Por Néstor Clivati
Tenemos los argentinos una ventaja respecto del resto: ya sabemos lo que significa la despedida de ídolos irremplazables, al menos en los aspectos futboleros. Una vez, Diego cerró el ciclo con la Albiceleste y todos tuvimos sensaciones encontradas. La primera, la de haber sido contemporáneos de semejante fenómeno cultural. Eso fue Maradona, mucho más que un gran futbolista. Y la otra, una duda: ¿aparecerá en el futuro otro genio de esa dimensión?
Hoy sabemos que ese dilema se despejó favorable y mágicamente. A pesar de que transcurrió algo más de una década entre el Mundial de 1994, en Estados Unidos, y el de Alemania 2006, aquella incipiente figura de Lionel Messi se quedaría con ese testimonio y construiría 20 años de una estelaridad grandiosa, hasta nuestros días.
Las hazañas deportivas de las que nos hizo partícipes Leo, junto con muchos de los grandes jugadores que lo rodearon jugando para Argentina, están más vívidas que las del otro “gurrumín” de la zurda. Por eso, el anuncio de su despedida de la Selección nos ha dejado perplejos y, en algún punto, con ese desamparo que sentimos a mediados de los 90, cuando buscábamos en los himnos de cada partido el gesto maradoneano, desafiante, del capitán, pero sin hallarlo fatalmente.
Ahora nos toca a los sobrevivientes de aquellas emociones revivirlas en los próximos días, más precisamente el 6 de octubre, cuando en el estadio Monumental le rindamos honores a este otro astro con el que el destino se empecinó en premiarnos.
No son exactamente simétricas las circunstancias que rodearon los finales de ciclo de nuestros grandes capitanes. Diego no eligió cerrar aquella historia con una enfermera llevándolo de la mano al cadalso, en Boston, luego del partido frente a Nigeria, pero así figura, cruelmente, en el palmarés menos sensible del pibe de Fiorito.
En cambio, el rosarino, a medida que se despegaba de aquel apogeo deportivo en Barcelona, hizo crecer de forma asombrosa su influencia en los títulos ganados por Argentina en los últimos años, ya en tiempos del liderazgo de Lionel Scaloni como entrenador nacional y cuando muchos lo consideraban acabado o en el declive de su carrera.
Es por eso, acaso, que lo sintamos como un verdadero duelo del que solo el tiempo puede restañar las heridas. Se va de la Selección el mejor Messi que jamás hayamos visto y echarlo de menos es un sentimiento inevitable. Aunque ya estemos entrenados y, por qué no, con la buena sensación de que alguna vez el fútbol argentino vuelva a poner en la historia a otro genio que deslumbre al mundo y se convierta en nuestro nuevo mecenas.