Por REDACCIÓN
Por Hugo Borgna
“No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo; en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien no tiene nada de raro, porque nacer es una alegría que duele. “Pequeña muerte” llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. “Pequeña muerte”, la llaman, pero grande, muy grande ha de ser si matándonos, nos nace”
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“Me desprendo del abrazo, salgo a la calle. En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna. Luna tiene dos noches de edad. Yo, una”
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“¿Para qué escribe uno, si no es para juntar sus pedazos? Desde que entramos en la escuela o la iglesia, la educación nos descuartiza, nos enseña a divorciar el alma del cuerpo y la razón del corazón. Sabios doctores de Etica y Moral han de ser los pescadores de la costa colombiana, que inventaron la palabra “sentipensante” para definir al lenguaje que dice la verdad”
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“Un hombre de las viñas habló, en agonía, al oído de Marcela. Antes de morir, le reveló su secreto. La uva, le susurró, está hecha de vino. Marcela Perez-Silva me lo contó y yo pensé; si la uva está hecha de vino, quizás nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos.
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“El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas. A los enfermos, cualquiera nos reconoce. Hondas ojeras delatan que jamás dormimos, despabilados, noche tras noche, tras los abrazos, o por la ausencia de los abrazos y padecemos fiebres devastadoras y sentimos una irresistible necesidad de decir estupideces. El amor se puede provocar, dejando caer un puñadito de polvo de quereme, como al descuido, en el café o en la sopa o el trago. Se puede provocar pero no se puede impedir, no lo impide el agua bendita, ni lo impide el polvo de hostia; tampoco el diente de ajo sirve para nada. El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las brujas. No hay decreto del gobierno que pueda con él, ni pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas pregonen, en los mercados, infalibles brebajes con garantía y todo.”
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La luna llama a la mar y la mar llama al humilde chorrito de agua, que en busca de la mar corre y corre desde donde sea, por muy lejos que sea y corriendo crece y arremete y no hay montaña que le pare la perchada. El sol llama a la parra que queriendo sol se estira y sube. El primer aire de la mañana llama a los olores de la ciudad que despierta, aroma del pan recién dorado, aroma del café recién molido, y los aromas al aire entran y del aire se apoderan. La noche llama a las flores del camalote y a medianoche en punto estallan en el río esos blancos fulgores que abren la negrura y se meten en ella y la rompen y se la comen.”
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El universo de Eduardo Galeano, amplía los horizontes internos y exteriores.
Si se trata de la mujer, es mucho cuanto puede decir, y lo expresa con esa seguridad contundente que pasea y se apodera de su estilo y pensamiento.
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“No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya, pero tengo una mujer atravesada en la garganta.
Yo me duermo a la orilla de una mujer. Yo me duermo a la orilla de un abismo.”
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Es el momento, ahora, de darle a esa prosa habilitadora de estética, un saludo hasta el momento en que necesitemos hacer un contacto con la maravilla.
Es decir, siempre.