Por REDACCIÓN
<El espíritu del Señor está sobre mí. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a anunciar, a liberar, a consolar>. Esto lo puede decir cada bautizado, esto lo puede decir cada diácono, cada presbítero, cada obispo. Qué bueno decirlo en este marco de gracia, lo dijo Jesús.
Esto lo puede decir cada bautizado, esto lo puede decir cada diácono, cada presbítero, cada obispo. Qué bueno decirlo en este marco de gracia, lo dijo Jesús.
Queridos hermanos, sacerdotes, diáconos, laicos, no creo estar diciendo nada nuevo, pero es bueno decirlo de nuevo, Argentina es tierra de misión, Santa Fe es tierra de misión. Rafaela, me refiero a toda la diócesis, es tierra de misión. Yo soy tierra de misión, cada uno. Y hay que decírnoslo porque conocer a Jesús y abrirnos a la vida nueva que nos trae es mucho más que tener noticia de Él, mucho más que un saber intelectual, es ser hijos en Él. Como decía Pablo: “Ya no vivo yo, es Él que vive en mí”, es Cristo quien vive en mí. ¡Qué viva en mí, que viva en cada uno! Vivir en Cristo es estar en comunión, en amistad, en gracia. Es dejarse amar, porque nos amó primero, y transformar en hijos, en hermanos, en testigos, en enamorados.
Nadie debería ofenderse o sorprenderse por ser tierra de misión. Es un hecho que nuestro anuncio no ha alcanzado todavía a “transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas del pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación.” (Evangelii Nuntiandi 19). Es cierto que tenemos antepasados, abuelos y papás santos, pero a cada generación le toca hacer una nueva síntesis entre fe y cultura, entre fe y vida (Spe Salvi 25-26), y estamos en tiempos de cambios vertiginosos, estamos en tiempos de misión, pero no solos, no simplemente con nuestras fuerzas o estrategias o planes.
Las lecturas que acabamos de escuchar hablan del protagonismo del Espíritu: Isaías dice “está sobre mí”, “me ha ungido”, y ungir es embellecer, perfumar, es decir, me ha suavizado, me ha sanado, me ha penetrado como el aceite, se ha apoderado de mí, me ha dignificado y me ha enviado. Lucas agrega: “me ha consagrado” por la Unción. El autor del Apocalipsis dice que ese Espíritu es multiforme y nos hace llegar la gracia y la paz.
Nosotros estamos viviendo hoy un momento de acción de gracias y alabanza por la fidelidad de Dios y su creativa confianza, que ha querido participarnos, a bautizados y ordenados, del único sacerdocio de Jesucristo, el de la nueva alianza, el de la encarnación, el del abajamiento. No el sacerdocio del Levítico, sino el definitivo, el eterno y único.
Estamos viviendo urgidos por el camino de conversión cuaresmal, por convertirnos del pecado, convertirnos del antiguo al Nuevo testamento, convertirnos con múltiples conversiones:
- conversión relacional, fraterna, misionera, de humildad, conversión de los vínculos.
- conversión al servicio de la comunión y la complementación, porque los hermanos participan de la misma vida, pero son diversos, debemos complementarnos.
- conversión a una mística, de ojos abiertos, que conlleva una ética y fuente de alegría, es conversión a la alegría.
- conversión de estilos, tenemos que convertirnos a un estilo sinodal, porque, como aprendimos en la pandemia, nadie se salva solo. Conversión a un ministerio esencialmente comunitario, que siempre lo ha sido y hoy urge. Me preguntaba si hubo épocas que fueron salvadas por santos, Juan Pablo II decía: “hoy hacen falta comunidades santas, parroquias santas, matrimonios santos, presbiterios santos.”
- conversión en el modo de ejercer la autoridad sin apropiarnos, porque somos simples servidores.
- conversión a los pobres, a Jesús pobre, como Francisco de Asís, a Jesús vivo, a Jesús que nos muestra al Padre.
- conversión a la compasión desde el silencio que es vacío de nuestro ego, de nuestros impulsos, de nuestras ambiciones, un silencio de escucha, una compasión que se hace conocimiento interior, porque el mundo necesita esperanza, superar los miedos. Hay una pandemia del miedo y la soledad.
- conversión al protagonismo del Espíritu, a la escucha, el discernimiento, el gozo y la paz, y esto juntos, sinodalmente.
Y este llamado, esta urgencia de conversión, resuena providencialmente en las vísperas de la anunciación y la encarnación del Verbo por obra del Espíritu que estamos celebrando. Celebramos la Misa Crismal anticipando, de alguna manera, la gracia de la Semana Santa. Y también, día de memoria dolorosa, de nuestras miserias más grandes como nación, de la pérdida de la conciencia, de la dignidad de cada vida. “Ojalá hoy escuchemos la voz del Señor” y aprendamos del pasado a lo que tenemos que decir nunca más.
En esta celebración hay un detalle llamativo: es la única vez en el año en que en la liturgia se realiza el gesto del soplo, un gesto sobre el Crisma que se consagra. Ese soplo evoca el soplo del Creador sobre el barro que lo constituye a Adán. Adán es frágil, pero tiene un soplo de vida nueva, desde la creación. El soplo del
Resucitado que recrea: antes de enviarlos, sopló sobre ellos y les dio el Espíritu, un soplo que unge, como dice Isaías, el soplo de Dios nos unge y nos envía. El soplo que alivia, es sanante. Yo recordaba que las abuelas así sanaban cuando alguien se raspaba, nos soplaban las heridas, era un soplo de ternura, de cariño, de sanación.
“Es un viento que acaricia mi rostro”, dice uno de los amigos de Job en el libro de Job al dolor del hermano.
Es un soplo que abre caminos secando el barro, como lo hizo en el paso del Mar Rojo, y como lo sabe toda la gente de campo, el viento seca el barro en los caminos, después de las lluvias de estos días. El soplo seca nuestro barro y nos abre caminos, caminos de esperanza, de evangelización, de servicio, de ternura. El soplo del Espíritu en la liturgia de hoy es el soplo de Jesús resucitado que hace posible el envío de los apóstoles.
Tenemos absoluta necesidad del Espíritu para la misión. Al llegar a la diócesis, rezaba en la homilía de inicio un himno de un patriarca griego ortodoxo de los años sesenta:
“Sin el espíritu, Dios está lejos,
Cristo permanece en el pasado,
el Evangelio es letra muerta,
la Iglesia una simple organización,
la autoridad sería dominación,
la misión una propaganda,
el culto una evocación,
y el actuar cristiano una moral de esclavos.
Pero con la presencia del Espíritu,
el cosmos se eleva y gime en el parto del Reino.
Cristo resucitado está presente,
el Evangelio es potencia de vida,
la Iglesia significa la comunión trinitaria,
la autoridad es un servicio de liberación,
la misión es un Pentecostés,
la liturgia, una memoria y anticipación,
el actuar humano se deifica.”
El Cardenal Cantalamesa, predicador en la Casa Pontificia en varios pontificados, es aún más contundente, y refiriéndose al eclipse de Dios en el mundo actual, decía: “¡sin el Espíritu Dios está muerto! El espíritu es el que da la vida”. El “Ruah” o “pneuma”, como dice la Biblia, es el ambiente vital. Estamos llamados a vivir en el Espíritu – en ÉL - como lo vivió Jesús. Es el “espacio abierto” en que Dios manifiesta su fuerza y se percibe su presencia. Así lo descubrió San Pedro al confesar quién era para él Jesús: “Feliz de ti, Simón, esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino el Espíritu”. Y Pablo dirá: “nadie conoce lo íntimo de Dios sino el Espíritu de Dios”. (1 Cor. 1,11)
Por eso, debemos caer en la cuenta de que sin el Espíritu estamos huérfanos, sin el Espíritu nuestro ministerio diaconal, presbiteral, bautismal es un oficio mundano, mediocre, y en vez de la gratuidad, la contemplación y la locura del amor crucificado y el gozo de abandonarnos en la confianza, aparece la sombra del éxito y el mérito, y el activismo como horizonte y medida de nuestro obrar. Sin el Espíritu falta alegría, creatividad, entusiasmo. La palabra entusiasmo viene de en- Theos, estar en Dios, envueltos por Dios, encendidos por Dios. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?”. Cristianos que viven en el Espíritu están encendidos de la alegría y la creatividad.
San Pablo VI (en Evangelii Nuntiandi) y San Juan Pablo II (en Redemptoris Missio) nos decían que el protagonista de la misión es el Espíritu. No viene a nosotros por nuestros méritos, no es por nuestros méritos que llega a nuestra vida, hay que pedirlo. En otra carta (Dominum et Vivificantem) decía Juan Pablo II que la Iglesia no salió del cenáculo y sigue de la mano de María diciendo <Espíritu Santo, ven>, pero lo dice con sed, con la sed del siervo sediento. No es por nuestros méritos, no es por fuerza o por capacidad, el Espíritu no es violento, es discreto, suave, se esconde detrás de la tormenta y requiere silencio y humildad, como lo entendió Elías. Habla en el susurro silencioso.
Cuánto para discernir, el Espíritu es un soplo vivificante, decía el profeta Ezequiel, es el que pone carne a los huesos secos. Cuántas estructuras secas que hay que revivificar, cuánto para aprender: la comunión en la diversidad, querernos más, querernos como somos, caminar juntos como hermanos, sin pretender poseer, acaparar, adueñarnos, controlarlo todo, competir. El espíritu sopla donde quiere, y habitualmente sopla mejor en los más humildes, los más pobres, los más sencillos. Esa es una sintonía del Evangelio, es el Espíritu de la verdad indispensable en tiempos en que se manipula, se relativiza, y también, con pena lo digo, a veces se usa la verdad como látigo, látigo ideológico de derechas e izquierdas que incluso en la vida eclesial.
Sin el Espíritu, la fraternidad es solo un nombre, y no comunicación de vida, conversación en el Espíritu. San Pablo llega a decir que solo el Espíritu nos hace rezar de verdad y nos conduce a agradecer, alabar, interceder, adorar, adorar a solo Dios, al único Dios, a todo Dios, comunión de amor, trinidad, al Padre que nos hizo hijos en el Hijo. Esto del soplo, yo creo que lo entienden los niños, que se desesperan por soplar las velas en los cumpleaños, aunque no tienen ni fuerza. Qué hermoso, si pedimos al Señor, sopla, revivifica, suaviza, sana, impulsa.
¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! Estamos en tiempo de misión y el protagonista de la misión es el Espíritu. Pidamos el Espíritu para toda la Iglesia, para el mundo sufriente y que anhela la paz.
Comprometámonos a ser más dóciles, a dejarnos mover, a salir y encontrarnos en un mismo Espíritu.
Que María y José nos enseñen, me animo a decir, nos contagien su disponibilidad de Espíritu. Gracias a todos por su sí, gracias a los sacerdotes, gracias a los enfermos, gracias a los sufrientes, gracias a los catequistas, gracias a los diáconos, gracias a las secretarias parroquiales, gracias a los jóvenes, gracias a los niños. Gracias cuando, movidos por el Espíritu, intercedemos para que sea posible la misión, para que sea posible el encuentro, para que sea posible que abramos el corazón al que nos amó primero, porque no está el amor en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero. Como María, al ser ungidos, por el óleo o el soplo, dejémonos amar.