejamiento de septiembre de 1995.
[10] Página/12, “El obispo y la política”, 08/09/2002. Fuente de la Conferencia Episcopal Argentina citada sobre la gestión de Calabresi del viaje a Roma de 1995.
[11] Pablo Feldman, “En el campo, con los peones”, Página/12, 14/10/2002. Informa que el Informe Arancibia aún no había sido recibido por el Juzgado de Instrucción N.º 5.
[12] Acta Apostolicae Sedis 86 (1994). Nombramiento de Jorge María Mejía como secretario de la Congregación para los Obispos el 5/03/1994.
[13] Archivio Apostolico Vaticano, “Access and Consultation”. Régimen de consulta ordinaria: acceso hasta el final del pontificado de Pío XII (octubre de 1958). Consultado el 7/09/2026.
[14] Juan Pablo II, “La cura vigilantissima” (21/03/2005), ley sobre los archivos de la Santa Sede; reserva de determinados documentos y procesos episcopales.
[15] Huellas de Amor, recopilación sobre José Ramón Pensato que reproduce escritos personales del sacerdote y testimonios de miembros de la comunidad de Jesús Sacramentado. Se utilizan, entre otros, “Mi estadía en la Parroquia Jesús Sacramentado”, apuntes de 1983-1985 y el testimonio de Juan Carlos Castro. Ejemplar aportado por Mónica Milesi Martínez.
[16] Olga Wornat, Nuestra Santa Madre. Historia pública y privada de la Iglesia Católica Argentina (2002), cap. 9, “El príncipe y el pastor”. Fuente testimonial sobre Storni y el seminario; en el ensayo cada afirmación procedente de esos testimonios se mantiene expresamente atribuida.
[17] El Litoral, “Cinco procesados en el caso Guntern”, 26/11/2002.
[18] El Litoral, “Aprietes contra el padre Guntern”, 16/09/2005. Revocación del procesamiento de Storni como presunto instigador por falta de prueba suficiente sobre una orden directa.
[19] Rosario3, “Anularon la sentencia condenatoria contra el ex arzobispo Storni”, 30/04/2011. Fundamentos de la anulación y orden de nuevo pronunciamiento.
[20] Juzgado de Primera Instancia Civil y Comercial, 3.ª Nominación de Santa Fe, “Descalzo, Rubén Alejandro y otro c/ Storni, Edgardo Gabriel y otro s/ Ordinario”, 11/10/2016.
[21] Cámara de Apelación en lo Civil y Comercial de Santa Fe, Sala III, 15/05/2018, CUIJ 21-00824867-9. Revocación de la condena civil por prescripción.
[22] Julio Algañaraz, “Dicen que el ex arzobispo de Santa Fe está en el país”, Clarín, 04/10/2002. Informa el envío de las conclusiones y expedientes de Arancibia a Roma por correo diplomático de la Nunciatura y cita una fuente vaticana que, aclarando no tener conocimiento directo, dijo haber oído que no se encontraron pruebas suficientes para considerar culpable a Storni.
[23] Oficina de Prensa de la Santa Sede, Bollettino N. 0483, 01/10/2002. Aceptación de la renuncia de Edgardo Gabriel Storni conforme al canon 401 § 2 del Código de Derecho Canónico.