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Región Sábado 26 de Septiembre de 2026

La recaudación de la fe

Si quienes dicen representar a Dios cobran el diezmo en la Tierra, ¿cuánto de ese diezmo llega al paraíso?

Agrandar imagen Quizá la pregunta no sea cuánto dinero tienen las iglesias. Quizá sea cuánto reconocería Jesús de sí mismo en ellas.
Quizá la pregunta no sea cuánto dinero tienen las iglesias. Quizá sea cuánto reconocería Jesús de sí mismo en ellas. Crédito: Marcelo Rico

Por Marcelo Rico

El hombre antes de la institución

Antes del oro, del mármol, de los bancos, de los balances y de los edificios capaces de albergar miles de personas, hubo un hombre caminando por caminos de tierra. Jesús no necesitó una oficina de administración. Predicó en casas, montes, caminos y orillas. Comió con quienes lo recibieron, se acercó a enfermos, pobres, excluidos y pecadores, y habló de un reino que no parecía necesitar escritura, hipoteca ni tesorero.

Conviene empezar por ahí, por la carne. No por el Cristo convertido después en icono, dogma o emblema institucional, sino por el hombre itinerante que se movía entre gente común. La tradición evangélica lo muestra rodeado de pescadores, mujeres, enfermos, campesinos y marginados. Y deja una idea incómoda para cualquier monopolio posterior de la fe: sus seguidores no debían limitarse a contemplarlo; debían continuar su obra.

Dos mil años más tarde, una parte importante del cristianismo se expresa mediante organizaciones complejas: templos, jerarquías, propiedades, universidades, medios, inversiones, sistemas de recaudación y aparatos administrativos. Nada de eso prueba, por sí mismo, corrupción. Una comunidad necesita recursos para sostenerse. La pregunta empieza en otro lado: ¿en qué momento sostener una comunidad se transforma en sostener una estructura que termina siendo más poderosa que muchos de sus fieles?

El intermediario

La religión organizada introduce una figura decisiva: el intermediario. Alguien interpreta, autoriza, bendice, condena, administra símbolos y, en ocasiones, administra también dinero. El problema no es que exista esa función. El problema aparece cuando la misma estructura que define la obligación moral recibe la contribución económica y, al mismo tiempo, invoca una autoridad trascendente para justificarla.

El diezmo sirve como ejemplo porque obliga a separar historia, doctrina y práctica. No todas las confesiones cristianas lo entienden del mismo modo. En la Iglesia católica actual, el derecho canónico establece que los fieles deben contribuir a las necesidades de la Iglesia, pero no fija universalmente una tasa del diez por ciento. En numerosas iglesias evangélicas, en cambio, el diezmo sigue enseñándose como referencia religiosa y, según la comunidad, puede presentarse con distintos grados de obligatoriedad.

No se trata de fabricar un enemigo homogéneo llamado «la Iglesia». Se trata de mirar el mecanismo. Cuando un ministro presenta una entrega económica como deber ante Dios, la transacción deja de ser solamente económica. Se vuelve moral. El creyente no discute únicamente con un tesorero; puede sentir que discute con el cielo.

¿Cuánto del diezmo llega al paraíso?

Y ahí aparece la pregunta que probablemente ningún balance pueda contestar: si pastores, sacerdotes o dirigentes religiosos hablan en nombre de Dios y piden dinero para sostener su obra, ¿cuánto de ese dinero llega finalmente al paraíso?

La ironía no pretende ridiculizar al creyente. Al contrario. Protege al creyente de una confusión demasiado conveniente: Dios y la institución no son necesariamente la misma cosa. Donar comida a un chico, pagar una medicina, sostener un comedor o acompañar a una persona con una adicción pueden ser actos humanos extraordinarios. Pero esos actos no vuelven automáticamente transparente a toda estructura que los organiza.

El problema comienza cuando la compasión de abajo legitima, sin auditoría suficiente, el patrimonio de arriba. La señora que entrega unos pesos puede saber perfectamente por qué los da; lo que quizá no sepa es qué recorrido hace ese dinero después. Y cuanto más sagrada se vuelve la autoridad que lo recibe, más difícil puede resultar preguntarle por sus cuentas sin que la pregunta sea interpretada como una agresión a la fe.

Las dos pobrezas

Hay una frase brutal que merece ser trabajada con cuidado: los políticos administran la pobreza y las religiones pueden administrar otra pobreza, la de quien no tiene herramientas para discutir con quien asegura poseer una verdad absoluta. Dicho mejor: el poder político puede administrar la necesidad material; el poder religioso puede administrar la necesidad de sentido.

Son necesidades distintas, pero ambas pueden producir dependencia. Quien necesita alimento, trabajo o vivienda queda expuesto al que distribuye esos bienes. Quien necesita perdón, pertenencia, explicación, esperanza o eternidad puede quedar expuesto al que se presenta como intérprete exclusivo de esas respuestas. En ambos casos existe una tentación formidable: no resolver la necesidad, sino administrarla.

Una necesidad resuelta libera. Una necesidad administrada fideliza.

Por eso la pobreza no es solamente económica. También existe una pobreza de información, de educación crítica, de lenguaje y de herramientas para preguntar. No porque creer sea sinónimo de ignorancia —sería una estupidez decirlo—, sino porque cualquier sistema que convierta la duda en culpa reduce la capacidad de control de quien está abajo.

Pero hay otra pobreza, bastante más difícil de reconocer porque puede convivir con educación, dinero y hasta con una inteligencia brillante: no saber qué hacer con la propia libertad. Erich Fromm llamó la atención sobre esa paradoja en El miedo a la libertad. Cuando la autonomía se vuelve carga, aparece la tentación de refugiarse en una autoridad, una doctrina o el conformismo. Elegir da vértigo porque también obliga a hacerse responsable del error.

El pastor, el sacerdote, el dirigente político y el influencer no ocupan el mismo lugar ni merecen la misma evaluación. Pero todos pueden, en determinadas circunstancias, ofrecer el mismo alivio: una decisión ya tomada. Qué creer. A quién culpar. Qué desear. Qué comprar. A quién seguir. Qué está bien y qué está mal. Ahí la dependencia deja de ser solamente económica o espiritual: se convierte en tercerización de la conciencia.

La primera recaudación no siempre es de dinero. A veces es de voluntad.

El miedo también recauda

Hay otra moneda que atraviesa buena parte de la historia religiosa: el miedo. No toda prédica religiosa lo utiliza y sería absurdo reducir la experiencia de la fe a una técnica de intimidación. Pero allí donde la autoridad se vuelve vertical, el repertorio es reconocible: pecado, culpa, condenación, castigo, exclusión, infierno, pérdida de la salvación. La amenaza puede cambiar de forma; el mecanismo conserva una ventaja extraordinaria: cuanto más absoluta es la consecuencia, más caro se vuelve desobedecer.

La psicología de la persuasión hace décadas que estudia los llamados fear appeals: mensajes que aumentan la percepción de peligro para orientar conductas. Un metaanálisis de 127 trabajos y 27.372 participantes encontró, en promedio, efectos positivos sobre actitudes, intenciones y comportamientos. La culpa también puede aumentar la disposición a cumplir con una demanda. Eso no prueba que la religión sea un dispositivo de manipulación. Prueba algo más acotado y útil: miedo y culpa pueden modificar conducta.

El pecado original ofrece una figura casi perfecta de esa economía moral. El propio Catecismo católico lo define como un pecado «contraído, no cometido»: una condición transmitida al ser humano antes de cualquier decisión personal. El bautismo, a su vez, borra ese pecado original. La precisión doctrinal importa; también la paradoja que queda a la vista: el individuo nace sin haber elegido y, sin embargo, ya entra en una contabilidad de caída, reparación y salvación.

Uno nace antes de poder elegir y ya debe algo. Después aparece quien administra la cancelación de la deuda.

El punto no es burlarse del bautismo ni de quien cree. Es observar una estructura de autoridad: si la amenaza está fuera de toda comprobación —condenación eterna, castigo divino, pérdida del paraíso— tampoco puede discutirse en igualdad de condiciones con quien afirma conocerla. El intermediario no sólo ofrece consuelo; puede controlar también la descripción del peligro y la salida del peligro.

Ahí el miedo empieza a trabajar contra la independencia. Frente a una amenaza infinita, la decisión propia puede parecer irresponsable y la orden ajena, refugio. La autonomía deja de sentirse como libertad y empieza a sentirse como riesgo.

El miedo perfecto no necesita demostrar que el castigo existe. Le alcanza con conseguir que nadie quiera correr el riesgo de comprobar lo contrario.

La culpa también recauda

Hay una moneda todavía más antigua que el dinero y probablemente más rentable: la culpa.

El hombre soporta casi todo. Lo que soporta bastante peor es mirarse al espejo y admitir que aquello que hizo le pertenece. Que no fue Dios, ni el destino, ni el jefe, ni el partido, ni la infancia. Fui yo.

Dos palabras bastante más pesadas que cualquier crucifijo.

Y entonces aparece una tentación profundamente humana: entregarle a otro la administración de nuestra responsabilidad.

Yo mismo lo hice alguna vez. Confié en Pensato y, en determinado momento, preferí que él me dijera qué hacer. No porque hubiera perdido la capacidad de pensar, sino por algo más incómodo: si otro decidía, una parte del peso de equivocarme dejaba de ser mío.

Qué maravilla. Tercerizar una decisión y conservar solamente el usufructo. Si sale bien, acertamos. Si sale mal, me aconsejaron mal.

No hace falta una sotana para que funcione el mecanismo. Pero la religión puede intervenir justo donde más duele: la culpa. El pecador confiesa, recibe absolución, participa del rito y experimenta algo profundamente real: alivio.

El problema no es el rito. El problema aparece cuando el rito reemplaza la transformación. Una cosa es buscar perdón y otra muy distinta utilizar el perdón como detergente.

Puedo ser miserable seis días, confesarme el séptimo y sentir que la contabilidad celestial volvió a cero. Puedo humillar, mentir, traicionar, entregar una limosna, rezar tres oraciones y acostarme convencido de que hice las paces con el universo.

La pregunta es bastante más desagradable: ¿quiero reparar el daño o solamente quiero dejar de sentirme culpable por haberlo causado?

No son lo mismo.

La culpa también puede pagarse con dinero, obediencia, silencio o una causa. Una ofrenda. Un diezmo. Una penitencia. Una donación. Una bandera. Una guerra presentada como santa.

Los medios cambian. La operación psicológica puede ser la misma: pagar algo para no cargar con algo.

Tal vez una de las operaciones más eficaces del poder consista justamente en eso: conseguir que el individuo entregue voluntariamente la autoría de sus actos. Primero me convencen de que debo algo. Después me explican cómo pagarlo. Finalmente me ofrecen la tranquilidad de haber saldado la cuenta.

La renuncia a decidir

Dietrich Bonhoeffer vio este mecanismo con una crudeza extraordinaria mientras observaba el ascenso del nazismo. En «Después de diez años», escrito en 1942, sostuvo que los grandes ascensos de poder público —político o religioso— pueden privar a las personas de su independencia interior. Su «estupidez» no era falta de inteligencia ni bajo coeficiente intelectual: era una forma de dependencia. El individuo deja de elaborar una posición propia y empieza a hablar mediante consignas, fórmulas y certezas que otro puso en su boca.

«El poder de uno necesita la estupidez del otro.» — Dietrich Bonhoeffer

Eso vuelve incómoda la comparación. El dirigente político puede decir a quién culpar. El pastor puede decir cómo vivir, qué temer y qué entregar. El sacerdote puede definir pecado, absolución y pertenencia. Y hoy las redes agregaron un intermediario nuevo: el influencer, cuya autoridad muchas veces no proviene de una obra, de un oficio o de un conocimiento verificable, sino de haber acumulado atención.

¿Influencer de qué? A veces, de la nada

Sí, ya sé, ya sé: vuelvo con Jean-Paul Sartre. Cuando escribió en El ser y la nada que «el hombre es el ser por quien la nada viene al mundo» no hablaba de vacío intelectual ni de redes sociales. Su nada es filosófica: aparece con la capacidad humana de negar, tomar distancia de lo dado y abrir posibilidades; está ligada, precisamente, a la libertad. Y por eso mismo la ironía funciona: una persona capaz de distanciarse, negar y elegir puede también renunciar a hacerlo y entregar a otro la tarea de decidir qué debe pensar, desear, comprar, temer o condenar.

Quizá esa sea una definición contemporánea de la nada que me interesa acá: autoridad sin saber, prestigio sin obra, certeza sin argumento y obediencia sin examen. El problema no es escuchar a otro. Nadie piensa completamente solo. El problema empieza cuando escuchar se convierte en abdicar del propio juicio.

La dependencia perfecta no necesita cadenas. Necesita que el dependiente sienta alivio cuando otro piensa por él.

¿Quién consume religión?

La pregunta habitual es por qué existen tantas religiones. Quizá esté mal formulada. Tal vez deberíamos preguntar por qué, después de miles de años, sigue habiendo tanta demanda.

Ninguna mercancía sobrevive milenios si no responde a alguna necesidad persistente. Entonces la pregunta cambia: ¿qué compra el hombre cuando consume religión?

No necesariamente compra a Dios. Compra sentido. Compra comunidad. Compra perdón. Compra esperanza. Compra una explicación cuando la vida no se molesta en darle ninguna. Compra la posibilidad de reencontrarse con sus muertos. Compra la sospecha de que el sufrimiento no fue inútil.

Y a veces compra algo todavía más tentador: certeza. Que alguien le ponga borde al misterio y le prometa que, al final, todo tiene un orden.

Por eso sería torpe reducir la religión a ignorancia o pobreza. El millonario también se muere. También pierde a quienes ama. Puede comprar un avión, pero no puede comprarle cinco minutos a la muerte. Puede pagar al mejor médico del planeta, pero cuando escucha «no hay nada más que hacer», reaparece la misma pregunta que acompañó al campesino hace tres mil años: ¿y ahora qué?

Ahí la religión encuentra su mercado universal.

La religión no administra solamente dinero. Puede administrar una de las materias primas más abundantes de la humanidad: la incertidumbre.

Esa necesidad puede encontrar una respuesta honesta, una comunidad, consuelo y sentido. También puede encontrar un administrador. Ahí está el límite que me interesa: cuando el consuelo deja de acompañar y empieza a necesitar que la incertidumbre nunca se termine.

Antes del canon hubo disputa

También conviene mirar hacia el comienzo. Los Evangelios no aparecieron juntos, encuadernados y certificados en el momento de la muerte de Jesús. Fueron escritos décadas después y coexistieron con otros textos cristianos. La formación del Nuevo Testamento fue un proceso histórico, no una entrega instantánea de veintisiete libros terminados.

Un dato particularmente incómodo es la cronología del propio nacimiento. Los relatos de la infancia no encajan con facilidad entre sí cuando se los contrasta con la cronología conocida de Herodes el Grande y el censo asociado a Quirinio. Por eso muchos historiadores sitúan el nacimiento de Jesús algunos años antes del comienzo convencional de nuestra era, con frecuencia alrededor de 6 a 4 a. C. Es decir: hasta el calendario construido alrededor de Cristo conserva una ironía histórica. Jesús probablemente nació «antes de Cristo».

También circularon textos que no terminaron dentro del canon. El llamado Evangelio de Tomás, preservado completo en copto entre los manuscritos de Nag Hammadi y conocido también por fragmentos griegos, reúne dichos atribuidos a Jesús. Su fecha, composición y valor histórico siguen siendo discutidos; no es serio presentarlo como «el evangelio verdadero que la Iglesia escondió». Pero tampoco es serio fingir que la diversidad textual no existió.

Uno de sus dichos coloca el Reino dentro y fuera del individuo. No sabemos si esas palabras proceden del Jesús histórico. Pero la idea sirve para formular una pregunta filosófica incómoda: si el Reino puede encontrarse dentro del ser humano, ¿cuánto intermediario necesita realmente la trascendencia?

La delimitación del canon fue gradual. La carta festal de Atanasio de Alejandría del año 367 contiene la primera lista conservada que coincide exactamente con los veintisiete libros actuales del Nuevo Testamento. Eso no significa que un concilio haya inventado de golpe el cristianismo ni que todo texto descartado haya sido «censurado» por una conspiración central. Significa algo más interesante: la ortodoxia también tuvo una historia. Antes de existir una voz institucional dominante hubo disputas sobre textos, doctrinas y autoridad.

Dios adentro, la oficina afuera

La contradicción se vuelve más interesante cuando uno toma en serio las propias afirmaciones del cristianismo. La tradición bíblica dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Pablo llama al cuerpo templo del Espíritu. Dios, además, es presentado como omnipresente.

Muy bien.

Entonces tengo una pregunta bastante elemental: si Dios está adentro, ¿qué me están ofreciendo afuera?

¿Un acceso preferencial? ¿Un gestor? ¿Una contraseña? ¿Una membresía premium para la eternidad? ¿O subirme al cohete de Menem y llegar antes al paraíso?

Porque si mi cuerpo es templo, llevamos siglos pagando expensas de una propiedad que, aparentemente, ya habitábamos.

No digo que el sacerdote, el pastor o cualquier ministro religioso carezca de función. Puede acompañar, enseñar, consolar, preservar una tradición, organizar una comunidad. Todo eso es comprensible.

La pregunta empieza cuando acompañar se transforma en autorizar. Cuando deja de decirme «te ayudo a buscar» y empieza a decirme «yo sé qué quiere Dios de vos».

Ahí aparece un poder formidable. Quien interpreta a Dios también puede interpretar mi culpa. Puede definir pecado, virtud, obediencia, perdón, pertenencia y salvación.

Y volvemos a la contabilidad.

Pecado. Culpa. Deuda. Perdón. Absolución. Salvación.

Al final, hasta lo inconmensurable parece necesitar un administrativo.

Si Dios está en todas partes, resulta extraño que necesite tantas sucursales. Y si somos su templo, alguna vez habrá que explicar por qué seguimos pagando expensas.

Del perseguido al administrador

Nerón aparece bastante después del nacimiento de Jesús, pero ayuda a comprender la transformación. Tácito, escribiendo a comienzos del siglo II, relata que después del incendio de Roma del año 64 Nerón castigó brutalmente a cristianos y menciona que Christus había sido ejecutado bajo Poncio Pilato durante el gobierno de Tiberio. La fuente es romana y hostil al cristianismo; precisamente por eso resulta históricamente valiosa como testimonio externo de la existencia temprana del movimiento.

La paradoja es extraordinaria. En el siglo I los cristianos podían ser perseguidos por el poder imperial. Siglos después, el cristianismo formaría parte del orden imperial y, con el tiempo, surgirían instituciones religiosas capaces de acumular propiedades, administrar enormes recursos y ejercer influencia política y cultural.

Del perseguido al administrador. Del camino al templo. De compartir el pan a contabilizar la contribución. Esa transformación no prueba una traición automática al mensaje original, pero obliga a hacer una pregunta: ¿qué se perdió y qué se ganó cuando una experiencia de fe se convirtió en institución?

Cuando la fe entra al balance

No hace falta recurrir a rumores de lavado de dinero para demostrar que las organizaciones religiosas pueden manejar fortunas. Hay casos documentados y mucho más útiles. En 2023 la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos sancionó a Ensign Peak Advisers, entidad que administra inversiones de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y a la propia Iglesia por fallas de divulgación y presentaciones engañosas. Según la SEC, se utilizaron trece sociedades de responsabilidad limitada para presentar información de modo que ocultaba el tamaño del portafolio, que había alcanzado aproximadamente 32.000 millones de dólares en 2018. Las sanciones sumaron cinco millones de dólares.

Esto no demuestra «lavado de dinero», y sería intelectualmente deshonesto llamarlo así. Demuestra algo más preciso: una organización religiosa puede operar con una arquitectura financiera de decenas de miles de millones de dólares y, al mismo tiempo, enfrentar cuestionamientos regulatorios sobre la transparencia con que esa arquitectura fue presentada.

Ahí la pregunta deja de ser teológica. Es contable. ¿Qué grado de transparencia debe exigirse a una organización cuando el origen de una parte de sus recursos está vinculado a contribuciones realizadas bajo una convicción religiosa? ¿Debe exigirse menos porque es sagrada o más, precisamente, porque invoca lo sagrado?

La cuestión de fondo

Este texto no necesita demostrar que Dios no existe. Sería otro ensayo, y probablemente uno mucho menos interesante. Tampoco necesita sostener que toda religión es una estafa ni que todo sacerdote, pastor o creyente participa de una maquinaria cínica. Hay personas religiosas que trabajan donde el Estado no llega y ponen el cuerpo sin hacerse ricas. Negarlo sería tan dogmático como aquello que pretendo criticar.

La cuestión es otra: cuando alguien habla en nombre de una verdad que no puede auditarse y, al mismo tiempo, administra dinero, poder, culpa, esperanza o salvación, la sociedad tiene derecho a hacer preguntas. La fe puede ser íntima. Las finanzas de una institución no tienen por qué serlo.

Y entonces vuelvo al hombre del comienzo: sandalias, caminos, montes, pescadores, enfermos, pobres. Quizá la pregunta no sea cuánto dinero tienen las iglesias. Quizá sea cuánto reconocería Jesús de sí mismo en ellas.

El viejo peaje

Como ya escribí en otros textos, hasta Caronte cobraba el viaje. Había que llegar con una moneda por si el barquero no fiaba. Vuelvo sobre él porque la metáfora se resiste a morir.

Cambiaron los dioses, cambiaron las monedas, cambiaron las ventanillas. El miedo al viaje sigue intacto.

¿El viaje al paraíso es directo o tiene escalas? ¿Cuántos intermediarios hacen falta? ¿Quién certifica que la deuda quedó saldada?

Y, llegado el caso, ¿Caronte acepta débito o todavía exige efectivo?

La ironía es fácil. Lo que queda debajo no lo es: ¿cuánto peaje necesita realmente la trascendencia?

¿Qué paraíso nos están vendiendo?

Tal vez el verdadero poder de las religiones no haya consistido en convencer al hombre de que Dios existe. Tal vez haya consistido en convencerlo de que necesita un intermediario para llegar hasta Él.

Y ahí aparece una paradoja difícil de ignorar.

Nos dicen que fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios, que nuestro cuerpo es templo y que Dios está en todas partes. Después construimos edificios, jerarquías, reglamentos, ritos, contribuciones, absoluciones y especialistas para administrarnos el acceso a aquello que, según la propia doctrina, ya estaba con nosotros.

Tal vez la pregunta verdaderamente jodida no sea si creemos suficientemente en Dios.

Tal vez sea cuánto creemos en nosotros mismos.

Porque mientras dudamos, siempre habrá alguien dispuesto a ofrecernos certeza. Alguien que sepa qué debemos hacer, qué debemos temer, de qué debemos arrepentirnos, cuánto debemos entregar y, por supuesto, qué ocurrirá cuando nos muramos.

Un servicio bastante completo para un destino del que nadie volvió con el folleto.

La eternidad tiene una ventaja comercial formidable: ningún cliente vuelve a reclamar.

Y entonces queda una pregunta que este texto ya no debería contestar:

¿Qué paraíso nos están vendiendo?

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