Por Edgardo Peretti
Sabina merece ser argentino. Solo alguien con su fina sensibilidad para explorar conurbanos de la conciencia y el sentir nacional podía escribir algo tan bello.
“Relato que entrelaza la pasión por el fútbol y las complejidades del amor y la vida”, dicen los académicos que – una vez más- demuestran que no saben un comino, ni de lo uno ni de lo otro. O de ambos.
Pululan los medios con un Mundial mediocre en las canchas, repleto de empleados de clubes europeos que se juntan en la post temporada para tomar una cerveza y, de paso, ganar buenos mangos, mientras algunos pocos la juntan con la pala, incluso los amigos mexicanos y canadienses que miran para otro lado mientras el imperio despliega un festival de racismo, discriminación y cipayismo nunca visto. Y no solo en los gestos, sino en la adaptación de reglas que tienen más que ver con el fútbol americano que con el que inventaron los ingleses.
Todo en nombre de la moneda sacrílega que logra sus objetivos apelando a un nacionalismo tan fraudulento como la cabellera de varios conocidos en estos pagos.
Por supuesto, los players (SIC) nacionales no dejan pasar la oportunidad, DT incluido, de sumar verdes, euros, patacones, lecop y australes a sus arcas con publicidades que tienen más olor a lavadero que a otra cosa. Allá ellos y sus conciencias, perdón, contadores.
El caso es que hasta el Diego es parte del show. Sus herederos no dejaron pasar la oportunidad y, IA mediante, le pusieron voz a promocionar la adicción del juego; virtual, eso sí.
En su ignota tumba del conurbano profundo sus restos no deben descansar en paz; él, que se sacó fotos con Fidel y desafió al Imperio, convirtiéndose en símbolo, remera y bandera de los desposeídos, ahora es un vasallo más. No lo merece. Dejen que descanse en el pueblo que lo ama; junten sus monedas y permitan que sus sueños sigan intactos, al igual que sus convicciones.
Sin tanto ruido mediático, apenas con un murmullo leve de redes, otra memoria entregó sus valores y dignidades, aunque ella no lo sabe. El grupo que editaba a la querida Mafalda quebró. La penosa realidad económica y la voluntad de los herederos de Quino (Salvador Lavado, padre de toda la troupe) vendieron los derechos a una multinacional que – dicen- no es otra cosa que un tentáculo más de los parientes de Donald (el pato) y sus amigotes.
Dieguitos y Mafaldas. Que llamen a Sabina para que relate este suceso que juega con la memoria y los sentimientos de varias generaciones de argentinos.
“La herencia no se mancha” deben decir algunos mientras cuentan verdes en paraísos lejanos. En tanto, sentada en el banco del barrio donde nació y se crió, la niña Mafalda espera que lleguen sus amigos Felipe, Susanita y Manolito, quizás rogando que el “palito de abollar ideologías” no les robe la ilusión.
Quino y su talento no merecían esto. Mafalda y su mensaje, tampoco.