Por REDACCIÓN
Todos crecimos viviendo un domingo cualquiera en el que podíamos salir a jugar con los amigos del barrio un día entero y volver a nuestras casas, sucios y cansados por la noche. O yendo al río a llevar nuestra inquietud para sacar peces con un boguero improvisado y con carnada hecha de pan con mostaza. O esperando que pase el tiempo para que llegue la hora de la serie favorita. O yendo a la cancha del equipo del barrio para alentar desde la tribuna mientras regábamos el cuerpo con unas cervezas bien heladas.
Un domingo cualquiera vimos descender a nuestro equipo de primera división y un año después, lo vimos salir campeón y ganar un clásico. O nos levantamos con la resaca de la salida nocturna de un sábado, mientras nos reíamos en silencio de las cosas bien vividas. O nos despertábamos para organizar un encuentro con alguien a quien conocimos la noche anterior.
Un domingo cualquiera podíamos disfrutar de lo que espontáneamente se presentaba sin haberlo planificado.
Cualquier domingo tu propia biblioteca interior puede mostrarte tu pasado, los veranos de la infancia, las noches con amigos, las salidas con esa chica, y revisar en tus memorias las cosas que has querido. Porque el que recuerda es, principalmente, porque ha querido aquello que busca en la presencia de lo pasado.
“Un domingo cualquiera” puede ser la forma que tiene una invitación impensada para organizar una juntada. Y ese domingo te encontrás sentado con un veterano de Malvinas que te cuenta con la voz ronca y resquebrajada, que la única vez que habló con su padre “de hombre a hombre” fue cuando volvió de la guerra, o te dice que el olor a pólvora en la carne herida de un soldado muerto es algo que nunca se olvida. Y ese domingo puede contarte que los 2 de abril de cada año, los pasa solo como un ermitaño recordando todo: los pasos raudos y firmes de un coronel, las órdenes rápidas de carga y descarga, los aviones Hércules surcando los cielos australes, el amigo muerto no recuperado, la charla de un soldado mutilado que no llegó al verano, el reencuentro inesperado con alguien que tendría que haberse hundido en el Belgrano. Y todas esas imágenes de valor, orgullo y dolor se mueven como un torbellino en su pecho, que saltan en su garganta y se atropellan en su voz. Y las lágrimas… las lágrimas contenidas de tanto silencio que ha guardado.
Ese domingo cualquiera nos reunimos en una casa santuario de Rafaela. La curiosidad del nombre no resulta anecdótica, porque significado etimológico se traduce del hebreo como “Dios ha sanado” o “la medicina de Dios”. Y es que desde la puerta de entrada y toda pared, habitación y resquicio de esa casa, vemos imágenes religiosas, estatuillas, rosarios, estampillas, la Cruz de Cristo, la imagen de la Virgen, los santos, ángeles y arcángeles, San Miguel atravesando al Dragón. Y todo eso, todo, tiene un solo sentido, un nombre, una ausencia, una presencia necesaria, un recuerdo y una necesidad: Emanuel.
Ese cualquier domingo conocés la historia de Emanuel, a su hijo que crece extrañándolo, a su mujer que habla poco –y lo poco que habla es para decir y reafirmar que ella “confió en la Justicia”– y observa todo – principalmente a su hijo que espera hablar con su padre preso ese domingo cualquiera–, a su padre que no para de moverse para atender a los invitados, a su madre que se atraganta de dolor y cuenta el perdón que el hijo siente para con aquellos que lo han acusado falsamente, lo han difamado y han roto su vida y la de la familia toda.
Es que el océano del odio, con su furia amenazadora, hizo brotar del fondo del abismo de una sociedad rota y fracasada, y de un violento sistema judicial que usando el terrorismo de estado como herramienta de censura, opresión y tortura, encarcela, juzga y condena a inocentes, probadamente inocentes, sobradamente probada su inocencia.
¿Por qué la sociedad ve inerte el maltrato a hombres inocentes que los tiranos, fiscales rabiosos y jueces coléricos de encarnizada injusticia, torturan? Si la sociedad busca remedio a sus males, es imprescindible que descubra las heridas causadas. Un pueblo será feliz cuando los que lo gobiernen amen la sabiduría y aborrezcan la mentira.
Pero cuando el poder está en manos de ciudadanos perversos, la gente honrada está amenazada de caer en todo tipo de catástrofes y ruinas. Aunque la mirada de la sociedad sea de profundo desprecio hacia los que en lugar de dar justicia, imparten atropellos y violencia, el que ejerza el poder sobre el honrado, lo hará con cólera y furor desmedido.
Parece que nadie se indignó de la bajeza de las injustas acusaciones a un inocente. Parece que nadie se indignó del injusto juicio a ese inocente. Parece que nadie se indignó con la injusta condena al inocente, mientras los sádicos disfrutan del mal que ocasionaron llamando crimen a la inocencia.
¿La ley que nos gobierna quedó al arbitrio de criminales perversos que, ávidos de la sangre y el sufrimiento de la gente de bien, ocultan la verdad y consienten la mentira, que protegen al culpable y condenan al inocente?
Un domingo cualquiera, deja de ser cualquier domingo cuando te encontrás no con un caso de injusticia evidente, sino con muchos casos, con rostros de familias unidas por el lacerante dolor interior de la injusticia rodeando una mesa bien servida por la cálida bienvenida del sol invernal al mediodía.
Un domingo cualquiera te das cuenta que un juez no es tal cosa, sino un verdugo de la verdad; entendés que un fiscal no es un inspector, sino un sicario de los inocentes; y sabés que cualquiera que odia tiene las riendas sueltas para infringirte cualquier mal.
La causa más poderosa de estos males es que hemos olvidado quiénes somos, de dónde hemos venido y lo que queremos ser. Olvidados de nosotros mismos, olvidamos el fin de cada cosa. Olvidamos que esto no es azar ni infortunio, sino intención declarada de provocar el mal y evitar el bien.
Será hora ya de empezar a emplear remedios fuertes a estas atrocidades, sin levantar las tinieblas de las pasiones que perturban la inteligencia. Algo muere y algo mata: la mentira y la injusticia.
Mantengamos la vertical de la casa orante de la medicina que todo lo alcanza y encontraremos consuelo al bien perdido en un mundo abrumado.
Federico – Carpa Azul de Verdad y Justicia