Por Guillermo Briggiler
La economía argentina se parece bastante a San Valentín. Llega todos los años cargada de expectativas, declaraciones de amor y promesas de futuro. Se habla de estabilidad, crecimiento y confianza como si esta vez todo fuera distinto. Sin embargo, cuando llega el momento de pagar la cuenta, la realidad suele arruinar el clima: inflación persistente, costos que suben y un horizonte que vuelve a volverse borroso.
Como en las relaciones intensas, Argentina oscila entre el entusiasmo y la desilusión. Un dato positivo, un acuerdo comercial o una baja circunstancial del dólar alcanzan para reavivar la ilusión. Pero el recuerdo de las crisis pasadas nunca se va del todo. La confianza, tanto en el amor como en la economía, no se construye con gestos aislados sino con conductas repetidas en el tiempo, y ese ha sido históricamente nuestro talón de Aquiles.
El ahorro y la inversión funcionan igual que una relación estable, ya que requieren paciencia, previsibilidad y reglas claras. En Argentina solemos enamorarnos rápido de un nuevo plan económico, pero nos cansamos igual de rápido cuando aparecen las primeras dificultades. Cambiamos de esquema —tipo de cambio fijo, flotante, cepo, descepo— con la esperanza de que el problema es nuestra pareja y no nuestros propios hábitos.
La inflación, en este paralelismo, cumple el rol del tercero en discordia. Siempre está presente, recordando errores pasados y erosionando cualquier promesa de futuro. Cuesta pensar a largo plazo cuando el precio del regalo cambia entre que se lo elige y se lo paga. Y sin horizonte, ni el amor ni la economía prosperan.
En Rafaela, esta comparación se vive con particular nitidez. Ciudad productiva, de trabajo y esfuerzo cotidiano, acá el romanticismo económico dura poco. Las pymes, la industria y el comercio local aprendieron a no enamorarse de anuncios ni de slogans, sino de números concretos que incluyen costos, impuestos, tasas, ventas y financiamiento. Rafaela quiere crecer, exportar e invertir, pero necesita algo más que palabras lindas: previsibilidad para animarse a compromisos de largo plazo.
El costado más filoso de esta historia es político. La dirigencia argentina suele comportarse como en una relación conflictiva, pues promete cambios profundos, pero reincide en viejas conductas. Cada gobierno asegura que ahora sí aprendimos, que el problema fue el anterior y que el futuro está a la vuelta de la esquina. Mientras tanto, la sociedad —como en tantas rupturas— termina pagando el costo emocional y económico. Mucho relato, poca constancia; mucha épica, poco cuidado del día a día.
Y sin embargo, como ocurre cada 14 de febrero, Argentina vuelve a intentarlo. Ajusta expectativas, baja el tono de las promesas y se convence de que esta vez puede funcionar. Compra flores más baratas, compara precios, estira el presupuesto y apuesta a que el amor —y la macroeconomía— todavía tienen arreglo. Porque en este país, incluso cuando el bolsillo está flaco, la esperanza siempre sobrevive… aunque sea financiada en cuotas.
Al igual que en la economía, el amor no es mágico, se construye día a día, con gestos con actitudes, compresión y perdón. La economía, al igual que la vida, si se vive sin amor, solo se la sobrevive.
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