Por Redacción
LA CAZA Y LA BRAMA
Los ciervos machos viven en manadas aislados, a veces a cientos de kilómetros, del lugar donde viven las hembras con sus crías. Cuando llega la época del celo los machos “bajan” al lugar donde están las hembras buscando formar su propio harén para aparearse. Aquí los machos se encuentran muy agresivos peleando contra cualquier cosa que se le interponga, árboles, troncos, o los ciervos rivales. Defiende, a veces hasta la muerte, su harén de ciervas espantando a los ciervos más jóvenes que constantemente intentan robarle alguna hembra. Este es el momento en que los cazadores buscan su presa. Es la única época del año, casi cuarenta días en que se encuentra habilitada la caza del ciervo. El animal brama durante la noche y este bramido es el que persigue el cazador hasta dar con la pieza. Generalmente la jornada de caza comienza muy temprano, una hora antes de que salga el sol. El cazador camina por el monte escuchando los bramidos, tratando de no hacer ninguna clase de ruidos. Los ciervos, aunque trastornados por la lucha con sus pares, están muy atentos con un oído potente capaz de escuchar el menor ruido a cientos de metros. Por eso el cazador debe caminar un tramo, parar, escuchar, observar, luego retomar la marcha, muy lento, sigiloso buscando al rey del bosque. Si tiene suerte de poder acercarse sin ser detectado por el animal, en el monte realizará un tiro corto, cuarenta o cincuenta metros. Salvo que lo encuentre en una picada donde el disparo puede ser a más de cien metros. En cambio, cazando en la cordillera los tiros suelen ser más largos, a veces de doscientos o trescientos metros, exigiendo en este caso calibres con una trayectoria más tensa. Y si los dioses de la caza fueron generosos el cazador tendrá su pieza. Luego viene el rito de la caza, la última brizna de hierba en la boca del ciervo muerto y la ramita manchada de sangre para el cazador, por fin el abrazo con el cazador amigo, el brindis en medio del bosque y la fotografía que inmortalizará el momento.
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