Por Guillermo Briggiler
La economía argentina parece atravesar su propia cuaresma. Un tiempo de ajuste, de moderación, de espera. Un período donde el esfuerzo es visible, pero los frutos todavía no llegan con claridad. Como en la tradición cristiana que culmina en la Pascua, el presente exige sacrificio con la esperanza de una futura resurrección. La pregunta, claro, es cuánto más puede sostenerse esa espera en el bolsillo de los argentinos.
Si uno mira los números, el diagnóstico es tan sobrio como el espíritu cuaresmal: el poder adquisitivo no se desploma, pero tampoco se recupera. Los salarios vienen corriendo apenas por detrás de la inflación. Ya no hay una caída abrupta como en otros momentos recientes, pero el alivio no alcanza a convertirse en mejora concreta. Es una economía que dejó de caer, pero todavía no logra levantarse.
El problema, como tantas veces en Argentina, no está solo en el presente, sino en la acumulación de los últimos años. Desde 2017 hasta hoy, el salario real perdió una porción significativa de su capacidad de compra. Esa pérdida estructural es la que hace que, aun cuando la inflación desacelera, la sensación social siga siendo de resignación más que de alivio.
Y esa resignación se vuelve evidente cuando se baja la discusión a lo cotidiano. Tomemos, por ejemplo, un símbolo nacional: la carne. Históricamente, el salario argentino se midió, si quisieran casi intuitivamente, en kilos de asado. Hoy, esa referencia muestra el ajuste con crudeza. Donde antes un ingreso medio podía cubrir entre 80 y 100 kilos mensuales en muchos hogares, hoy esa cifra se redujo de manera marcada, en muchos casos a la mitad o menos. En tiempos de cuaresma, la abstinencia simbólica de la carne, pasaría a ser más sencillo pasar al pescado si este no hubiera subido de precio también.
El alquiler cuenta una historia similar. En ciudades como Rafaela, el acceso a la vivienda tensiona cada vez más el ingreso. Lo que alguna vez representó un 25% o 30% del salario, hoy puede superar el 40% o incluso el 50%. El resultado es claro: el margen de decisión del hogar se achica, y el consumo queda subordinado a sobrevivir.
Sin embargo, no todo el mapa económico está atravesado por la misma lógica de sacrificio. Hay sectores que, en este contexto, empiezan a mostrar señales de recuperación real, casi como anticipos de esa “pascua económica” que muchos esperan.
La energía y la minería, impulsadas por exportaciones y nuevas inversiones, muestran ingresos que en varios casos le ganan a la inflación. La economía del conocimiento —software, servicios profesionales, tecnología— se beneficia de ingresos más vinculados al dólar o con mayor capacidad de ajuste. También el agro, tras superar adversidades climáticas, comienza a recomponer márgenes y dinamizar su cadena.
Del otro lado, persisten los sectores que siguen en pleno ayuno económico: el sector público, con salarios rezagados; el comercio y los servicios tradicionales, atados a un consumo interno débil; y, sobre todo, el trabajo informal, que enfrenta la inflación sin herramientas de defensa. También algunos sectores industriales, con empresas en crisis.
Así, la Argentina actual se parece a una procesión desigual: algunos avanzan más rápido, otros apenas resisten el paso.
La clave del momento es tan simple como determinante. La inflación baja más rápido que la capacidad de recomponer salarios. Y eso genera una paradoja difícil de digerir. Desde lo técnico, hay orden. Desde lo cotidiano, hay espera.
Como en toda cuaresma, el sentido del sacrificio está en lo que viene después. Pero en economía -a diferencia de la fe-, la resurrección no está garantizada: depende de que los salarios le ganen de manera sostenida a la inflación, de que el crecimiento se traduzca en ingresos y de que el alivio macroeconómico llegue, finalmente, al plato y al alquiler.
Mientras tanto, el bolsillo argentino sigue en vigilia. Y la recuperación, como la Pascua, todavía se espera, con la convicción que habrá fiesta al final. Felices Pascuas de Resurrección.
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