Saltar menú de navegación Teclas de acceso rápido
Región Sábado 27 de Junio de 2026

La Nada y Dios, Dios y la Nada. Parte I El hombre ante la muerte

I. La pregunta no debería empezar por Dios

Agrandar imagen Reflexiones ante algo que a todos nos llega.
Reflexiones ante algo que a todos nos llega. Crédito: Marcelo Rico

Por Marcelo Rico

ITenía entre siete y nueve años cuando me acostaba en la cama y trataba de imaginar qué había después de Dios. Solo se me aparecía en mi mente un manto inmenso de oscuridad en el que yo trataba de bucear. Y me preguntaba infinitas veces: si Dios creó al mundo, al universo, ¿quién creó a Dios, o qué había detrás de Dios?

Tal vez ése fue mi primer error: poner a Dios en el centro, como si el problema fuera solamente saber si existe o no existe. Como si todo pudiera resolverse con una respuesta rápida: sí, no, tal vez, misterio.

Pero quizá la pregunta más concreta sea otra: ¿por qué necesitamos creer?

¿Por qué el ser humano necesita imaginar que después de la muerte hay una continuidad? Un cielo, un infierno, una reencarnación, una energía que vuelve, una luz, un tribunal, una madre esperando, un padre perdonando, un Dios acomodando las injusticias que la vida dejó abiertas.

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar la hipótesis a secas de que uno se muere y se termina todo?

Una médica con la que salí algunos años decía eso, con la frialdad limpia de quien ha visto demasiados cuerpos apagarse: te morís y te morís. Chau. No hay más nada.

Lo decía sin ceremonia, sin velas, sin poesía, sin consuelo metafísico. Como quien apaga una luz y no espera que la habitación siga iluminada por respeto a nuestras ilusiones. El corazón se detiene. El cerebro deja de emitir. La boca que hablaba queda muda. Una vida entera se interrumpe. Y punto. No hay más nada. La vi a mi madre apagarse, su última respiración, su mano enfriándose lentamente en mi mano, y nada, al cabo de un rato nada.

Pero hay otros dolores donde la promesa de volver no consuela. Hay personas que no imaginan la muerte como puerta, sino como apagón. No quieren reencarnar, no quieren otra vuelta, no quieren otra lección cósmica. Quieren que el ruido termine. Y eso obliga a mirar la creencia desde otro lugar: no todos sueñan con continuar; algunos apenas desean descansar, porque a veces el alma, si existe, solo pide silencio. Pero en su gran mayoría, el ser humano no soporta bien ese punto. No soporta el “chau”. No soporta que una vida entera —los amores, los hijos, las pérdidas, las traiciones, los cuerpos, las camas, las humillaciones, los domingos, los hospitales, los besos que no volvieron— pueda terminar en una interrupción biológica. Nos parece demasiado poco. Demasiado seco. Demasiado injusto. El vacío nos parece una grosería.

II. Creer como forma de no soltar

Entonces inventamos la continuidad. No siempre porque sepamos algo. A veces porque no soportamos no saber. A veces porque el miedo necesita una arquitectura. A veces porque el amor no acepta que aquello que amó desaparezca del todo. Creer es, muchas veces, una forma elegante de no soltar. Una rebelión contra la nada. Esa famosa nada increpada por tantos filósofos. Una escupida humana contra la biología.

Seguí a Diario La Opinión de Rafaela en google newa
Comentarios

Te puede interesar

Teclas de acceso