Por REDACCIÓN
Por Hugo Borgna
“La única diferencia entre una aventura y “un amor para toda la vida” consiste en que la aventura dura un poco más”
“La popularidad es la corona de todo arte mediocre”
“Los artistas antes de hacerse ellos mismos quieren hacerse un público”
“Si los hombres nos casáramos siempre con las mujeres que merecemos, todos estarían divorciados.”
(Alguna vez en un hipotético taller literario, un asistente, cuando se recomendó la lectura de “El fantasma de Canterville” para la sesión siguiente, con expresión reticente preguntó “¿No será aburrido?, dando pie a una explicación clara, indubitable, acerca de lo que es y constituye un clásico en la literatura. Se trata de esos textos producidos por autores encasillados como “clásicos” que, leídos en cualquier circunstancia y tiempo, logran conmover al lector ocasional que no fue motivado con información previa. Los “clásicos” nunca van a aburrir: múltiples generaciones los han aceptado y admirado. Su valor, para decirlo en un término seguro, es la perennidad: comprenden como pocos la naturaleza humana. Oscar Wilde es un autor clásico y su obra se recomienda con su sola mención.)
“Los hombres olvidan. Las mujeres perdonan”
“Un caballero inglés es tan respetuoso que no tutea a nadie. Ni a sí mismo”
“El humor yanqui es el que hace el turista”
“La juventud no es una edad, es un arte”
“Ahora me porto bien. Sólo para variar”
“La felicidad conyugal depende de que la mujer pierda su belleza al mismo tiempo que el marido pierda su ingenio”
“La gente es tan superficial que no comprende la filosofía que hay en la superficialidad”
“Ser grande quiere decir no ser entendido”
“Lo único bueno de las reuniones políticas es que nunca se habla de política”
“La peor actitud ante los gobiernos es tomarlos en serio”
“La vida es un mal rato compuesto de exquisitos momentos”
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Oscar Wilde (Oscar Fingal O´Flagertie Wills Wilde) nació en Dublin el 16 de octubre de 1854 y vivió hasta el 30 de noviembre de 1900 en París. Cerró un siglo y conoció las puertas de otro, como anticipando su sonora trascendencia. Por temperamento y formación fue un irlandés típico, tan ácido como pudo contra la frivolidad de los Estados Unidos y la hipocresía británica. Las paradojas (así las define con su seguridad innata Borges) son el cuerpo del libro “Mínimas”, tomadas del resto de su obra.