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Notas de Opinión Domingo 30 de Agosto de 2026

Genealogía moral del poder económico argentino — Parte I

De los negreros del puerto a la deuda que pagó el pueblo.

Agrandar imagen . San Martín decidió legar su sable corvo a Juan Manuel de Rosas por la firmeza con que, a sus ojos, había sostenido el honor de la República frente a pretensiones extranjeras.
. San Martín decidió legar su sable corvo a Juan Manuel de Rosas por la firmeza con que, a sus ojos, había sostenido el honor de la República frente a pretensiones extranjeras. Crédito: Marcelo Rico

Por Marcelo Rico

Introducción: contra la lavandería

La Argentina no se rompió sola. La rompieron. En varios ensayos lo hemos demostrado. Y después, como suele ocurrir en los países donde la memoria trabaja de mucama del poder, vinieron los discursos limpios a explicar que todo había sido inevitable: la crisis, el contexto internacional, la herencia recibida, la macroeconomía, la gobernabilidad, la patria, el pueblo, la estabilidad, el orden, la revolución, la justicia social, la libertad, la república. Siempre una palabra noble para tapar una operación sucia.

Este ensayo nace contra esa lavandería.

No busca explicar la decadencia argentina como un accidente ni como una simple cadena de malos gobiernos. También ya lo dije. Eso es relato para dormir idiotas. La Argentina no fue saqueada solamente por presidentes chorros, ministros torcidos, militares asesinos o empresarios con más abogados que vergüenza. Fue saqueada por una alianza variable, histórica, mutante y persistente entre poder político, poder económico, burocracias, uniformes, jueces que llegan tarde, bancos, contratistas, sindicatos, familias empresarias, operadores y relatores profesionales de la impunidad.

El problema argentino no es solamente que haya delincuentes. El problema es que demasiadas veces el país los administró, los votó, los financió, los condecoró, los invitó a cenar y después puso al pueblo a pagar la cuenta.

No todos esos delincuentes fueron iguales. Algunos tuvieron condena. Otros tuvieron fueros. Otros tuvieron fundaciones. Otros tuvieron diario amigo. Otros tuvieron sotana ideológica. Otros tuvieron uniforme. Otros tuvieron apellido antiguo. Otros tuvieron empresa familiar, concesión pública, canon impago, concurso preventivo y fiscal incómoda. Otros tuvieron la inteligencia miserable de no dejar huellas directas. Pero la diferencia de forma no borra la continuidad del mecanismo.

La pregunta de este trabajo no es si hubo ricos. Esa pregunta es pobre y, además, bastante pelotuda. La pregunta es de qué barro salió cierta riqueza. Qué parte nació del trabajo, del riesgo empresario, de la industria, de la innovación, del oficio y de la capacidad real de producir valor. Y qué parte nació de capturar cuerpos, tierras, aduanas, contratos, deuda pública, obra pública, sindicatos, miedo, bancos, concesiones, expedientes, favores políticos o dictaduras.

Hay fortunas que merecen respeto. Hay fortunas que merecen autopsia. Vamos solo por algunas, no alcanzarían hojas para describir a todas.

La Argentina necesita esa autopsia.

Los hombres incómodos y el país de los vivos

Porque este país tiene una extraña tradición: abandona a muchos de sus mejores hombres y protege con paciencia infinita a quienes aprendieron a vivir de sus fracturas. San Martín terminó lejos, cansado de intrigas, ingratitudes y guerras internas. Belgrano murió pobre, reducido después a bandera escolar por una patria que casi nunca estuvo a la altura de su cabeza económica. Sarmiento, contradictorio y brutal como pocos, terminó muriendo en Paraguay, lejos del centro del país que ayudó a pensar. Mariano Moreno murió en alta mar, y sobre su muerte quedó una sospecha que la historia nunca terminó de cerrar del todo. No hace falta convertir cada sospecha en sentencia para entender el patrón simbólico: en la Argentina, el hombre que piensa demasiado pronto, que incomoda demasiado fuerte o que quiere empujar el país hacia una forma más exigente de civilización suele terminar solo, lejos, pobre, calumniado, exiliado o muerto.

San Martín, Rivadavia, Rosas y la patria inhabitable

San Martín no se fue de la patria como quien se va de vacaciones a mirar el Sena. Se fue también porque la Argentina política ya empezaba a mostrar una de sus enfermedades más persistentes: sospechar del hombre grande cuando no puede domesticarlo. No conviene simplificar y decir que Rivadavia explica por sí solo el exilio; eso sería un atajo barato. Pero Rivadavia forma parte de ese clima porteño que volvió inhabitable el regreso del Libertador: intriga, desconfianza, mezquindad, facción y esa vieja costumbre argentina de serrucharle el piso al que todavía tiene altura.

La distancia entre San Martín y Rivadavia no fue una diferencia menor de escritorio. En su correspondencia, San Martín habló de una administración desastrosa, de ánimos divididos y de una guerra de zapa política destinada a minar su prestigio. Dicho en idioma menos diplomático: el hombre que había cruzado los Andes veía en la rosca porteña una máquina de triturar patriotas. No era sensibilidad de prócer ofendido. Era diagnóstico.

Por eso también incomoda su testamento. San Martín decidió legar su sable corvo a Juan Manuel de Rosas por la firmeza con que, a sus ojos, había sostenido el honor de la República frente a pretensiones extranjeras. Ese gesto no convierte a Rosas en santo ni obliga a rezar en una capilla federal. Pero sí rompe el relato escolar de porcelana: el Padre de la Patria no dejó su sable en manos del mármol prolijo de los administradores ilustrados, sino donde creyó ver defensa concreta de soberanía.

San Martín no entraba cómodo en la Argentina de los pasillos. Era demasiado grande para una política acostumbrada a bajar cabezas antes que levantar país. Se fue de la mugre que ya administraba la patria en nombre de la patria.

Güemes: la bala realista y el odio de los dueños de la provincia

Güemes también pertenece a esa genealogía de hombres incómodos. No fue un prócer decorativo, ni una estampita de bronce para acto escolar: fue un jefe popular, militar y político que sostuvo el norte con gauchos pobres mientras una parte de la elite salteña y jujeña lo miraba como se mira a todo hombre que toca intereses. Su guerra no incomodaba sólo al realista; incomodaba al propietario, al comerciante, al señorito local que veía alterado el orden social y económico.

Güemes fue herido de muerte en una emboscada realista y murió después de diez días de agonía. Pero su muerte no puede leerse sin el odio interno que lo rodeaba. La bala pudo venir del enemigo militar; el clima lo habían preparado también los que preferían una patria ordenada por sus privilegios antes que una independencia sostenida por gauchos embarrados.

A Güemes lo hirió una bala realista, pero lo venían matando desde antes los intereses de una elite que no soportaba verlo levantar gauchos en nombre de una patria que ellos querían administrar como estancia.

Alberdi, Dorrego, Lisandro y Favaloro: la línea argentina de los expulsados

Alberdi debe entrar por otra puerta: no la del mártir sangriento, sino la del cerebro usado y luego dejado lejos. El hombre que escribió las Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina —una pieza central para la Constitución de 1853— volvió brevemente a Buenos Aires, enfermó y murió en Francia el 19 de junio de 1884. La Argentina suele hacer eso: necesita una cabeza, la usa para diseñar el edificio y después deja que esa cabeza muera lejos de la obra.

Dorrego muestra la forma más cruda: no fue sólo marginado, fue fusilado. El 13 de diciembre de 1828, Manuel Dorrego fue ejecutado en Navarro por orden de Juan Lavalle. En la genealogía moral argentina, esa escena importa porque enseña que el conflicto entre proyecto popular, federalismo, elite porteña y violencia política no empezó ayer. La Argentina aprendió temprano a resolver incomodidades con plomo y luego a fabricar explicaciones elegantes.

Lisandro de la Torre agrega otra figura necesaria: el denunciante que toca intereses económicos y descubre que el recinto también puede ser un matadero. En 1935, en el Senado, su investigación sobre el comercio de carnes y el Pacto Roca-Runciman terminó asociada al asesinato de Enzo Bordabehere, senador electo santafesino, en un episodio que el propio Senado ha recordado como ligado a la corrupción política y a intereses económicos. Lisandro no entra aquí por su suicidio solamente; entra porque vio el engranaje entre Estado, frigoríficos, privilegio externo y violencia política.

Favaloro es otra clase de prócer: no de caballo ni sable, sino de quirófano, ciencia, institución y decencia civil. Su suicidio en 2000 no debe convertirse en postal sentimental ni en acusación penal sin archivo. Debe leerse como síntoma brutal: un médico de prestigio mundial, fundador de una institución central, escribiendo cartas para reclamar deudas, denunciando retornos y chocando contra un sistema de salud atravesado por obras sociales, burocracias, cajas y corrupción. En una de sus cartas, fechada el día de su muerte, señaló una deuda del PAMI con la Fundación Favaloro de aproximadamente $1.900.000 y escribió que la habrían cobrado en 48 horas si aceptaban retornos. Horacio Rodríguez Larreta estaba al frente del PAMI en ese momento; él sostuvo públicamente que no había una deuda verificada, sino un viejo reclamo de facturas impagas entre 1993 y 1995 que no figuraban en los libros contables de la obra social. Esa cautela debe quedar: no se usa este episodio para inventar una condena penal contra Larreta ni contra nadie. Pero sí se lo nombra, porque el cargo existía, la controversia existía y la escena moral es insoportable. Un país donde Favaloro termina solo, escribiendo cartas desesperadas, mientras la maquinaria de intermediarios sigue respirando tranquila, no está solamente enfermo: está podrido en su circulación moral.

Estos nombres no son iguales. No pertenecen al mismo siglo ni al mismo tipo de conflicto. Pero dibujan una línea: el país que abandona, fusila, expulsa, sospecha, traiciona, endeuda o deja morir a quienes podrían haberlo elevado, mientras administra con paciencia infinita la ventanilla de los vivos.

Mientras tanto, los vivos de siempre encuentran ventanilla.

Acá empieza la tesis señoras y señores

La Argentina no es solamente un país con corrupción. Es un país con una pedagogía larga de apropiación. Aprendió temprano que una injusticia podía tener firma, sello, testigo, escritura y apariencia legal. Aprendió que la ley podía servir tanto para proteger derechos como para formalizar abusos. Aprendió que la patria podía invocarse en público mientras en privado se la trataba como sociedad anónima.

El pecado anterior al déficit

Antes del déficit fiscal hubo un déficit moral.

Antes de la deuda externa, antes del peronismo, antes de los militares del 76, antes de los seguros de cambio, antes del Correo Argentino, antes de los contratos de obra pública, antes de los empresarios que descubrieron la ternura del Estado cuando la factura era propia, hubo algo más brutal: cuerpos humanos convertidos en capital.

La Argentina que después se vendió como blanca, europea, culta, inmigrante y civilizada también fue puerto esclavista, mercado de personas, papelería notarial de la infamia. En Buenos Aires hubo africanos comprados, vendidos, castigados, heredados, alquilados, explotados y borrados. No desaparecieron por arte de magia. Fueron usados, enviados a guerras, absorbidos por categorías censales, diluidos en el relato escolar, empujados a la invisibilidad y expulsados de la imagen que el país quiso construir de sí mismo.

Los números rompen el espejo blanco. Materiales oficiales de Cultura registran que entre 1777 y 1812 ingresaron por Buenos Aires y Montevideo más de setecientos barcos con alrededor de 72.000 africanos esclavizados. Hacia 1810, Buenos Aires tenía unos 40.000 habitantes y se calcula que un tercio era de origen africano. En otros materiales oficiales se consigna además que el censo de 1778 arrojaba un 46 % de población de origen africano en el territorio. No hablamos de una presencia lateral ni pintoresca: hablamos de una raíz económica, social y cultural después borrada por la pedagogía blanca de la Nación.

Este dato cambia el punto de partida moral. La Argentina no puede narrarse como país europeo caído en decadencia si antes no reconoce que parte de su vida colonial estuvo organizada sobre cuerpos africanos explotados, comprados, vendidos, heredados, castigados y luego expulsados de la memoria pública.

La Argentina blanca necesitó borrar a sus negros para poder mirarse en el espejo europeo sin vomitar.

Ese borramiento no fue un detalle. Fue una operación cultural. Una operación política. Una operación moral. Porque un país que borra los cuerpos sobre los que edificó parte de su vida económica después puede borrar cualquier cosa: deudas, muertos, cómplices, contratos, desaparecidos, privilegios, negociados, apellidos, rutas del dinero, archivos enteros.

La primera lavandería argentina fue la memoria.

Álzaga y los negreros de la patria blanca

En ese origen aparece Martín de Álzaga. O Alsaga, como puede aparecer escrito en la memoria oral o en variantes de época, pero el nombre documental fuerte es Álzaga. No entra acá como villano de caricatura. Entra porque justamente el tipo fue. Fue comerciante poderoso, figura política, hombre del Buenos Aires virreinal, actor de las Invasiones Inglesas, vecino principal, hombre de Cabildo. Pero también aparece vinculado al comercio negrero y a la propiedad de esclavos.

La base documental permite una afirmación prudente pero fuerte: el Ministerio de Cultura menciona a Martín de Álzaga como uno de los mayores propietarios de esclavos de la antigua Buenos Aires, y el repositorio académico UNL/MinCyT registra un trabajo de Rodolfo Trostiné con un apartado específico sobre “Álzaga y el comercio negrero”. En esta etapa no se usa a Álzaga para probar una continuidad genealógica automática con apellidos posteriores. Se lo usa como figura de matriz: poder comercial, prestigio público, Cabildo y propiedad humana en una misma escena histórica.

Ahí está la raíz venenosa: un mismo hombre podía defender la ciudad de un invasor y formar parte de una economía donde otros seres humanos eran tratados como mercancía. La historia nacional suele elegir una de las dos caras para no atragantarse. Este ensayo no. No se trata de negar sus roles históricos. Se trata de impedir que el bronce lave la sangre.

Álzaga sirve porque condensa una escena fundacional: prestigio público, fortuna privada, comercio colonial, poder político y cuerpos convertidos en propiedad. No explica toda la Argentina, pero abre una puerta. Detrás de esa puerta aparece una pregunta que el país evitó durante demasiado tiempo: ¿cuántos nombres respetables fueron respetables porque la historia miró la fachada y no el depósito? ¿Cuántos vecinos principales, comerciantes, hacendados, financistas y administradores del orden construyeron prestigio sobre negocios que hoy nos obligarían a bajar la mirada? ¿Cuánta patria fue escrita con tinta limpia sobre papeles manchados?

Antes del contratista del Estado estuvo el comerciante de cuerpos. Antes del empresario patriota estuvo el negrero honorable. Antes del gerente moderno de la deuda estuvo el escribano colonial de la propiedad humana.

El país aprendió temprano.

El mecanismo: convertir lo común en oportunidad privada

Después cambiaron los objetos del negocio. Ya no siempre serían cuerpos. Serían tierras, aduanas, votos, obra pública, ferrocarriles, empresas públicas, sindicatos, deuda, moneda, bancos, concesiones, subsidios, licencias, energía, rutas, correos, jubilaciones, pobreza administrada, miedo social.

Pero el mecanismo siguió oliendo parecido: convertir lo común en oportunidad privada.

La Argentina no tiene que elegir entre una historia de próceres puros y una historia de villanos absolutos. Esa es una trampa infantil. La Argentina tuvo grandeza posible y barro real. Tuvo San Martín y tuvo negreros. Tuvo Belgrano y tuvo comerciantes de privilegio. Tuvo Moreno y tuvo conspiradores. Tuvo maestros, científicos, trabajadores, técnicos, médicos, obreros, chacareros, industriales honestos, inmigrantes que se rompieron el lomo, mujeres que sostuvieron familias enteras, pueblos que levantaron escuelas y cooperativas. Pero también tuvo cortesanos de la caja pública, militares que confundieron patria con botín, empresarios que predicaron mercado mientras vivían del Estado, políticos que usaron pobres como escenografía, jueces que llegaron tarde, sindicatos que confundieron representación con propiedad privada y comunicadores que maquillaron saqueos con palabras finas.

No se trata de odiar la riqueza. Se trata de separar creación de captura. Producción de parasitismo. Empresa de prebenda. Industria de comedero. Riesgo privado de factura pública.

Dictadura: terror político y reordenamiento económico

La dictadura de 1976 no fue solamente una maquinaria de muerte. Fue también una maquinaria económica. No gobernaron militares en el vacío. Hubo civiles, técnicos, bancos, acreedores, empresarios, directivos y sectores del poder económico que encontraron en el terror un clima útil para disciplinar trabajadores, destruir organización sindical, modificar relaciones laborales, endeudar, concentrar y rediseñar el país.

La línea documental ya no permite reducir el período al cajón militar. El trabajo conjunto de Secretaría de Derechos Humanos, Programa Verdad y Justicia, FLACSO y CELS sobre responsabilidad empresarial analizó 25 empresas. En la exposición pública de Victoria Basualdo sobre ese corpus se mencionaron 900 trabajadores víctimas del terrorismo de Estado; en el 88 % de los casos, los secuestros ocurrieron en lugares de trabajo; en el 76 %, las empresas habrían entregado información privada o listas de delegados a las fuerzas represivas; y en el 52 %, se identificó presencia de cuadros empresariales en detenciones, secuestros o torturas. Estos números no sustituyen el análisis caso por caso, pero destruyen la comodidad de hablar de una dictadura solamente uniformada.

Traducción política: cuando el terror disciplinó trabajadores, también ordenó balances. Cuando desaparece un delegado, desaparece una persona; pero también desaparece una negociación futura, un límite sindical y una forma de resistencia en la fábrica.

Cuando desaparece un trabajador, no desaparece solo una persona. Desaparece una voz en la fábrica. Desaparece un delegado. Desaparece un límite. Desaparece una negociación futura. Desaparece una memoria colectiva. El terror no fue solamente ideológico. También fue laboral. También fue económico. También fue un mensaje escrito sobre cuerpos: hasta acá llega la organización obrera; más allá empieza la noche.

Y después vino la operación financiera más obscena: la deuda privada convertida en problema público.

La deuda privada que terminó pagando el pueblo

Ahí la consigna deja de ser consigna y se vuelve expediente. Comunicaciones del Banco Central, decretos, leyes, seguros de cambio, bonos, reconversión, sustitución de deudor. La ingeniería fue más elegante que un robo a mano armada, pero no por eso menos brutal en sus consecuencias. El saqueo moderno no entra con cuchillo. Entra con membrete.

La Memoria Anual 1984 del Banco Central es una pieza de autopsia. Al asumir el gobierno constitucional, las obligaciones externas totales al cierre de 1983 eran de aproximadamente USD 46.000 millones. El mismo documento registra que al 10 de diciembre de 1983 las reservas internacionales disponibles eran de apenas USD 102 millones. No era sólo deuda: era deuda con caja exhausta.

El dato más grave aparece cuando el propio Banco Central reconoce que el sistema de seguros de cambio y swaps implementado desde 1981 implicaba un subsidio encubierto al sector privado, específicamente a deudores con el exterior, que en última instancia sería pagado por el resto de la sociedad. Al 31 de octubre, el monto total de ese subsidio se estimaba en el orden de USD 7.400 millones, y dos terceras partes serían afrontadas por el sector público en años venideros.

La misma Memoria señaló que continuaba la operatoria de reconversión de deuda externa privada en pública mediante Bonods y promissory notes por USD 2.358 millones. A fin de 1984, la deuda externa rondaba los USD 47.800 millones. La frase deja de ser indignación: el Estado transformó riesgo privado en carga pública con norma, bono y contabilidad oficial.

El negocio era privado cuando daba ganancia; se volvía nacional cuando llegaba la factura.

Ese mecanismo es una de las claves de la Argentina contemporánea. Empresas privadas tomaban deuda, hacían negocios, cubrían operaciones, renegociaban riesgos. Y cuando el viento cambiaba, cuando la devaluación golpeaba, cuando la cuenta se volvía impagable o políticamente inconveniente, aparecía el Estado como amortiguador, garante, reconversor o pagador de última instancia. El ciudadano común no había decidido esa deuda. No había firmado esos contratos. No había participado de esos directorios. No había cobrado esas ganancias. Pero aparecía al final, como siempre: contribuyente universal de la fiesta ajena.

La deuda fue la esclavitud elegante del siglo XX. Ya no se encadenaban cuerpos en el puerto; se hipotecaban generaciones desde un escritorio. Ya no hacía falta mercado de esclavos; alcanzaba con circular, seguro de cambio, bono, banco y firma. El resultado moral, aunque distinto en forma, repetía una lógica insoportable: unos pocos convertían riesgo en patrimonio; muchos convertían patrimonio ajeno en carga colectiva.

La Argentina no fue solamente mal administrada. Fue usada como garante involuntaria de negocios que no consultaron al pueblo cuando se hicieron, pero sí lo encontraron disponible cuando había que pagarlos.

La causa Olmos abre una de las cajas negras de ese proceso. No alcanza con invocarla como estampita militante. Hay que leerla, desarmarla, buscar sus anexos, nombres, empresas, bancos, funcionarios, comunicaciones, mecanismos. Pero su valor simbólico y documental es enorme: obliga a sacar la deuda del lenguaje aséptico. La deuda externa argentina no fue solamente una planilla de vencimientos. Fue una forma de organización del poder. Militares, bancos, empresas, funcionarios, acreedores, estatales debilitadas, privados cubiertos y un pueblo al final de la cadena.

La Causa Olmos debe quedar como columna documental y no como consigna. La transcripción parlamentaria del fallo Ballesteros permite trabajar una afirmación de fondo: el endeudamiento de la dictadura no fue un fenómeno neutro de financiamiento, sino una trama donde se beneficiaron y sostuvieron empresas y negocios privados, nacionales y extranjeros, en desmedro de empresas del Estado. En la versión definitiva habrá que ir al fallo completo, no a la cita cómoda, para extraer nombres, mecanismos, anexos y responsabilidades.

La ventanilla también robaba: BIR y la memoria chica del saqueo financiero

Hay una forma de saqueo que no llega al pueblo como gran teoría económica ni como causa judicial famosa. Llega como libreta bancaria, plazo fijo, indemnización perdida, cola en la puerta de una sucursal y viejo volviendo a casa sin un mango. La macroeconomía habla de crisis financiera; la familia recuerda otra cosa: plata de trabajo tragada por una ventanilla que de pronto dejó de responder.

En marzo de 1980 cayó el Banco de Intercambio Regional, el BIR, uno de los mayores bancos privados de la época. La crisis no quedó ahí: en pocos días el Banco Central intervino otras entidades importantes y, según un estudio del FMI sobre la crisis bancaria argentina de 1980, en los dos años siguientes fueron liquidadas 71 instituciones financieras. La Nación habló luego de aproximadamente 100.000 damnificados por el cierre del BIR y de un perjuicio para el Estado equivalente a 3.200 millones de pesos. No era un detalle administrativo: era el sistema financiero mostrando los dientes justo sobre el ahorrista común.

En mi memoria familiar aparece esa herida. El nombre exacto del banco que le comió la indemnización a mi viejo queda para verificar con papeles familiares; pudo haber sido el BIR u otro banco de aquella misma familia de naufragios financieros. Pero el mecanismo no necesita demasiado maquillaje: un trabajador junta años del cuerpo en una indemnización, la deposita creyendo que el banco es resguardo, y un día descubre que la seguridad también tenía agujero, gerente, sello y expediente. No era solamente dinero: era tiempo trabajado, espalda gastada, futuro mínimo, una promesa de respiro. La Argentina también saqueó así.

Por eso el corralito no fue el primer robo bancario sufrido por el pueblo. Fue la versión televisada de una pedagogía anterior. Cuando el sistema financiero se rompe, el pequeño ahorrista aprende que su plata era privada mientras entraba al banco, pero su pérdida se vuelve pública sólo para olvidarla. Para el grande siempre aparece ingeniería. Para el chico, resignación. Y si reclama, expediente largo, abogado caro y justicia con sueño.

El pecado argentino no fue solamente robarle al Estado. Fue convencer al pueblo de pagar las deudas de quienes lo saqueaban.

Hasta aquí llega la primera parte: del puerto esclavista a la deuda convertida en carga pública, pasando por la ventanilla bancaria donde el ahorrista descubrió que el sistema también podía robar con formulario. No es todavía la lista completa de los vivos; es el subsuelo moral, histórico y financiero sobre el que después caminaron los modernos empresarios de Estado.

La segunda parte entra en los expedientes modernos: concesiones, correo, cemento, obra pública, sobornos de modernización, políticos devenidos empresarios, jueces distraídos y juramentos solemnes que ya no alcanzan para tapar la mugre.

Fuentes de respaldo — Parte I

Selección de fuentes documentales usadas como respaldo. No reemplazan el desarrollo del ensayo; sirven para sostener los datos duros y las cautelas editoriales.

• Instituto Nacional Sanmartiniano — Cartas desde el ostracismo / San Martín y la política argentina: https://sanmartiniano.cultura.gob.ar/noticia/cartas-desde-el-ostracismo/

• Cancillería Argentina — Testamento de San Martín y legado del sable corvo a Juan Manuel de Rosas: https://www.cancilleria.gob.ar/es/institucional/patrimonio/museo-de-la-diplomacia-argentina/una-replica-del-sable-corvo-del-general

• Museo Histórico Nacional — Sala del sable corvo de San Martín: https://museohistoriconacional.cultura.gob.ar/exhibicion/sala-del-sable-corvo-de-san-martin/

• Argentina.gob.ar — Güemes, líder revolucionario: https://www.argentina.gob.ar/noticias/guemes-lider-revolucionario

• Argentina.gob.ar — Martín Miguel de Güemes y su ejército de Infernales: https://www.argentina.gob.ar/noticias/martin-miguel-de-guemes-y-su-ejercito-de-infernales

• Argentina.gob.ar — El general Güemes y el Plan Continental Sanmartiniano: https://www.argentina.gob.ar/noticias/el-general-guemes-y-el-plan-continental-sanmartiniano

• Ministerio de Cultura de la Nación — Historia de la esclavitud en Argentina: https://www.cultura.gob.ar/historia-de-la-esclavitud-en-argentina_4933/

• Ministerio de Cultura de la Nación — El origen africano de la Argentina: https://www.cultura.gob.ar/el-origen-africano-de-la-argentina_6165/

• Repositorio UNL/MinCyT — Rodolfo Trostiné, Martín de Álzaga y comercio negrero: https://repositoriosdigitales.mincyt.gob.ar/vufind/Record/UNLBT_ccaec152b7ad1aeadacf14ce00cd9497

• Argentina.gob.ar — Juan Bautista Alberdi: https://www.argentina.gob.ar/node/274828

• Argentina.gob.ar — Sitio del fusilamiento de Manuel Dorrego: https://www.argentina.gob.ar/sitio-donde-se-llevo-cabo-el-fusilamiento-del-coronel-manuel-dorrego

• Senado de la Nación — Homenaje a Enzo Bordabehere / corrupción política: https://www.senado.gob.ar/parlamentario/comisiones/verExp/874.06/S/PL

• Chequeado — Favaloro, Larreta y PAMI: https://chequeado.com/ultimas-noticias/que-se-sabe-sobre-la-relacion-de-horacio-rodriguez-larreta-con-rene-favaloro/

• BCRA — Memoria Anual 1984: https://www.bcra.gob.ar/publicaciones/memoria-anual-1984/

• HCDN — Transcripción parlamentaria / Causa Olmos: https://www2.hcdn.gov.ar/secparl/dtaqui/inserciones/132/reunion15/5argumedo.html

• Secretaría de Derechos Humanos — Responsabilidad empresarial en delitos de lesa humanidad: https://www.argentina.gob.ar/derechoshumanos/unidadespecial/la-responsabilidad-empresarial-en-el-proceso-de-memoria-verdad-y-justicia-en-argentina

• FMI — The Argentine Banking Crisis of 1980: caída del BIR, intervenciones bancarias y liquidación de 71 instituciones financieras en los dos años siguientes: https://www.elibrary.imf.org/display/book/9781557751874/ch02.xml

• La Nación — Tres condenados por el cierre del BIR en 1980: aproximadamente 100.000 damnificados y perjuicio estatal equivalente a 3.200 millones de pesos: https://www.lanacion.com.ar/economia/tres-condenados-por-el-cierre-del-bir-en-1980-nid14363/

• La Nación — La Justicia falló en favor de los miles de ahorristas de BIR: condena por administración fraudulenta tras casi 17 años de trámite judicial: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/la-justicia-fallo-en-favor-de-los-miles-de-ahorristas-de-bir-nid69772/

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