Por Hugo Borgna
Existió. Aunque muchos puedan suponer que tanta calidad es superior a lo que pueda concebir un ser humano generosamente dotado. Y dejar alma, corazón y vida en cada ejecución nacida en un piano; por todo eso y por la nobleza de espíritu era un Príncipe.
Parece un juego de palabras, pero… ¿alguien puede no recordar el “Vals del Recuerdo”? Y más cuando la emoción se ha empoderado, alimentándose del espíritu que habitó un teclado y dio arte y luz a una generación, mediante la alargada sonrisa de teclas. Con, sobre todo, pasión.
El nombre de nacimiento de Príncipe Kalender tuvo casi tan alto vuelo como el artístico, posiblemente por la conciencia que tuvo de su brillo al piano. Marcello Giacomo Francesco Boasso nació el 16 de enero de 1902 en Turín.
(Si hubieran tenido noción de su futura trascendencia en el irrepetible acto de ingresar a la vida, sus padres habrían utilizado el lugar común de decirlo como “vio la luz”, pero nacer es un hecho indispensable para dedicarse a tocar piano y Kalender, como es obvio, tenía las manos libres, aptas para ejecutar y componer música. Eso sí: debió pasar por el trámite previo de llorar -como todo bebé- para que el mundo exterior se enterara de su naciente predisposición, más complejaque llorar un poco.)
Este príncipe del arte fue famoso en todo el mundo. Compuso aproximadamente 150 piezas para piano, fue considerado el mejor concertista de Sudamérica. Como otros grandes de la música, exhibió desde pequeño su capacidad, siendo llamado como “el pequeño Mozart”.
Es fácil suponerlo, sus padres también fueron artistas. Giorgio Boasso fue pintor. Su madre, Jacinta Masante, también cultivó el arte. Él, al igual que muchísimos habitantes del mundo, formó una familia. Fue con Amelia Ferrero en 1932, Donatello y Raúl se llaman sus hijos.
¿En qué momento incursionó en el mundo de la música?
A los cuatro años, después de obtener el Bachillerato Musical de Turín. Se diplomó, naturalmente, y a esos 16 años a agregó cinco en la “Sing Academie” de Berlín.
Su carrera y viajes por medio de la ejecución, al igual que su talento, fueron apreciados en los exigentes salones de Alemania y en ciudades como París y Londres.
Su carrera y virtudes lo trajeron a Argentina, donde en los años 1922 y 1923 dio 65 conciertos en Buenos Aires. Estuvo en La Habana en 1925. Un año después se presentó en los Estados Unidos y, según los registros, volvió a Europa, donde su vida dio el notable giro que modificaría sustancialmente sus hábitos.
En uno de esos nuevos conciertos, tomó contacto en Siracusa con personas condenadas a prisión perpetua, habiéndose hecho el propósito de nuevamente tocar para más personas de esa condición. No lo consiguió, y ese objetivo le acarreó la pérdida de muchos públicos europeos, especialmente los franceses, quienes criticaron severamente ese objetivo.
Vivió 60 años y, lo que no se habría esperado, pasó los últimos años de su vida en Argentina, estableciendo su residencia en la ciudad de El Palomar.
Hasta ahora no hemos descripto su estilo de ejecución ni los autores preferidos, datos que dicen mucho de esta personalidad viva y libre.
¿Hubo un éxito incondicional? ¿Hubo aceptación irrestricta?
El repertorio que eligió estuvo integrado en casi total proporción por temas de su autoría; principalmente valses. Lo hacía con impetuosidad y altura sonora de gran dimensión. En la ejecución de temas de otros autores, lo hacía con vivos modos, y tendencia a la majestuosidad, lo que dio motivo a la crítica por su “excesivo personalismo” en los temas clásicos. También es cierto que hubo una aceptación cuando algunos críticos notaron su preferente tendencia en períodos en que hacía predominar la dulzura de Chopin.
Queda por definir algunos detalles más de su repertorio.
Le fascinaban los valses, componía verdaderos poemas para piano.
“Baile de la corte en Versaille”, “Extasis”, “Serenidad”, “Preludio en do menor”, “Vals improptu”, “Cuento de amor”, “Moto Perpetuo”, “Vals para una noche de verano”
Quedan tres más, preferidas seguramente: “Vals triste”, “Vals brillante”, “Vals apasionado”
Y otro más, que resultó infaltable en los pianos de escuelas de música.
¿Alguien puede olvidar el “Vals del recuerdo”?