Por REDACCIÓN
Por Hugo Borgna
Aunque parecería que una cosa no tuvo nada que ver con la otra, sí hubo una causa y una consecuencia (“una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”, como diría Alfredo Zitarrosa)
Algo es verdad histórica: la Rubia Mireya no obtuvo el premio Nobel de literatura, y se puede decir con total seguridad. Pero hay otro elemento que hace que se vea la cuestión como hecho no común: esta persona, Mireya no era mujer sino, desde todo punto de vista, un Mireio.
Todo empieza con el emblemático Tiempos viejos, compuesto por Manel Romero en 1926. Para que la memoria trabaje más tranquila, habrá que referir algunas partes de la letra.
“…te acordás hermano la Rubia Mireya, que quité en lo de Hansen al guapo Rivera, casi me amasijo una noche por ella, y hoy es una pobre mendiga harapienta ¿Te acordás, hermano, lo linda que era, se formaba rueda pa’ verla bailar. Hoy cuando en la calle la veo tan vieja, doy vuelta la cara y me pongo a llorar…”
Manuel Romero fue también empresario del espectáculo. En Tiempos Viejos (el tango) se recrea un tiempo pasado que necesitaba de personajes históricos (reales o ficticios), por eso se habla del guapo Rivera y de lo de Hansen, además de alguien que bailara bien el tango y fuera bella: momento en que surgió “la Rubia Mireya”, con todos los aditamentos que supone una historia (veraz o no), musicalizada.
¿Por qué habrá puesto a esa rubia mítica, vencedora de todos los tiempos y lugares de la historia? Ahora viene la explicación. Quedarán sorprendidos, lectores.
El ganador del premio Nobel de literatura en 1904 fue el poeta Frederic Mistral, autor de una poesía épica en 12 estrofas de un personaje romántico llamado Mireio (o, “Mirelho”, según la historia original).
Esta poesía épico-romántica se puso de moda en el ambiente cultural porteño. Manuel Romero tomó a “Mireio” y lo incorporó a su espectáculo: le daba brillo y actualidad literaria. En distintas traducciones fue “Mirelha”, “Mirelia” y finalmente “Mireya”.
Volvemos ahora a la pregunta originaria del origen del nombre para el show.
Necesitaban a una mujer como personaje que ilustre con su presencia el ambiente de la diversión nocturna. Bella y buena bailarina.
Así se concretó la transformación que no habría imaginado nunca el poeta que escribió en lengua occitano (lengua romance derivada del latín que hoy se habla en el sur de Francia).
Fue una epopeya con final inesperado. Frèdéric Mistral no contaba con la astucia de Manuel Romero quien, además, filmó la película Tiempos Viejos -en todos los casos con el embellecimiento que le dio la (ahora sí)- Rubia Mireya, con una trayectoria romántica y con vuelo en el tiempo, más audaz de lo que se hubiera podido prever, en la época de esplendor de Hansen, Armenville o el Palais de Glace.
Ellos quedaron allí, admirando todavía a la Rubia Mireya, alguien que (estamos empezando a sospechar) es posible que no haya existido.
. En otro tango (Esta noche me emborracho), Discépolo describió esta situación filosóficamente real (“fiera venganza la del tiempo que hace ver deshecho lo que uno amó”, pero el escepticismo discepoliano perdió con la ilusión romántica.
La Rubia Mireya es una figura atemporal.
Porque es bueno admirar la belleza en el baile y en la vida.
Le sigue dando esplendor de amor invencible.