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Notas de Opinión Sábado 18 de Julio de 2026

Corazón partido

Reflexiones antes de la final. Si algo distingue al pueblo argentino además del asado, los domingos en familia y los mates con amigos, son las cábalas y las promesas mundialistas.

Agrandar imagen La pasión de los argentinos por el fútbol, por la Selección, no tiene punto de comparación en el mundo.
La pasión de los argentinos por el fútbol, por la Selección, no tiene punto de comparación en el mundo. Crédito: REDES

Por Marcos Delfabro

Soy de los que ven fútbol solo cada cuatro años. Lo reconozco. Soy de los que soportan las colas para comprar figuritas alegrando a nuestros hijos y a nosotros mismos con la esperanza de encontrarnos a Lionel al menos en un sobrecito. Soy de los que desorientan al algoritmo de redes buscando en Instagram noticias sobre Tim Payne, los memes del remo vikingo, y el PBI de Cabo Verde.

Soy de los que de la noche a la mañana empiezan a “youtubear” análisis de fútbol español en el Chiringuito (previamente buscando saber qué es el “Chiringuito”); también desglosar reacciones de soccer en la ABC yanqui; y hasta arma carpeta en Spotify con todas las versiones de cumbia sobre la Selección, Mirtha y la Cabra. Sí, soy de los que miran solo el Mundial de fútbol (aunque mis genes irrenunciablemente son gallinas) y aun así voy a escribir sobre cómo y por qué la pelota puede atravesar mucho más que un arco.

Focalicemos. Mucho se alimentó desde los medios y streamers sobre las virtudes y temeridades de nuestra Selección y los desafíos de enfrentar llaves “beneficiosas” con un equipo que, aunque aguerrido y experimentado, no terminaba de despegar, con el magnánimo líder cuarentón, más varias piernas cansadas sin un recambio vigoroso de grandes talentos por jóvenes con nuevos bríos.

Hagamos una reflexión sobre lo que nuestros aparatos de televisión ven de nosotros fijando nuestra emoción sobre sus vidrios.

Y lo cierto es que aquí vale la trillada, pero realista definición que ya bien podría formar parte de algún verso de nuestro himno: “El gran pueblo argentino tiene huevos”. Y así fue como de menos a más, el selecto grupo de dotados hicieron de su dominio del balón pie (blasfemo término en días tan especiales) una marca de agua en cada partido hasta llevarnos a la gran final para lograr el ansiado bicampeonato.

Hasta acá una pincelada casi sin pintura de lo conocido sobre lo sucedido dentro de las pantallas de muchos hogares y en algunos envidiables casos, desde las graderías de espléndidos estadios. Pero hagamos una reflexión sobre lo que nuestros aparatos de televisión ven de nosotros fijando nuestra emoción sobre sus vidrios.

Y para ir directamente al hueso pasaré rápidamente por adjetivos propios de tarjetas navideñas: unión, familia, comida, banderas, emoción, alegría, festejo, risas y abrazos. Todos sabemos que eso está siempre cada cuatro años y cada vez que nos reunimos para mirar el Mundial. Pero de lo otro… de lo otro se habló especialmente este invierno: el sufrimiento como camino de salvación. Vaya expresión cuasi religiosa que lejos de intentar ser una blasfema comparación es en realidad una precisa, clara y contundente definición de lo vivido en casi todos los días en que nos pusimos frente a televisores y celulares mirando las verdes campiñas regadas cada veinte minutos con más hidratación de sus transeúntes jugadores que los litros de agua tragados por neófitos nadadores en el mar (sobre el marketing en los Mundiales escribiremos en otra ocasión).

Como sea. El sufrimiento fue, es y esperemos no sea este domingo el camino de salvación… Y pensándolo bien, si frente a España también debemos sufrir, nos bancamos un infarto más (creo). Y no es una exageración, ya el Dr. Daniel López Rosetti dio consejos sobre cómo evitar taquicardias al mirar el Mundial, y hasta hubo videos de fanáticos que no le hicieron caso y se desmayaron gritando un gol. Y es que el corazón tiene dos ventrículos, pero no los que los libros de medicina creen saber. Uno es físico y funcional, el que se irriga y bombea para que todo marche bien. El otro es el que lo alimenta de sentido. Porque ¿qué es sino el sentimiento de amar, desear, ansiar felicidad y hasta llorar de emoción el justificativo real para que el corazón lata, para que el cuerpo se mueva, abrace, bese, para que la vida tenga sentido? “¡La puta que vale la pena estar vivo!” gritaba Héctor Alterio en la película Caballos Salvajes, y vaya si tenía razón. Y vaya si pudiésemos adecuar esta cita magistralmente este domingo: “¡La puta que vale la pena ganar este Mundial para estar aún más vivo!”.

Gente blasfemando a una superficie plana de vidrio que recibe golpes de adolescentes, zapatillazos de padres y hasta “tijeretazos” de abuelas para cortar tiros libres disparados por los adversarios. Desesperación, ira, rabia desenfrenada, bañando con palabras escondidas en nuestro léxico profundo a jugadores contrarios. Brujería, muñecos pinchados y memes de cubitos de hielo… muchísimo freezer repleto de fotos de arqueros de Argelia, Austria, Jordania, Egipto, Suiza y hasta con el inspirado Vozinha inmutable con sus ojos abiertos entre carnes y panes congelados para detenerlos en sus arcos y así que no pudieran resistir nuestros goles.

Pero (siempre hay un “pero”) si todo esto no fuera suficiente para amainar los impactos cardíacos, aparece el control kármico que nos indica que no hay que desear el mal para que no vuelva. Así que las tijeras de la nona se trocan por palo santo bañando a nuestros jugadores en pantalla; guías espirituales practicando reiki y blandiendo el péndulo a los guantes del Dibu durante el Himno; rosarios colgados entre banderas argentinas; imágenes de vírgenes mirando la televisión; estampitas de todos los santos pegadas al marcador; curas con camisetas debajo de la sotana; cadenas de oración por las piernas de Messi en los grupos religiosos de WhatsApp; perros vestidos con ponchos del Gauchito Gil albiceleste; y las inmaculadas, las extraordinarias, las inigualables CÁBALAS y PROMESAS.

Porque si algo distingue al pueblo argentino además del asado, los domingos en familia y los mates con amigos, son las cábalas y las promesas mundialistas. Por un lado, el muestrario de cábalas se hace infinito y todas con un único propósito: mantener el statu quo si el equipo gana, como fotografía de carnet con sonrisa congelada.

La regla de oro es no cambiar nada si se logra el gol o la victoria. Gente retenida en el baño bajo la ducha, o afuera congelándose, o sentados en el mismo lugar y abrazando el mismo almohadón y con el mismo calzoncillo por semanas. Amigos leyendo la Biblia de corrido, o con los ojos cerrados todo el partido, o comiendo los mismos bizcochitos como único almuerzo (partidos de las 14), merienda (partido de las 16), o cena (partido de las 22)… solo bizcochitos. Todo hasta terminado el partido. Todo siete veces (hasta ahora) y hasta terminar el Mundial.

Y las promesas son el agradecimiento por obtener lo ambicionado y para empujar al destino y los Dioses a hacer un esfuercito más, para que con nuestra acción se puede brindar un favor a nuestros muchachos con botines. Porque si se gana se debe agradecer y si se pide, también. Obviamente debe hacerse con algo que duela, que sea un sacrificio. Es sabido que ante un momento de desesperación hay quienes prometieron y cumplieron tatuarse frases y personalidades extra futbolísticas (como a Morena Rial); una agnóstica que fue a la primera misa dominical; otro joven que adelantó su peregrinar a Luján en soledad; o un señor blandir una bandera durante una hora todos los sábados en una misma plaza hasta el próximo mundial; o la especial promesa (plausible en Qatar 2022 pero sacrificada en 2026): tirarse vestido a la pileta (yo estoy en este último selecto grupo y aún sin pulmonía todos los partidos desde octavos de final).

Este año los argentinos, más que en ningún otro equipo o país (excepto Bangladesh y otros pueblos amigos de la albiceleste), pudimos demostrar y demostrarnos, entre gritos, lágrimas, nervios, ansiedades, cábalas y promesas que pese a todo y por todo tenemos un corazón que no solo se moviliza por efecto biológico, sino por la PASIÓN EN EL EXISTIR.

La verdadera naturaleza como comunidad reside en la emoción de sentirnos parte de algo común que arraigadamente nos une. Sea en un lienzo blanco desbordante de verdad blandido en la cara de piratas, o con magistrales bailes de salón de enamoradas piernas del número uno y su barriada de amigos con un balón como partitura enrostrando más que historia. El Fútbol es el motor, el Mundial el pretexto, la Selección el espejo.

Todos frente a nosotros y dentro de nosotros. Un mismo corazón que nos moviliza no solo desde la biología con emociones temerarias que arriesgan nuestra propia existencia cardíaca, sino desde un sentimiento que se hace grito y llanto a la vez, felicidad y tristeza y felicidad de nuevo… todo en un puñado de segundos de amor fraternal sin importar grietas.

Todos embanderados con los colores más lindos, más puros y nobles de nuestro cielo que nos baña cada mañana. Todos embebidos de lágrimas de 22 valientes que honran nuestro latir y a quienes debemos honrar con nuestra sangre fluyendo por venas alimentadas por su pasión, haciendo de cada partido un corazón partido del cual brota el orgullo, el honor, el premio, la virtud de sentirnos, de sabernos, de gritarnos a los cuatro vientos: Somos argentinos. ¡Y puta que vale la pena vivirlo!

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