Por Orlando Pérez Manassero*
…y había un portón de chapas que el primer día de clase se abría para dar paso al ruidoso y desenfadado tropel de los “viejos” alumnos. Detrás, con cortos pasitos y evidenciando cierta timidez mezclada con curiosidad, entrábamos los “nuevos”. Nos recibía un patio inmenso, algunos árboles, una superficie de tierra cubierta en su mayor parte por altas hierbas, plantas de zapallo y hasta una gata con sus recién nacidos gatitos. Sobre una angosta franja de cemento que se estiraba al costado de la edificación un jovencito, Fortunato Nari, ordenaba por grados a grandes y chicos. Muy pocos de ellos lucían blancos guardapolvos, casi todos vestían camisas de mangas largas, pantalones cortos sujetos con tiradores, algunas camperas, medias hasta la rodilla, zapatillas y una cartera de cuero enorme colgada del hombro con un cuaderno, un lápiz y una goma perdidos en su interior.
En plena algarabía aparecía por una puertita lateral de hierro y tejido el director, el temido y después querido maestro Modesto Verdú. Un fuerte pitazo de referí ponía fin a carreras, gritos, charlas y risas. Frente a nosotros, habiendo soplado su silbato, estaba el hombre bajo y fornido, algo encorvado, bastante calvo, con unas pobladas cejas que enmarcaban su ceño fruncido y dueño de cuadradas manos cubiertas de largos vellos, esas mismas manos que nos señalarían en los siguientes seis años el camino de la educación y de la buena conducta.
Después el aula y la maestra ordenando a los varones por su talla, los más altos al fondo, los más bajos detrás de las pocas niñas que ocupaban la primera fila. Y por fin oíamos tañer la campana dos veces dando inicio al primer día de clase de nuestras vidas.
Allí estábamos, todavía cohibidos, sentados en esos anchos bancos de madera con capacidad para dos párvulos cada uno, dispuestos a aprender que dos más dos eran cuatro y a tratar de escribir “mamá” luego de algunos fallidos intentos, goma de borrar mediante. Se cumplían así las primeras cuatro horas matinales de nuestra enseñanza, las primeras porque, por la tarde, la escuela nos esperaba nuevamente, sin dormir la siesta pero bien despiertos, para seguir transitando esos iniciales pasos por el largo camino del saber.
Y pasaron unos días, se llevaron los gatitos, cortaron los zapallos, el patio se fue limpiando de malezas a fuerza del intenso tránsito juvenil y, ya perdida la timidez, disfrutábamos libremente en los únicos recreos de la mañana y de la tarde, en esos momentos en los que, por media hora, olvidábamos letras y números para jugar a las bolitas, al rango y mida, intercambiar figuritas o mirar a los más grandes construir una pista de tierra apisonada para autitos de suspensión con curvas peraltadas y todo.
Parado frente a la citada puertita de hierro y tejido el maestro Verdú, atenta su mirada, monitoreaba esas acciones y ante cada falta era el silbato el que señalaba la infracción. Seguidamente el maestro imponía el correspondiente castigo, el más severo ¡qué te quedas después de clase!, y se le oía reprender al transgresor con ciertas sonoras palabras, las clásicas ¡zángano! y ¡zopénco! dichas con marcado acento español. Muchas veces, en los casos más extremos, esas cuadradas manos velludas se hacían fuertes palmadas sobre el hombro del rebelde o sus dedos índice y medio se aunaban en un seco golpe en la clavícula que enderezaba y volvía al camino de la buena conducta al insubordinado de turno.
Después de aquellas primeras jornadas escolares habrían de gastarse muchas tizas y muchos serían los borradores que irían limpiando pizarrones para dar paso a nuevos desafíos hasta que, inevitablemente, llegaría ese día de hace setenta años en el que el portón de chapas se cerraría a nuestras espaldas para dejarnos ir a afrontar otros retos.
Pasaron desde entonces decenas y decenas de años, el maestro Modesto Verdú partió un día a monitorear las acciones de los angelitos con su silbato y sus sonoros ¡zopencos! Nos dejaba la escuela, esa misma que guardamos siempre entre nuestros mejores recuerdos pero también en la realidad de este tiempo. Porque la escuela vive todavía, en otro lugar, bajo otro techo, y sigue recibiendo al ruidoso y desenfadado tropel de los “viejos” alumnos y la lógica timidez de los “nuevos”. Hoy, a nosotros, aquellos “nuevos” de mediados del siglo pasado, nos parece ver un imaginario portón de chapas abrirse otra vez para dejarnos pasar y hacernos soñar que nos integramos a la infinidad de condiscípulos y a los tantos maestros de ayer y de hoy que en los cien años transcurridos hicieron y hacen el cuerpo y el alma del colegio. Exclamemos entonces todos ¡Feliz centenario Escuela 25 de Mayo!
*(Exalumno de la Escuela 25 de Mayo en los años 1950 a 1955)