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Sociales Martes 1 de Abril de 2025

Sensaciones y sentimientos: Elda Massoni, poesía

A veces, entre expertos escritores se plantea la interesante cuestión de las características y la ortodoxia que deben marcar el límite (si no lo hay, sí la diferencia).

Agrandar imagen La poetisa atalivense, rafaelina por opción.
La poetisa atalivense, rafaelina por opción. Crédito: Facebook

Por Hugo Borgna

“La madera había estado durmiendo pacientemente. Soles, lluvia y vientos norte despiadados le dieron la dureza y el añejamiento justos. Cuando el carpintero reparó en ella era noviembre y los jazmines fragantes inundaban la vecindad. Las pesadas tablas fueron llevadas junto a la sierra, en los dominios del nivel, el martillo y los encastres. Virutas juguetonas surcaban el aire y descendían para armar una alfombra olorosa y mullida.”

“El hombre trabajó sin descanso. Cortó, cepilló, encoló y dio la forma deseada. Al día siguiente, cuando la mañana era tan minúscula como una semilla de sésamo, la cuna sin estrenar no podía contener su propia emoción, se mecía sola, quedamente, provocando un arrullo conmovedor. Mientras, el llanto del niño recién nacido ponía sonidos nuevos en el ambiente poblado de Jazmines”. (Jazmines fragantes, Elda Massoni, de “Susurros”)

A veces, entre expertos escritores se plantea la interesante cuestión de las características y la ortodoxia que deben marcar el límite (si no lo hay, sí la diferencia) entre la escritura propiamente dicha (la “prosa”) y la poesía (la colocación de versos que se apoyan unos sobre otros, configurando una sólida especie de torre).

Y no vale la pena encasillar las dos posibilidades, sin antes tener en cuenta la belleza que se ha conseguido: el texto que se puede ver más arriba, no tiene historia ni personajes concretos y, si, una especial manera de adjetivar: tiene poesía a pesar de no haber apilado concretos versos. Pero, mejor, veamos el texto que sigue.

“…alguna vez desnudamos los secretos – en los zanjones fangosos – delante de ásperos hombres – que aturdían su tedio de miradas circulares – Al desamparo de parvas – ardorosas de briznas volátiles – las revelaciones subían desafiando alturas, - trepaban a los silbidos de los siriríes – o a las patas desgarbadas de las bandurrias…” (Elda Massoni, de “Huidizos adolescentes”, en “Huellas en el llano”).

¡Ahora sí hay diferencia!, podrán decir los hombres sabios. Analistas puntillosos de técnicas, agregarán que se nota claramente la útil síntesis requerida por la poesía para diferenciarse de la prosa. En parte tienen razón: muchas veces en primera lectura se puede descubrir si el autor ha intentado hacer prosa al relatar situaciones tangibles, o, por el contrario, si ha apelado detalle de emoción para llegar al sentimiento cabal y profundo.

El autor tiene el derecho natural de jugar con el lenguaje “impropio” y, de esa manera, llegar al total sentir del destinatario (el lector, que también tiene la facultad de elegir y opinar los textos).

Antiguamente, se diferenciaba: si escribía una mujer, era “poetisa” y si lo hacía un hombre, poeta.

Pero el acto creativo apoya y libera la emoción: ahora los dos se definen con una palabra unificadora; los dos son poetas, sin comillas ni aclaraciones.

Elda Massoni fue todo en arte. Su dolor, humano y artístico, quedó guardado en sentidas poesías. Hay una que tal vez ésa sea de las últimas concebidas ¿Buscaría la trascendencia?

“Soledad – poco existe en torno… - desolación, abandono – y este cuerpo que pesa tanto – y ya tan poco sirve - Soledad – mojón en las tinieblas – que rompe almanaques – y relojes – Se pierde el rumbo – se acorta el paso – las puertas se cierran – y no se sabe si es el final” (Señales en la tierra y en el cielo”, 2002)

Vivió sesenta y tres años. Dicho así, plenos en letra y no en indiferentes números.

Se la recuerda. O se la presiente, si es que no se ha tenido contacto.

Las sensaciones que llegan sin avisar, habilitan el camino que no quiere ni puede borrarse.

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