Por REDACCIÓN
Por Hugo Borgna
Hay un ámbito donde todos se conocen, aunque nunca se hayan visto ni existan las posibilidades de encuentro. Es bueno que existan esos sitios; ayudan a fortalecer la salud cerebral y, obviamente, pasar buenos momentos en compañía de los semejantes.
Esta de ahora es una forma-excusa de recomendar un libro. “Casta luna electrónica”, de Angélica Gorodischer, configura un sitio donde la prosa ha generado siete inquietantes cuentos, y tiene que ver con un oportuno consejo que llegó a los frecuentadores de cafeterías. Ellos, de paso, se acercan a estanterías donde se puede decir que habitan y esperan múltiples seres de papel. Necesitan decir lo suyo. Ordenadamente y respetando turnos auto establecidos.
Al mismo tiempo y en forma paralela un mensaje de la informada Instagram da cuenta de la forma de prevenir esos accidentes del pensamiento (no hay que llamarlos por su nombre técnico, trae mala suerte); ellos desordenan las acciones y actos cotidianos.
Así lo sugiere a su modo “Casta luna electrónica” de Angélica Gorodischer. Ejerce y practica el hábito de comunicarse entre humanos, coincidiendo con un variado modo de practicar los contactos entre humanos, frecuentando libros, folletos y demás instrumentos de lectura.
Se trata de ejercer la libertad y hacer la propia película de acción.
Gorodischer hubiera querido -suponemos- haber vivido en Buenos Aires, pero la decisión de sus padres, aprovechando el escaso poder de la autora para poder elegir lugar de residencia, fue más fuerte: la llevaron a vivir a Rosario cuando ella tenía ocho años. Ejercieron el sólido derecho de transporte de los propios hijos a ciudades distintas de aquéllas en que han nacido.
Era 1928 cuando nació. Vivió hasta el cercano 2022 y desarrolló habilidad para la escritura, lo que queda demostrado en novelas como “Opus dos”, “Kalpa imperial”, “Floreros de alabastro”, “Alfombras de Bokhara”, “Prodigios”, “La noche del inocente”.
No se sabe si dejó mensajes para sus iguales -hablantes o de lectura- en Instagram o mediante Whatts App, pero seguramente ya había internalizado que es necesario para un óptimo funcionamiento del cerebro comunicarse con seres similares mediante largas conversaciones que hacen pensar antes de responder, o sugerir temas que obliguen a su vez a eventuales interlocutores a responder, generando así un amplio, positivo intercambio de ideas, palabras y sensaciones y ¿por qué no? también sentimientos).
Angélica Goroischer desestructura. Desde las oraciones hasta los textos de largo y complejo contenido que resulten de haber construido escritos.
La autora parte de un modo necesariamente cotidiano y actual en el modo de contar. Desarrolla siete cuentos (En verano a la siesta y con Martina, Abecedario del Rif, Bajo las jubeas en flor, Haber ganado el mundo entero, Las dos manos, Seis días con Max, A la luz de la casta luna electrónica).
A esos relatos les agrega algo que pocos autores incluyen. Decidida a mostrar variedad, incorpora a cada cuento la circunstancia precisa en que se formó cada uno y la autocrítica correspondiente. Todos los relatos cuentan con una saludadora introducción explicativa (“¡deliciosa!”) a cargo de la autora acerca de qué se propuso o qué efecto quería lograr.
Escribir es un acto libre que produce placer por el solo acto de concebirlo textos y dejarlos expresados. Cada plus (qué buena palabra), invita a desarrollar nuevas ideas a partir de las ya manifestadas. Se integra naturalmente en el caso de Gorodischer, y grafica la libertad. Se las siente amablemente en propio cuerpo: configuran veloces almas que buscan estacionamientos con salida libre a la calle texto, buscando un interlocutor de mirada atenta -de esos que recibe y devuelve completada- y cierra una figura geométrica circular, sin ángulos que cierren o minimicen expresiones…
…a todo esto, ¿cómo fue que llegamos a esta conclusión?
Es bueno pensar que representa el ideal de comunicación que nos rodea (por suerte es así) y nos hace expresivos (muchas veces espontáneos y sin el necesario límite), permitiendo que levantemos vuelo desde cómplices poros expresivos.
Recibamos con naturalidad estos cuentos y demás textos con que los autores, como Gorodischer, intentan crear y luego exhibir, triunfadores, una impecable y sonriente cuadratura de círculo.