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Sociales Martes 24 de Marzo de 2026

Sensaciones y sentimientos: el piano del Lasserre

Esa platea, a esa altura de la representación, había percibido desde que entró a la sala que habría que incluir una butaca más para la emoción.

Agrandar imagen Fachada de la institución del Bv. Lehmann.
Fachada de la institución del Bv. Lehmann. Crédito: Archivo

Por Hugo Borgna

En este escenario tocó el papá de Facundito.

En este mismo escenario y en este mismo piano, tocó el papá de Facundito, dijo Imanol Arias parala platea del Lasserre.

Esa platea, a esa altura de la representación, había percibido desde que entró a la sala que habría que incluir una butaca más para la emoción. El público la había sentido en el mismo momento en que entraba a la sala.

Imanol Arias, con respeto por la historia de Ariel Ramírez y la que estaba construyendo Facundo, después de una breve pausa entró de lleno a su recitado, “El crimen fue en Granada”.

Fue el momento en que se asumió que había que poner otra butaca más. Para Federico García Lorca, inspirador del contenido al que estaba dando voz y reclamo Imanol Arias, espacio con volumen de historia por donde se quisiera apreciar, todos alrededor de un piano con dóciles teclas acostumbradas a producir notas para que el aire amigo del Lasserre le diera la mano a un afecto de generaciones: las que vieron la necesidad de una sala propia, las que encararon la obra, las que literalmente trabajaron para ponerlo en funciones, las que cuando pasan por su frente miran ansiosamente los afiches para sorprenderse con las diversas propuestas a concretarse.

Manos y sueños juntos. El escenario del Lasserre se ensanchaba para que hacer lugar a realizaciones de diversos orígenes, ideal para músicos, bailarines, o actores.

En ese “juntos” estuvo también el papá en cuestión.

Ariel Ramírez nació en Santa Fe el 4 de septiembre de 1921. Pasó sus últimos días en Monte Grande, provincia de Buenos Aires, en febrero de 2010.

Su vida fue un largo y productivo encuentro con la música y la dirigencia. Difundió la cultura tradicional a través de la difusión del folclore desde 1955 hasta 1980. Igualmente, autor de temas de esencia histórica, estuvo al frente de SADAIC (Sociedad argentina de autores y compositores de música) por cinco períodos.

Se le reconoce como obra más representativa la generosa en notas “Misa Criolla” encarada, con amplio espectro creativo y variados estilos, con la voz de un grupo folclórico emblemático, como fue (y sigue siendo más en la memoria) Los Fronterizos, una realización en su conjunto que apela al valor espiritual desde lo más inspirado de la música y el canto, superando fronteras y modos de ejecución.

Parecería que todo lo que tocaba (literalmente hablando) se convertía en castillos de firme material y, también por eso, se producía la grata permanencia en las generaciones siguientes de habitantes de la música y sus sensibles creaciones.

“La tristecita” sigue siendo una composición redonda, por cualquier color que se la mida. Dentro de la simplicidad de su partitura inspiró a variados intérpretes, con o sin canto. Fascinados por su estructura, bella y previsible, ellos hicieron la realidad histórica para sensibles oídos.

Igual o mayor destino tuvo “Alfonsina y el mar”, de autoría conjunta con el poeta e historiador Félix Luna. Se ha convertido en un clásico irresistible para cantores e instrumentistas. Su belleza formal, con giros amables y apoyo en una tristeza inevitable, lo hace posible. Invita en lo inmediato a recorrer la historia de Alfonsina.

Ariel Ramírez tal vez presintió el recuerdo y clasicismo que ganarían sus composiciones y aspiró todo el aire contenido en la inspiración.

Lo percibió, como pocos artistas visitantes, Imanol Arias. Con un reclamo latente a la vida que no pudo tener García Lorca (“nuestro” para el sentir de la unión en lo humano que nos conecta a lo hispano).

Se podría decir, incluyendo a un padre y un hijo que acariciaron el mismo piano en un escenario que -pensamos-, podría algún día contar sus experiencias, cómplice en el nacimiento de arte, o como testigo clave de una historia que se escribiera todos los días.

Hay quienes dicen que cuando está la sala sola, es posible lograr que el escenario se abra sin otro motivador que la invocación “sésamo ábrete”.

Eso, y el milagro de que algunos de ellos, celosos de la verdad literaria, corrijan invitando a cambiar una palabra (solamente una) invitando entonces a la apertura mediante la referencia “telón”, en lugar de “sésamo”.

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