Por REDACCIÓN
Por Hugo Borgna
La industria del cine, tan respetable como cualquier otra que se dedique a producir artículos en serie, encontró, en todos los tiempos, motivo y asunto que tratar y repetir en pantalla hasta que la recaudación disminuya peligrosamente. En todos los casos siempre se hallaron suplementos para un giro no previsto por los espectadores. Parecería que tanto amor y romance -tamizados con drama y tragedia muchas veces- no tienen cabida dentro de una sola película.
Es cierto que a las grandes realizaciones “bíblicas” no es posible realizarle secuelas sin que pierdan su grandeza, como con “Los diez mandamientos” o “Ben Hur”, quedando claro que en este último caso la “actualización” no le hizo favor a su original.
Concretamente, ahora, vamos a ejemplificar en dos títulos que hicieron época y se tomaron de la misma para seguir haciéndola.
De “Algo para recordar” (o “Sintonía de amor” para una actualización) la primera y legítima expresión se concretó en 1957 con actores que fueron en su momento dos monumentos al cine: Cary Grant y Débora Kerr. Dirigida por Leo Mac Gover, tuvo como fondo la tristeza y un accidente de calle. La historia fue el encuentro de un “don Juan” en un crucero. Allí nació y se hizo grande el romance, con un final que invitó a la reflexión.
Esa misma película tuvo su versión en 1993 (Sintonía de amor), con un clima y situaciones menos formales; como una inteligente y sensible continuación de la historia que dejó sonrisas, aunque se haya apoyado en una dolorosa situación. Tom Hanks y Meg Ryan, jovencitos, son los actores que hicieron una historia flexible ante la vida, con el necesario suspenso, pero también con ternura y respeto hacia las situaciones reales de vida que desarrolla. Hace partícipe al espectador de un muy deseado final feliz.
“Nace una estrella” tuvo cuatro versiones, debido, tal vez a que desarrolla hechos vividos en el campo sentimental, gestionando un desarrollo trágico (no en todas). En todos los casos conserva el título original. Fueron protagonistas de la primera (1937, dirigida por William Wellman) Janet Gaynor y Fredric March.
17 años después, la vivieron en ficción dos consagrados actores, dignos de tener un mosaico en el hall de la fama. Ellos hicieron una memorable realización, dirigidos por George Cukor, con espléndido lucimiento de una ya brillante Judy Garland. No tuvo esta versión la irrupción de la tragedia, aunque sí el drama de dos carreras artísticas, una en ascenso mientras la otra ve como decae inevitablemente del éxito.
Pasa el tiempo y también los enfoques sociales de las películas sobre la personalidad de los personajes. Ahora sufren mucho mientras la tragedia acecha. En 1976, mediante una escenas que en su momento calificaron como “de las más audaces que dio el género dramático”, “Nace una estrella” muestra al rockero Kris Kristoferson. Su personaje es un músico de rock al quien el público le reclama situaciones de peligro -que acepta siendo víctima de su propio comienzo de fracaso- ese personaje debe presenciar como asciende su brillante compañera (Una Barbra Streissand consagrada estrella aunque no a costa de su pareja de ficción) mientras Kris Kristoferson en personaje percibe que no le quedan motivos para desear seguir viviendo, resultando que la tragedia trepa hasta aprovecharse de la vida, y la emoción llega a su clímax cuando Barbra Streissand, en un teatro colmado, canta la canción favorita de su amado mientras centenas de pequeñas luces en las manos del público, dan un inolvidable marco a la emoción.
La versión de 2018 es la más reciente de “Nace una estrella”. Son sus actores Bradley Cooper y Lady Gaga, mediante una historia similar a la versión con Barbra Streissand. Música, drama, dolor son el esquema básico que esta película que preferimos sea vista, en virtud de una cercanía temporal y los componentes de la música, artistas que siguen brillando.
Nace una estrella es una historia poderosa, que no deja indiferentes a los espectadores.
Remite a “Candilejas” de Charles Chaplin, de 1952, que obtuviera premios de la Academia del Cine y consagró asimismo a una canción, también compuesta por Chaplin.
Sigue teniendo vigencia emotiva la historia del artista en su caída que ayuda a una joven que está empezando a surgir y no puede hacerlo sola: precisa de un apoyo decidido, sin sospechar que esa ayuda es el último motivo que justifica existencia de alguien que ha vivido para el arte.