Por REDACCIÓN
Por Hugo Borgna
Le habría gustado a este enero comandar un nuevo ciclo, un modo de ver las cosas definitivamente instalado, donde todos aguardaran su llegada una vez al año para concretar ese hecho que siempre ocurre en los meses siguientes: le hubiera gustado que se le aplicara la frase “mes plus”, un atado de tiempo que todos esperan para las grandes realizaciones.
No pudo ser.
Este enero creció con las conocidas expectativas, formuladas desde antes, cuando transcurrían los predecesores noviembre y diciembre. No pudo o tal vez no supo cómo.
Antes de que hubiera actividad, se encontró con un feriado que no podía ignorar; tener el número “uno” no siempre da el poder de iniciar. Alguien había ganado el derecho al reposo y, antes de que se diera cuenta, se encontró con el silencio activo de la palabra vacaciones.
Sus impulsos legalizados de “no hacer” se vieron postergados en el interior de confortables camas y sábanas que se movían como olas bostezando quietas jornadas. (“me levanto, no me levanto”). Cuando llegó clara la consigna fue tarde, enero había perdido uno o dos días: no había contado con la astucia de los “derechos adquiridos”. Sólidos, quietos, inamovibles.
Enero inició pero no el movimiento. Fue un comienzo sin la necesaria orden de acción.
Perdió la oportunidad de hacer historia activa, esa que es buena de origen. Desde el otro lado del océano, España había creado una copla popular tendiente a consumar la idea del poder de enero, haciéndolo líder del calendario y poniendo con energía el pie en el día “uno”: los cultores del contacto con los toros dieron vigencia a una estrofa sólo para valientes: “Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo y cuatro de abril. Cinco de mayo, seis de junio y 7 de julio, San Fermín”.
Fue la oportunidad de platino de enero, para instalar su dominio: en lugar de decir “Uno de enero, dos de febrero…” pudo haber dicho “Primero” de Enero, atento a ese modo de nombrar indistinto que usa a veces la gente.
No lo hizo, y dejó pasar esa posibilidad de liderazgo.
Había estado demasiado discreto. Se achicó, y eso hace sospechar que no le interesa el modo de competir donde el que llega primero llega dos veces.
Algunos estudiosos de las conductas en papel de un año de duración, buscan explicarlo de otro modo. Sostienen que enero padece un ligero temor a la influencia de la superstición, que sentenciosamente hace que deban respetarse algunas fechas: habiendo advertido que este texto vería la luz un martes trece, enero no programó para hoy casamiento, ni contrató un crucero.
En una palabra, arrugó. La consecuencia es que fueron más días perdidos para el liderazgo.
Debe ser por todo eso que se prorroga el cumplimiento de obligaciones y se carga para un enero, supuestamente elástico, aludiéndolo como “para el año que viene” en lugar de “para enero”
Y así le va cada fin de año; el primer mes es visto como un espacio vacío, olvidado desde siempre. Las actividades están todas en pausa, con persianas que solo hablan con las baldosas. “Está todo cerrado”. Aturdido por la organización de un inmediato viaje, enero transcurre sin obligaciones ni interés, acercándose serenamente a su fin sobre una almohada de laureles.
Transita sin pasión esa pequeña porción de días que no alcanza para dar motivo a un nuevo viaje, sobra para seguir “cocinándonos en casa”, y obliga a consumir cotidianamente para llegar al inevitable febrero y al utilitario trabajo.
Es cuando parece surgir la urgente voz de enero, con frases como “¿ahora quieren que me vaya antes de tiempo? ¡No es el mismo apuro que me reclamaban cuando estábamos en diciembre!”