Por REDACCIÓN
Por Hugo Borgna
Hay un suelo casi tan español entre los de aquí: el teatro Avenida, de la antigua, histórica, Avenidade Mayo. Aquí hicieron pie en terreno familiar los hispanos que mostraban su arte y modo alegre - aunque algunas veces trágico- de cantares de su tierra, unidos a la nuestra por el utilitario mar.
El intercambio de voces y bailes fue generoso, abundante de nombres y de historia; Lolita Torres cantó desde aquí a España “como nadie le cantó” en un escenario compartido, a un “cielo andaluz, el de las luces de Mayo”; Pedrito Rico vino a cantar y dedicó poesía lorquiana a un toro enamorado de la luna, hasta que surgió uno de los más emblemáticos motivos que unieron a argentinos hispanizados y a españoles enamorados del asado.
Llegó “Las cosas del querer”, mostrando con abundancia sentidos cantos transoceánicos con emblemáticas canciones que emocionaron, con fuerte acento por igual, a sentimentales de los dos lados del agua (“Te lo juro yo”, “La bien pagá”). Principalmente hubo una que aludió a un personaje, que bien pudo tener su cuna de personalidad en cualquier extremo del mar.
“Con un clavel grana sangrando en la boca – con una varita de mimbre en la mano – por una verea que llega hasta el río – iba Antonio Vargas Heredia el gitano – Entre los naranjos la luna lunita – ponía en su frente la luz de azahar – y cuando apuntaron las claras del día – llevaba reflejos del verde olivar”.
Dos fueron las películas. Uno el homenajeado.
Parte de la vida y todas las vicisitudes del recordado Miguel de Molina se mostraron con amplitud y generosidad en las dos historias (una en España y la otra en Buenos Aires), a partir de los hechos que motivaron su exilio “voluntario” en Argentina.
Las películas en cuestión fueron “Las cosas del querer” (primera parte) y la similar que se completa con “segunda parte”. En las dos se lucen en el canto Angela Molina y Manuel Bandera, quien personificó a Miguel de Molina en las dos orillas.
De la banda original de sonido se repiten algunos temas como, por supuesto, “Las cosas del querer” y una que abre las puertas a un personaje de características parecidas aunque no decisivo para redondear la historia. En las dos películas lo canta Manuel Bandera
“Antonio Vargas Heredia – flor de la raza calé – cayó el mimbre de tu mano – y de tu boca el clavel – de puente Geni a Lucena – de Loja a Benamejí – las mocitas de Sierra Morena – se mueren de pena – llorando por ti”.
En este punto nos ocurre a los nativos del Río de la Plata una asociación de personajes. Notamos una aproximación de dos que podríamos definir, aunque con las reservas del caso, como “guapos”: son orgullosos y marcan decidida presencia. Precisamente se los define en versos para canto, autores y víctimas de un destino trágico, y forzado recuerdo de personalidades con las que han convivido. Hasta es posible proponer a este gitano, según esa asociación de caracteres, valor como guapo similar a los que define y describe Borges.
El previsible destino paralelo al de los hombres comunes, está señalando una coloratura especial, algo que hace surgir lo inevitable de temperamentos que no desean limitar las consecuencias.
“Era Antonio Vargas Heredia el gitano – el más arrogante y el mejor plantao – y por los contornos de Sierra Morena – no hubo más bueno, más guapo y honrao – Pero por culpita de una hembra gitana – su faca en el pecho de un hombre se hundió – los celos malditos nublaron sus ojos – y preso en la trena de rabia lloró. Antonio Vargas Heredia - las mocitas de Sierra Morena se mueren de pena llorando por ti”