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Sociales Martes 23 de Junio de 2026

Sensaciones y sentimientos : de los “Cuentos de la selva”

“No es nuestra inteligencia sino nuestro trabajo quien nos hacen tan fuertes. Yo usé una sola vez de mi inteligencia y fue para salvar mi vida…”

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Portada de la publicación. Crédito: Buscalibre

Por Hugo Borgna

Muchos de los que han llegado a estas páginas verticales se preguntarán de qué se trata esta versión (parecida pero no igual) de uno de los cuentos más tiernos concebidos por Horacio Quiroga, diferenciado de muchos otros más intensos de su carrera.

La idea es rescatar ese espíritu, sencillamente profundo, de muchas de sus páginas donde el drama y el dolor son protagonistas.

Ahora, a los hechos. Vamos con nuestra adaptación de “La abeja haragana”, de “Cuentos de la selva” a la medida también de los niños mayores.

. . .Nada es tan fácil y sin consecuencias. La abeja en cuestión era libre, feliz y quizás también alegre (si es que las abejas perciben la alegría), cuando están vinculadas por la fuerza de la tradición a una tarea que debería ser gratamente dulce, si nos atenemos al objeto de su tarea, importante y apreciado.

¡¡¡ PRODUCIR MIEL !!!

De acuerdo con que es tentador traficar con miel. En ese sentido la abeja era humana. Buscaba el producto dulce de las flores, pero no lo entregaba a la colmena.

Comía la sustancia sin el menor cargo de conciencia. Muchos escritores dirían de ello, para lucir una creativa y legista prosa, que había transportado el polen y tenía derecho a consumirlo” por haber hecho la parte mas sufrida de la tarea, cerrando su afirmación-alegato con un contundente “será justicia”.

Derecho más o derecho menos, el compromiso que tienen las abejas no incluye esa circunstancia pasajera. Las demás abejas consultaron a la reina, quien sostuvo el derecho de la comunidad por sobre el individual y lanzó un pretendido cierre con la afirmación “dura lex sed lex” y hasta la tradujo para que no hayas especulativas interpretaciones: la expresión latina quiere decir “la ley es dura pero es ley”.

La realidad y la fuerza de las costumbres (“así se hizo hasta ahora”) se impusieron. Así lo saben los que leyeron el último cuento del libro, que conocieron también la negativa del colmenar a aceptar otra vez la repetida promesa “mañana voy a dejar aquí el producto”. Le habían contestado con una sabia y dura respuesta: “no hay mañana para los que no trabajan”.

No le permitieron entrar. Cerraron la puerta de la colmena. Debió pasar la noche fuera del recinto familiar.

La suya fue literalmente una caída. Conoció la dureza de la tierra y el sinuoso recorrido de sus cuevas.

Y algo más: a una culebra. Se enfrentó a ella y la abeja debió luchar por su vida.

(Como el capítulo de su desigual encuentro merece muchas más páginas y exclusividad, se puede resumir un poco. No es cuestión tampoco de ser crueles deleitándonos con la angustia y el temor vital que padeció la inexperta abeja. Que, por otra parte, ya estaba bastante curada de espanto)

¿Cómo eludió ser comida por la culebra? Mediante su ingenio al mimetizarse con las hojas y otros recursos provistos por la naturaleza y tal vez porque la culebra solo jugó a asustarla con la amenaza.

Fue una noche horrible para la abeja. No pudo dormir por vigilar a la culebra, hasta que llegó el salvador y esperado día. La abejita lloró en silencio ante la puerta de la colmena.

Sus hermanas comprendieron que no fue por maldad su actitud. Le facilitaron su disculpa de querer conocer un aspecto nuevo del goce de la vida.

En adelante, ninguna como ella recogió tanto polen ni fabricó tanta miel. (Propiamente una santa, señora ¿vio? Decían sus atentas abejas vecinas)

Cuando llegó el otoño y terminaron los días de las abejas, alcanzó a dedicar una lección para las jóvenes que se iban integrando.

“No es nuestra inteligencia sino nuestro trabajo quien nos hacen tan fuertes. Yo usé una sola vez de mi inteligencia y fue para salvar mi vida. Necesitaba la noción del deber, que adquirí aquella noche. Trabajen, compañeras, pensando que el fin al que dedicamos los esfuerzos es muy superior a la fatiga de cada uno. Los hombres lo llaman ideal, y tienen razón”

. . .

Horacio Quiroga es uno de los pilares de la literatura argentina. Nació en el Salto uruguayo el último día de 1879. Vivió 58 años. Transcurrieron sus días en Argentina (Misiones) y en Buenos Aires. Escribió en verso “Los arrecifes de coral” en 1991. De su obra se destacan dos novelas “Historia de un amor turbio” y “Pasado amor”. Su especialización fue en el género del cuento, con los libros “Cuentos de amor, de locura y de muerte”, “Anaconda” “Los desterrados”, “El desierto”, “El más allá” y “Cuentos de la selva”.

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