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Sociales Martes 25 de Agosto de 2026

Sensaciones y sentimientos: Fangal. Lunfardo bien integrado

Se sabe que al lunfardo aportaron idiomas que llegaron aquí, palabras dichas por hablantes de buen y de regular -o nada de eso- vivir.

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Enrique Santos Discépolo Crédito: Radio Cultura

Por Hugo Borgna

No es necesario consultar el diccionario (Nuevo…) lunfardo de José Gobello -edición 2011- para tener la seguridad “científica” de que se está hablando del mismo documento, apoyado en sabihondas historias, donde todo toma otro calor (y color) si se la cuenta bajo un discreto y prudente farol.

Se sabe que al lunfardo aportaron idiomas que llegaron aquí, palabras dichas por hablantes de buen y de regular -o nada de eso- vivir. También por los que cantaron (¡y cómo!) las historias.

Hubo especialistas que supieron combinar vocablos que enriquecieron vidas, como lo hizo Enrique (Santos Discépolo), que compuso una admirable pieza que llamó “Fangal”, en un admirable contexto que cubrió con armonía el lenguaje reo y la expresión correcta digna del buen castellano y, todo, con la picaresca digna del más puro español.

Fue en el 1954 lleno de asentadas orquestas, cantores en su esplendor expresivo y directores de orquesta que serían, en algunos años más, expresiones básicas del tango.

“Fangal” fue la obra póstuma de Enrique Santos Discépolo, quien murió en diciembre de 1951, quedando incompleta la letra la que fue terminada por Homero Expósito, el que recibió el envoltorio musical del otro Expósito: Virgilio.

¿Qué pasó con el resto de la obra inconclusa de Discépolo?

Ocurrido el fallecimiento, Tania, su mujer, entregó las poesías incompletas a poetas que ella valoraba para que las terminen artísticamente.

Por eso la poesía “Fangal” había quedado sin cerrar, habitada por el mismo tenor dramático del resto de sus tangos. Uno de ellos, de los últimos compuestos es “Infamia” de igual sello crítico que el desesperanzado “Uno”. Dice Infamia: “La gente que es brutal cuando se ensaña, la gente que es feroz cuando hace un mal”…)

Como homenaje del preciso valor de la obra sin completar, recibió la grabación dramática de un grande como Edmundo Rivero, (un barítono, casi bajo) que no fuera reconocido en su momento, ya que entonces las empresas grabadoras rechazaban a cantores que no dieran el registro de tenor, el caso es que “Fangal”, completada por los Expósito, quedó registrada de este modo: letra de Enrique Santos Discépolo y Homero Expósito, y música de Virgilio Expósito.

La historia es rotundamente cruda, con imágenes que necesitan más de mil palabras para pintar bien el fondo de las realidades que encuadran la vida diaria: no por quieta menos sonora.

Cuando el habitante de Buenos Aires asimiló dentro del nuevo vocabulario palabras como “jailaife”, como nuevo sinónimo de “muy elegante” o traducido como “alta vida”, o como cuando debió aprender que una cosa es “sacar” como “apoderarse de” y otra “shacar” (que para el nuevo listado de lunfardo, implicaba quitar algo a alguien utilizando la artificiosidad del engaño), o cuando aprende que una “mechera” de profesión es una ladrona ocasional de poco monto (y no la que enciende faroles domésticos).

En esos casos, ha sido asimilada la base del lunfardo y se usa con placer, dándole también precisión idiomática.

Ese idioma casero y compinche ganó la partida, es parte indispensable de su vocabulario. Ahora chamuya como la gente. Siente que percibe cabalmente la letra de “Fangal”, junto al dolor implícito de Discépolo.

.“Yo la vi que se venía en falsa escuadra – se ladeaba se ladeaba por el borde del fangal – pobre mina que nació en un conventillo con el piso de ladrillo, el aljibe y el parral – Si alguien tiró la banana – yo, que era un gil, la empujé – y justito cuando vi que se venía – ya decúbito dorsal, me la agarré.

Fui un gil - porque creí que allí inventé el amor – fui un gil – que alzó un tomate y lo creyó una flor – Y sigo gil porque presumo que salvé el honor – ya que ella fue – la que a trompadas me rompió las penas.

Ya ves, volví a la mugre de vivir tirao – caray, si al menos me engrupiera – de que la he salvao.

Eso dijo el cusifai mientras la mina – retozaba, retozaba, ya perdida en el fangal – y el entonces se tomaba una ginebra desastrosa – entre curdas y malandras en la mesa de aquel bar.

Si alguien tiró la banana – él, que era un gil, la empujó - y justito cuando vio que se venía – ya decúbito dorsal, se le prendió”.

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