Por REDACCIÓN
Por Hugo Borgna
“Tú – y yo – la luna – el sol – Ella – y él – la rosa – el clavel – Primavera – la espera – verano – la mano – otoño – un retoño – el invierno – un infierno – Eso es el amor – Sí, señor – dame un beso dame un beso - Dámelo por favor – Sí, señor”. (“Eso es el amor”, de Pepe Iglesias, el zorro)
Como en una novela de misterio, nuestra vida cotidiana transcurría en los años cincuenta -rozando un poco los sesenta- en una serie de enigmas. ¿Cómo serían las caras de esas personas que desde-el-interior-de-los-aparatos-de-radio nos hablaban? Estábamos iguales, es cierto: no los veíamos, salvo esporádicas apariciones en “Radiolandia”. Pero ellos tampoco nos veían.
Entonces en los medios, en todo su esplendor, se lucía algo que se bautizó como “la magia de la radio”, magia que se trasladaron luego a la de la televisión (alcanzó también al cine) y al fin, cerrando un nuevo círculo, ocurrió algo inesperado.
La proliferación de datos, finalmente, originó un cambio. Primero fue información visual: las figuras se hicieron populares primero en la telepantalla y como consecuencia ganaron espacios radiofónicos donde, como en el pasado, no se los veía.
José Angel Iglesias Sánchez, el recordado -o reconstruido en la memoria- Pepe Iglesias, nació en Buenos Aires el 11 de febrero de 1945. Vivió 76 activos años trabajando. Cuando el éxito empalidecía en Argentina, se radicaba en España o en Chile. Fue allí, detrás de la Cordillera, en que su figura y voz pasaron a la perennidad.
Fue compositor y también cantó. Su presencia no pasó inadvertida.
Jugaba con el sonido puro de las palabras. Llegó a crear frases hechas a partir de su gracia para acomodarlas. Como éxito mayor cantado de él quedó “Eso es el amor”.
Son también de su autoría “Soy universitario” (“Soy universitario y me gusta estudiar, si señor, si señor, si señor, pero me olvido de todo cuando bailo el cha cha cha”, “El chocolate estaba muy caliente por eso la lengua se quemó”, “Salí al balcón mi querida mariposa” y la emblemática “Esmeralda rascame la espalda”
Su fuerte sonoridad y divertida presencia hicieron que se destacara dentro de un vocabulario que nunca utilizó con en el doble sentido. Palabras simples, donde buscó el efecto gracioso de una rima fácil y casual, apoyadas en pegadizas músicas.
No hay que olvidar la capacidad para imitar voces. Fue el elemento de trabajo que lo hizo perdurar en las noches de humor con que se revistió LR 1, Radio El Mundo de Buenos Aires, en la recordada ubicación de Maipú 555: el locutor dialogaba con varios personajes en la misma noche, invitándolos a “ingresar” a la conversación. Era el momento en que el invocado (la voz de éste) cambiaba. Pepe Iglesias impuso frases que se hicieron populares. Ejemplo de eso es, “el suegro”, que arremetía con la punzante pregunta “¿Y cómo va eso “
Es fácil explicar por qué se ganaba al público, en el sector que abarcó Pepe Iglesias y en otros similares. La década del 50 se sigue identificando como la de “los años felices”, especialmente en lo que respecta a los cantores. “Los cinco grandes del buen humor” (luego “Los grandes del buen humor por el fallecimiento de Juan Carlos Cambón) también utilizaron una presentación con canto. Por lo demás, era una verdad instalada que el éxito llegaba más rápidamente al público masivo si el artista se presentaba en radio “El mundo”
El virtuosismo que ubicó a Pepe Iglesias en ese sitio de referencia es, sin duda, la capacidad para imitar voces. Por entonces, el canto y la imitación era (no hay que olvidar que estamos hablando
de “hacer radio”) un camino obligado para llegar al gran público.
Pero hay una pregunta flotando y habrá que lanzar un salvavidas de artes vocales.
Es obvio que esa carrera de tanta longitud se le preguntó muchas veces por qué ese apodo de “zorro”.
Explicó que durante su escuela primaria, desde su banco practicaba el don de la imitación, respecto de maestros y compañeros, lo que motivó que un maestro se le acercara y le dijera, para corregirlo -aunque sin enojo- una frase que le quedó y que, diferente de cuando él las creaba, la popularizó un tercero. En este caso un maestro.
Ah… ¡tú eres un zorro!, le dijo y siguió la clase como si nada.