Por REDACCIÓN
Por Hugo Borgna
Muchas veces se clasifica a la poesía pretendiendo que esté dentro de un determinado límite. Por ejemplo, de la que se construye a partir de una idea, personaje o pensamiento de una tendencia determinada. Se surgiere con visibles entrelíneas que el resultado de esa obra pierde valor al no ajustarse a un lirismo puro, con la madre naturaleza feliz y siempre cambiada, un bebé impecable y lindo estirando los bracitos para abarcar todo.
Uno de los autores de referencia es Martin Niemöller (Emile Gustav Friedrich Martin Niemöller, quien nació en 1892 y vivió 92 años), pastor luterano de nacionalidad alemana, identificado en su tiempo como “anti nazi”, después de haber apoyado anteriormente ese movimiento. Su posición había variado al ver que los artistas que no adherían al régimen eran perseguidos.
Una voz poética de vigencia permanente es Bertolt Brecht, alemán que vivió entre los años 1898 y 1956. Compuso “Ahora vienen por mí”.
“Primero se llevaron a los judíos – pero como yo no era judío, no me importó – después se llevaron a los comunistas – pero como yo no era comunista, tampoco me importó – luego se llevaron a los obreros – pero como yo no era obrero, tampoco me importó – Más tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual, tampoco me importó – después siguieron con los curas – pero como yo no era cura, tampoco me importó – ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde. Cuando finalmente vinieron a buscarme a mí – no había nadie más que pudiera protestar”.
No hay necesidad de clasificar. El mensaje llega a los sentidos y establece su sitio y su trono, lugar del cual no fue quitado porque se comparte por todos los miembros de la corte.
Hay quienes necesitan un ordenamiento, y el contenido de los textos se presta admirablemente. En este caso son parientes cercanos. Es aceptado por artistas y receptores.
“Pero hay una melena”, cantaba Mario Clavell, decía “es mi tesoro” y agregaba “me vuelve loco”
La melena de este caso es que no se puede poner un punto y aparte y dejar que la cuestión se resuelva sola o que la resuelvan otros. El bebé vuelve a tener hambre y reclama con sus útiles, poderosos pulmoncitos, como diciendo que está bien el análisis de las teorías pero.
Se habla de diferenciar. El arte, para no ser discutido desde su origen, debe ser independiente de una crítica o una propaganda. Un canto a la naturaleza, la voz incontaminada del viento y de la luz, bañan a todos y no imponen su beneficio a un solo sector.
Diferenciar, eso sí.
Destacar, sobre todo, cuando el objeto del canto, se ha desarrollado sin dejarse llevar por una idea política de base, o por un movimiento. No es bueno que un liderazgo rotundo y personal lo considere como éxito cuando para su ejecución haya utilizado medios que destruyeron la naturaleza o la vida
Dos palabras son clave. Contaminación y compromiso. ¿Cómo hacerlas participar? ¿En qué circunstancias no?
Interpretarse a sí mismos no es una tarea menor, a cargo y responsabilidad única de los creadores de belleza. Como si la angustia, el placer, la dicha, el momento feliz, por el solo hecho de ser casi corporales, no tuvieran la misma potencia que una denuncia social, tantas veces conectada a nombres y apellidos.
Bertolt Brecht reconoce que no defendió a determinados oficios o funciones -las menciona- cuando a ellos “se los llevaron”. Comprende tarde que los quitaron por responsabilidad de él, al haberse considerado asépticamente blanco, previamente bañado con impunidad.
Todas las indiferencias son peligrosas, y más la que surge de la simple acción, esa que se realiza sin el necesario raciocinio.
La falta de interés acepta la orden del gesto de silencio que habita en sanatorios y hospitales, que son también son partícipes, mientras la vida que se percibe mediante los sentidos se asoma a curiosas ventanas donde encuadra la naturaleza en movimiento.
Siempre hay oficios y modos hacer participar la realidad. Se la percibe cuando no surgen de intenciones preconcebidas por lo social más que en el sensible interior.
La falta de interés por participar -o solo mirar- provocan que las buenas intenciones se tiendan a descansar en la incómoda cama de la intrascendencia.