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Región Sábado 19 de Septiembre de 2026

Radiografía de una ciudad que se come a sí misma

Sunchales 2040, Pablo Pinotti y el costo de administrar una estructura que no conserva ni transforma

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Radiografía de una ciudad que se come a sí misma. Crédito: Marcelo Rico

Por Marcelo Rico

Hoy salí a caminar.

No por ejercicio ni por algún súbito ataque de vida saludable; tampoco por consejo de mi doctora. Dejé el auto en el taller y tuve que atravesar una parte de Sunchales a pie para después volver a buscarlo. Debo confesar que no deseo caminar ni cruzarme con nadie. Estoy bastante retraído y cansado de escuchar quejas de gente que después entra al cuarto oscuro y, con admirable disciplina, vota otra vez aquello que lleva cuatro años puteando, estoy encerrado completamente en mi nuevo trabajo de investigación. Por ahora es una tesis y tal vez, solo tal vez, sea otra cosa.

Pero caminar una ciudad sirve.

Porque desde el auto uno pasa. Caminando, en cambio, la ciudad habla, también escupe.

Te paran.

Uno te comenta las luces. Otro los impuestos. Otro las calles. Otro el Municipio. Otra pregunta, ¿dónde estás? Otro putea a un funcionario. Otra pregunta qué están haciendo con la plata. Y en algún momento uno descubre que debajo de todas esas quejas aparentemente distintas existe una sola pregunta.

¿Hacia dónde va Sunchales?

No quién gobierna.

No qué partido.

No cuál es la próxima obra anunciada.

Hacia dónde.

Porque administrar una ciudad y construir una ciudad son dos cosas completamente diferentes.

Y ahí empieza el problema.

La vara que ellos mismos eligieron

Hay una ventaja en esta discusión, tal vez no sea una discusión, tal vez sea nada más que un escrito con preguntas desde mí mismo: no hace falta inventarle a la gestión Pinotti una vara ajena. La propia campaña de 2023 la formuló.

El 12 de mayo de 2023, cuando Ahora Sunchales presentó sus candidatos, Pablo Pinotti aparecía como candidato a intendente y Andrea Ochat encabezaba la lista para el Concejo. La propuesta fue presentada bajo el nombre “Proyecto Ciudad Sunchales”, organizada en cinco ejes: planificación y gestión territorial, modernización del Estado, infraestructura y servicios, desarrollo humano y desarrollo económico.

Y aquel proyecto partía de dos preguntas casi idénticas a las que hoy corresponde devolverles:

¿Qué ciudad queremos? ¿Qué municipio se merece Sunchales?

No son preguntas mías. Eran las preguntas de ellos. Y una promesa electoral no es decoración de campaña: es una obligación política contra la cual después debe medirse a quien gobierna.

Pinotti afirmó entonces que llevaba más de un año trabajando con “un plan y un equipo” y que ese equipo le daba respaldo para presentarse a la Intendencia. La campaña prometía una Municipalidad presente, ágil, cercana, transparente, planificada, participativa, vinculada al sector privado y fuertemente profesionalizada. También presentaba a Ochat no como una futura funcionaria del Ejecutivo, sino como la candidata que pretendía renovar su banca en el Concejo.

Eso vuelve la evaluación de 2026 bastante sencilla: no se trata de exigir una utopía, sino de comparar, sin indulgencia, la ciudad que prometieron con la ciudad que están produciendo. Si la distancia es grande, no alcanza con administrar explicaciones: hay que responder por resultados.

Los impuestos no existen para pagar sueldos

Hay una confusión muy, pero muy grande y que parece haberse naturalizado.

Los ciudadanos no pagamos impuestos municipales para que exista una Municipalidad.

Pagamos impuestos para que exista ciudad.

El Municipio es el instrumento.

Los empleados municipales son necesarios.

Los funcionarios son necesarios.

Los vehículos, oficinas, computadoras, combustible, maquinaria y administración son necesarios.

Pero todos ellos son medios.

Nunca pueden convertirse en el objetivo final del sistema.

Una ciudad no está bien administrada porque consigue pagar los salarios a fin de mes.

Una ciudad está bien administrada cuando, después de pagar los salarios, todavía queda ciudad. Y, fundamentalmente, queda proyecto de ciudad.

Los números, vamos a los números me diría mi amigo Alfonso Carlos, los números de 2026 vuelven esta discusión bastante menos filosófica.

Hasta el 31 de agosto, la Municipalidad había devengado aproximadamente $14.708 millones en gastos totales. De ellos, $10.944 millones correspondían a gastos de personal.

Es decir: aproximadamente tres de cada cuatro pesos gastados por el Municipio terminaron absorbidos por personal.

Mientras tanto, la inversión real directa alcanzó unos $277 millones.

Menos del dos por ciento del gasto total.

No hace falta insultar: alcanza con leer la proporción.

Pero tampoco hace falta maquillarla. Una estructura que absorbe aproximadamente tres de cada cuatro pesos del gasto debe demostrar, peso por peso, qué ciudad produce a cambio.

Y hay otro dato.

El presupuesto 2026 contemplaba 526 personas distribuidas entre planta permanente, temporaria, prestadores de servicios, funcionarios, estructura del Concejo y asesores.

Entonces la discusión que debe darse no es aquella caricatura primitiva de “empleados municipales sí” o “empleados municipales no”.

La pregunta es mucho más seria:

¿Qué produce esa estructura?

¿Qué capacidad nueva genera?

¿Qué transforma?

¿Qué problema elimina?

¿Qué oportunidad económica crea?

¿Qué actividad atrae?

¿Qué inversión induce?

¿Qué patrimonio mejora?

¿Qué ciudadano deja mejor preparado que antes?

Porque si la respuesta final consiste solamente en que la estructura consigue mantenerse a sí misma, dejamos de tener un Estado municipal.

Tenemos una maquinaria de supervivencia administrativa. Y cuando el aparato se vuelve más eficaz para sostenerse a sí mismo que para transformar la ciudad, el problema ya no es solamente de tamaño: es de finalidad.

“Profundizá”, me pediría Zazpe. Ahí vamos: Pinotti no acaba de llegar

Pinotti no es un vecino que apareció en 2023, ganó una elección y recibió una ciudad desconocida.

Su trayectoria pública oficial empieza, al menos, en 2005, en el Instituto Municipal de la Vivienda. Luego fue subsecretario municipal de Promoción Social; concejal entre 2011 y 2015 —llegó además a presidir el Concejo—; coordinador provincial del Nodo Rafaela; subsecretario de Comunas y Municipios de Santa Fe; diputado provincial entre 2019 y 2023; y finalmente intendente.

No estamos ante un aprendiz con la mamadera en la mano. Hace años que su trayectoria profesional documentada transcurre dentro del Estado, y con creces.

Ha ocupado prácticamente todos los balcones desde los cuales podía observar Sunchales.

Municipio. Concejo. Gobierno provincial. Legislatura. Intendencia.

La experiencia debería ser una ventaja extraordinaria. Después de semejante recorrido ya no sirve la coartada del desconocimiento, del aprendizaje ni de los problemas que recién se descubren al llegar. El ciudadano no paga para que el Ejecutivo ni su círculo aprendan.

Con ese recorrido, Pinotti debería saber perfectamente qué ciudad recibió, qué ciudad quiere y cómo piensa llegar de una a otra.

La pregunta es si esa segunda ciudad existe fuera de los discursos. Y, si existe, dónde están sus metas, sus plazos, sus indicadores y el plan capaz de volverla tangible.

La política como residencia permanente

La trayectoria oficial de Pinotti merece otra lectura. Ocupar cargos públicos no es, en sí mismo, reprochable: gobernar, legislar y administrar son trabajos legítimos y necesarios. El problema empieza cuando el Estado deja de ser una etapa de servicio y se convierte en domicilio laboral.

Pinotti conoce la máquina porque una parte sustancial de su vida profesional documentada transcurrió dentro de ella. No puede presentarse como víctima de una estructura que le resulta ajena: es uno de los dirigentes que llevan años habitándola, legislándola y administrándola.

Cuatro años y a casa

Mi criterio, en esto, es severo y simple: la función política debería tener un límite. Un período. Cuatro años. Después, a casa.

Y cuando digo a casa digo a la vida civil. No a otro despacho.

Si fuiste intendente, no uses la Intendencia como escalón para convertirte en diputado. Si fuiste diputado, no saltes al Senado. Si fuiste senador, no busques otra ventanilla pública desde la cual prolongar la misma carrera. Gobernar debería ser una interrupción temporal de la vida civil para servir y, terminado el mandato, volver a vivir bajo las mismas reglas que uno ayudó a imponer.

Esto no tiene nada que ver con despreciar al empleado público de carrera, al técnico, al médico, al docente o al trabajador municipal. Hablo de la dirigencia política y de los cargos de poder convertidos en profesión permanente.

Porque hay una pregunta que atraviesa toda esta radiografía: ¿hasta cuándo el ciudadano común está dispuesto a financiar la supervivencia personal del político profesional?

La democracia cuesta dinero y debe costarlo. Gobernar, legislar, controlar y administrar son funciones necesarias. Lo que no debería financiar el contribuyente es una biografía laboral construida enteramente sobre una cadena de cargos. Y por, sobre todo, una verdadera democracia.

Entonces invirtamos la pregunta. No solamente cuánto necesita el Estado para funcionar, sino cuánto Estado necesita el político para seguir funcionando él.

El ciudadano trabaja, produce, arriesga, pierde, vuelve a empezar y paga las consecuencias de sus errores. El dirigente profesional puede equivocarse durante años, reconstruir su relato y aparecer en otro cargo. Esa diferencia importa. Por eso la alternancia no es sólo una regla electoral. Es higiene democrática.

Hay que volver a casa. Volver a trabajar. Volver a pagar impuestos. Volver a ser gobernado. El que nunca baja del escenario corre el riesgo de terminar creyendo que el teatro le pertenece.

Con Oscar Trinchieri fui opositor frontal; trabajé políticamente para desplazarlo y lo hicimos. Con los años pudimos incluso sentarnos a compartir mates y enumerarle desprolijidades y debatir infinidad de cosas. Esa distancia me dejó ver algo que entonces leía sólo como soberbia o encierro: el poder, cuando se prolonga, puede deformar la relación de una persona con el cargo. Mucho después descubrí que la literatura sobre liderazgo habla de hubris. No necesito diagnosticar a nadie a distancia. Me alcanza con algo bastante más pedestre: el poder sin límites puede hacerle creer a cualquiera que el sillón es suyo.

¿Qué riesgo conoce quien administra el riesgo de los demás?

El currículum público de Pinotti consigna formación académica y una prolongada trayectoria política. No muestra, al menos allí, una experiencia equivalente creando una empresa propia, sosteniendo una unidad productiva o arriesgando capital personal. Eso no prueba que esa experiencia jamás haya existido. Simplemente no permite exhibirla como antecedente de gestión económica.

Eso no inhabilita a nadie para gobernar. Y ser empresario tampoco concede inteligencia, honestidad ni competencia por ósmosis. Pero tampoco hagamos de cuenta que la experiencia del riesgo es irrelevante cuando se pretende administrar producción, empleo, inversión y recursos ajenos.

La pregunta es concreta: ¿qué comprensión práctica del riesgo tiene quien decide sobre producción, empleo e inversiones si su trayectoria pública conocida no muestra haber tenido que pagar una mala decisión con capital propio? Gobernar dinero ajeno exige, como mínimo, una conciencia feroz del costo del error.

Un comerciante que calcula mal puede perder sus ahorros. Un productor puede perder una campaña. Una PyME puede quebrar. Un trabajador independiente puede no llegar a fin de mes. El político profesional que administra mal, en cambio, demasiadas veces no pierde patrimonio: cambia de cargo, reconstruye su relato y distribuye el costo entre miles de contribuyentes.

No es una condena. Es una pregunta sobre experiencia, responsabilidad y consecuencias. Para un intendente que habla de desarrollo económico y articulación público-privada, no es una curiosidad biográfica.

Ochat: el voto pidió una cosa y recibió otra

Con Andrea Ochat la discusión es todavía más concreta: existe una cronología electoral documentada.

En mayo de 2023, Ahora Sunchales la presentó encabezando la lista de concejales y la comunicación pública hablaba expresamente de que buscaba renovar su banca. El 10 de septiembre la lista ganó y Ochat resultó electa. El 18 de septiembre, el propio Concejo Municipal la describía oficialmente como “concejala reelecta” que ocuparía una banca durante el período 2023-2027.

Sin embargo, a comienzos de diciembre Pinotti anunció que Ochat sería su Secretaria de Gobierno. El argumento fue que, ante la situación crítica del Municipio, su perfil resultaba necesario y que esa decisión “no la tenían definida”. El 6 de diciembre el Concejo informó su renuncia y el 7 de diciembre Ochat terminó su actividad legislativa sin asumir la banca para la que acababa de ser elegida. El 10 de diciembre ingresó al Ejecutivo.

No hace falta judicializar lo que es, antes que nada, una cuestión política y democrática. No digo delito. Para mí, eso constituye un engaño político: se pidió un voto para un destino y, una vez obtenido, ese destino fue cambiado.

El voto no es un cheque en blanco que el dirigente cobra y después endosa donde le conviene. Si una persona pide ser elegida para el Concejo y, una vez contados los votos, decide no ocupar esa banca para asumir un cargo ejecutivo, la ciudadanía tiene derecho a preguntar para qué le pidió entonces ese voto.

La explicación de que “la necesitaban” no elimina la contradicción; la agrava. Si Ochat era indispensable para el Ejecutivo, ¿por qué fue ofrecida para el Legislativo? Y si no lo era cuando se imprimieron las boletas, ¿qué cambió entre septiembre y diciembre?

Pinotti no puede quedarse con las dos versiones

Pinotti dijo que llevaba más de un año trabajando con un plan y un equipo. Ochat aparecía ante el electorado como la dirigente destinada a encabezar y renovar la representación en el Concejo; después de la elección pasó a ser, según la explicación oficial, tan necesaria para el Ejecutivo que abandonó antes de asumir el mandato que acababa de recibir.

Si el equipo estaba realmente definido como se aseguró en campaña, hay que explicar por qué una de sus figuras centrales fue ofrecida para una función y terminó inmediatamente en otra. Si no estaba definido, aquel “tenemos equipo” era bastante menos cierto y bastante más escenográfico de lo que se hizo creer. Y si el traslado de Ochat al Ejecutivo era una posibilidad conocida antes de votar, el electorado tenía derecho a saberlo.

No puedo demostrar con la documentación disponible en qué momento exacto se tomó la decisión. Sí puedo demostrar la secuencia: se pidió un voto para el Concejo, ese voto se obtuvo y la persona elegida fue destinada al Ejecutivo antes de asumir la banca.

Ninguna de las explicaciones deja bien parada la promesa: improvisación, un equipo presentado como cerrado cuando no lo estaba o información política relevante que el votante no conoció. En todos los casos, la oferta electoral y la ejecución posterior no coincidieron.

Por eso llamarlo engaño político no es una exageración retórica. Y Ochat no fue un objeto pasivo: aceptó ser candidata, fue elegida y luego aceptó abandonar esa representación para incorporarse al Ejecutivo. Tiene responsabilidad política propia. ¡La gente creyó y ella defraudó!

El administrador que “pone la cara”

Hay una forma de hacer política bastante extendida que consiste en transformar una función elemental del cargo en una hazaña personal.

Viajar. Gestionar. Pedir. Golpear puertas. Sacarse una fotografía con un ministro. Conseguir un aporte provincial. “Poner la cara”.

Pero gestionar ante Provincia no es heroísmo ni valentía excepcional.

Es parte del trabajo de un intendente. Se cobra un sueldo precisamente para hacer eso.

Tan absurdo sería felicitar a un intendente por pedir fondos como felicitar a un cirujano porque entró al quirófano.

Lo interesante viene después.

¿Qué pidió? ¿Para qué? ¿Dentro de qué proyecto? ¿Qué cambia estructuralmente? ¿Qué nueva actividad económica genera? ¿Qué efecto tendrá dentro de diez años?

Porque juntar aportes provinciales no necesariamente construye un proyecto de ciudad.

Pinotti acaba de conseguir, junto al Gobierno provincial, un convenio por $806 millones para intervenir el predio ferroviario, con bicisendas, espacio público, recuperación de galpones y el concepto de “sutura urbana”. Es una intervención importante y sería intelectualmente deshonesto negarlo.

Y entonces viene la pregunta que importa:

¿Es una obra o forma parte de una estrategia?

¿Qué habrá dentro de esos galpones dentro de cinco años?

¿Producción cultural? ¿Economía creativa? ¿Formación? ¿Gastronomía? ¿Incubadoras? ¿Emprendimientos? ¿Tecnología? ¿Turismo? ¿Mercados?

¿O tendremos simplemente un espacio más prolijo para seguir siendo exactamente la misma ciudad?

La diferencia parece pequeña.

Es gigantesca.

Sunchales ya supo pensar

Lo más curioso es que esta discusión no es nueva.

A fines de los noventa y principios de los 2000, durante la intendencia de Oscar “Pancho” Trinchieri, Sunchales construyó un Plan Estratégico.

No era un folleto electoral.

Hubo diagnóstico, participación institucional, escenarios, siete ejes estratégicos y programas transversales.

En 2001 se definía a Sunchales como una ciudad emprendedora, referente de la cuenca lechera, capaz de vincularse regionalmente, con desarrollo urbano, ambiental, educativo y productivo integrado.

Podemos discutir muchísimo sobre sus resultados, señalar errores e investigar cuánto costó y cuánto quedó efectivamente realizado. Debemos hacerlo.

Pero existía algo fundamental:

Había una pregunta acerca de la ciudad futura.

Después vino otra experiencia que conozco especialmente bien.

En 2003 participé decisivamente en la elaboración de una plataforma de gobierno que tampoco concebía al Municipio como un conjunto de oficinas aisladas.

El Estado no debía limitarse a gastar recursos.

Debía transformar esos recursos en capacidades que volvieran a circular dentro de la comunidad.

No sostengo que aquel proyecto hubiera convertido mágicamente a Sunchales en Helsinki.

Sería una estupidez. Falta demasiada cultura y educación.

Lo que sí demuestra es algo mucho más modesto y, quizá por eso, más difícil de esquivar:

Se podía pensar de otra manera.

No era un catálogo: era una máquina de conexiones

Bajemos esto a tierra, porque “transversalidad” puede sonar a una de esas palabras que la política usa hasta dejarla sin sangre.

La plataforma de 2003 proponía circuitos concretos. Educación y trabajo debían conectarse para que alfabetización, capacitación y escuela técnica desembocaran en empleabilidad. Promoción Social, Educación y Producción debían trabajar juntas para que un microemprendimiento no terminara en un curso y una foto, sino que pudiera producir, vender y hasta convertirse en proveedor de programas municipales.

Eso es un proyecto de ciudad. No porque cada idea fuera genial ni porque hubiéramos descubierto la pólvora. La diferencia estaba en otra parte: hacer que un mismo peso público, una misma persona y una misma institución pudieran participar de varios procesos antes de agotarse en una oficina.

El valor no estaba en crear una Secretaría más. Estaba en la circulación: el joven se forma y alimenta a la empresa; la empresa le dice a la escuela qué necesita; el jubilado transmite un oficio; Cultura aporta diseño; Ambiente recupera materiales; el Corralón fabrica; Producción ayuda a vender; Desarrollo Social detecta quién necesita entrar al circuito; y el Municipio mide, corrige y vuelve a empezar.

Parte de aquella arquitectura llegó incluso a convertirse en norma. El Fondo para el Fomento de Emprendimientos Empresariales fue creado por ordenanza en 2003 y recibió partidas presupuestarias. En 2004, otra ordenanza incorporó expresamente la articulación y evaluación “a nivel transversal” entre áreas municipales. Es decir: la idea no quedó solamente en un papel de campaña.

Lo grave no es que los gobiernos posteriores no hayan copiado una plataforma de hace veintitrés años. Eso sería una estupidez. Lo grave es que, después de veintitrés años, todavía podamos tener oficinas, programas, talleres, subsidios, cursos y empleados sin poder demostrar siempre qué circuito producen juntos y qué resultado acumulativo dejan.

Y tampoco voy a canonizar mi propio trabajo. Aquella plataforma tenía falencias que hoy le exigiría corregir: faltaban en varios puntos líneas de base, metas cuantificadas, responsables únicos, plazos e indicadores de resultado. Si la escribiera hoy, cada política tendría que responder cuánto cuesta, quién responde, qué cambia, en cuánto tiempo y cómo se mide.

Pero tenía algo que sigo considerando indispensable: no preguntaba solamente qué debía administrar el Municipio. Preguntaba qué capacidades debía fabricar la ciudad.

Una ciudad construida por sus privados

Hace treinta años que vivo en Sunchales.

Y cuando intento identificar los grandes motores que explican la importancia económica de la ciudad, la constatación es bastante simple.

El músculo fue fundamentalmente privado.

El Aristo, Alasia Hnos., Metalúrgica Fardin SRL, Foglia Válvulas, Metalúrgica Imhat, Rotania, Richiger, SanCor.

Después, y cada vez con mayor peso en la sociedad, Sancor Seguros.

Empresas. Cooperativas. Industria. Productores. Instituciones. Personas que arriesgaron capital. Personas que generaron empleo. Personas que trajeron conocimiento.

La pregunta es cuánto de ese crecimiento económico fue acompañado por una transformación urbana equivalente.

Porque una ciudad puede tener empresas extraordinarias y seguir siendo culturalmente pequeña, o nula.

Puede exportar productos y no producir vida urbana.

Puede generar riqueza durante el día y apagarse a las nueve de la noche.

Puede tener trabajadores altamente calificados y un centro que un domingo a la mañana parece evacuado por una amenaza nuclear.

Eso también es desarrollo.

O, mejor dicho, ausencia de desarrollo.

No porque el Estado deba abrir bares.

Sería ridículo.

Pero un gobierno municipal sí puede crear las condiciones urbanas, culturales, regulatorias y económicas para que una ciudad quiera vivir.

Espacio público. Gastronomía. Actividad nocturna. Eventos. Cultura. Juventud. Turismo. Patrimonio. Diseño urbano. Economía creativa. Universidad. Formación. Tecnología. Producción.

Una ciudad que ofrece razones para quedarse.

Sunchales produjo empresas capaces de pensar cincuenta años hacia adelante. La política municipal, en cambio, no ha demostrado la misma capacidad.

Ésa es la contradicción que merece ser discutida: una comunidad con enorme capacidad privada para organizar capital, tecnología, producción y empleo, pero con una estructura política que no ha demostrado con la misma claridad su capacidad para convertir esa potencia en ciudad.

¿Salvar empresas? No. Preservar capacidades

Acá tampoco compro la discusión fácil: o el Estado mira desde la vereda cómo una empresa se hunde o sale a salvar al dueño. No. El Estado no tiene obligación de rescatar al empresario que administró mal, no quiso invertir o llegó tarde a un cambio tecnológico. El contribuyente no tiene por qué convertirse en socio obligatorio de una mala gestión privada.

Pero cuando una fábrica baja definitivamente la persiana no desaparece solamente el capital del dueño. Se van oficios, proveedores, técnicos, conocimiento, máquinas, formación y memoria productiva. Y eso sí es un problema de ciudad.

Un Municipio no debería descubrir la importancia de una fábrica el día que aparece el candado. Puede acercarse antes, detectar atraso tecnológico o problemas de sucesión, vincular técnicos, escuelas, universidades, crédito o posibles socios. No para salvar al dueño. Para intentar que una capacidad productiva no se evapore con él.

Y ahí vuelve aquella lógica de 2003: un técnico, un industrial o un docente jubilado no es conocimiento vencido. Puede enseñar, diagnosticar, acompañar y transmitir experiencia a una empresa, una escuela técnica o un pibe que recién empieza. Jubilar a una persona no obliga a jubilar también lo que sabe.

El límite es claro: acompañar, articular, anticipar. No garantizar patrimonios privados ni subsidiar eternamente errores. La pregunta no es “¿cómo salvamos esta empresa?”. Es otra: ¿qué pierde Sunchales si esa capacidad desaparece y qué podemos hacer antes de que sea tarde?

Economías regionales: menos gárgara, más resultados

Hay otra expresión con la que la política local y provincial llevan años haciendo gárgaras: desarrollo local, economías regionales, emprendedurismo, agregado de valor, articulación público-privada. Perfecto. Saquemos las palabras y miremos qué dejaron.

La propia estructura municipal dice que debe fortalecer recursos locales, generar valor, atraer inversiones e identificar nuevas actividades económicas. Y Sunchales no es un desierto productivo: el Censo Industrial 2025 registró 91 establecimientos industriales. Músculo hay. La pregunta es qué hace el Estado municipal con ese músculo.

¿Cuántas actividades nuevas aparecieron? ¿Cuántos emprendimientos dejaron de ser una foto y se convirtieron en empresas? ¿Cuánto valor que antes se iba de la ciudad se genera hoy acá? ¿Cuánto empleo privado nuevo, tecnología y capacidad productiva quedaron después de tantos discursos?

No voy a decirle al gobierno qué tiene que producir, cultivar o fabricar. Para pensar eso existen funcionarios, técnicos, secretarías y un presupuesto que pagamos entre todos. Una feria, una huerta, un crédito o un curso pueden ser útiles. Pero una suma de cosas útiles no necesariamente constituye una estrategia.

Y ahí aparece otra consecuencia: una ciudad que genera más actividad y más valor también amplía su capacidad para financiar su propio futuro. Gestionar fondos provinciales o nacionales corresponde. Lo preocupante sería que, para cada transformación importante, hubiera que seguir llegando a Santa Fe o a la Nación con la escupidera en la mano.

Gobiernos que no llegan ni al viernes

Hay gobiernos que no llegan ni al viernes con la planificación.

El día a día se los come. El pozo de hoy. La rotura de mañana. El reclamo. La luminaria. El proveedor. El sueldo. La emergencia. La reunión. La foto. El viaje a Santa Fe. Todo parece importante porque todo llega tarde.

Y mientras corren detrás de lo urgente, desaparece lo importante.

Eso también es mala gestión. Gobernar no consiste en levantarse cada mañana a resolver lo que explotó durante la noche. Gobernar es saber qué ciudad se quiere dentro de diez o veinte años y ordenar las decisiones de hoy para llegar hasta allí.

Cuando ese horizonte no existe, pasan treinta años y la ciudad sigue esencialmente en el mismo lugar. Cambian intendentes, funcionarios, slogans y logos. Pero demasiadas estructuras permanecen iguales.

Hasta las hamacas.

La imagen puede parecer doméstica, incluso menor. No lo es. Una ciudad detenida también se mide en esas pequeñas permanencias: espacios que envejecen sin ser repensados, infraestructura que sólo se remienda y una administración que confunde continuidad con progreso.

La paradoja del presupuesto

Y ahí volvemos al principio.

En marzo de 2025 Pinotti presentaba una Municipalidad “financieramente sólida”, destacando que pagaba salarios y proveedores sin endeudamiento.

Un año y medio después, los estados contables acumulados hasta agosto de 2026 muestran $13.487 millones de recursos corrientes frente a $14.352 millones de gastos corrientes.

Un desahorro corriente superior a $864 millones.

Y un resultado financiero negativo de aproximadamente $541,5 millones.

Estos números no prueban que la Municipalidad esté quebrada, que mañana no pueda pagar salarios ni que cada peso esté mal gastado. Muestran algo más serio:

El margen para transformar la ciudad se achica mientras la propia estructura consume una proporción extraordinaria de los recursos.

Subir tasas puede ser necesario. Pero antes de preguntar cuánto más debe pagar el contribuyente, hay que preguntar para financiar qué modelo de ciudad. ¿O simplemente para sostener una estructura política que corre el riesgo de convertirse en un fin en sí misma?

La campaña agrega otra vara: Pinotti había dicho que quería saber exactamente en qué gastaba el Municipio, cómo estaban los recursos humanos y que no era necesario tener una planta política sobredimensionada cuando existía personal municipal con experiencia. Ahora hay que medir esa promesa contra la estructura real que construyó su gobierno.

Pedir más recursos para alimentar exactamente la misma estructura no es un proyecto. Es exigirle más al contribuyente sin demostrar que el Estado está dispuesto a exigirse primero a sí mismo.

El Estado que no conserva

Hay otra manera, menos visible, en que un Estado puede comerse a sí mismo.

No solamente consumiendo sus recursos en su propia estructura.

También dejando deteriorar aquello que generaciones anteriores ya pagaron.

Una calle asfaltada no es simplemente una calle. Es capital público acumulado. Lo mismo ocurre con una señal de tránsito, un desagüe, una alcantarilla, una columna de alumbrado, una vereda, una plaza o cualquier infraestructura que la comunidad financió para durar.

Construir cuesta. Conservar cuesta muchísimo menos que reconstruir.

Por eso el mantenimiento no es la parte gris de una gestión ni una tarea secundaria que se hace cuando sobra dinero. Es una de sus responsabilidades centrales.

La ciudad que no mantiene empieza a pagar dos veces: primero pagó para construir y después paga por haber dejado destruir. Y entre ambos pagos está el vecino, esquivando el pozo.

Sunchales necesita saber si posee verdaderamente un sistema de mantenimiento urbano o si trabaja demasiado bajo la lógica de la emergencia: aparece el bache, se tapa; se deteriora una señal, se repone tarde; se rompe una calzada, se remienda; vuelve a romperse y se vuelve a intervenir.

Eso no es planificación. Es persecución del deterioro. Una ciudad que trabaja siempre detrás del daño termina pagando el precio de no haber pensado antes.

Una gestión moderna debería poder responder, casi calle por calle, cuántos kilómetros de pavimento posee, qué edad tiene cada tramo, cuál es su estado, qué mantenimiento preventivo requiere, cuánto cuesta conservarlo y cuánto costará reconstruirlo si se deja caer.

Porque el patrimonio urbano también se administra. Y administrar bien no consiste solamente en inaugurar lo nuevo. Consiste en impedir que lo viejo, todavía útil y ya pagado, se convierta en ruina.

Romper, tapar, volver a romper

Hay un ejemplo cotidiano que resume la falta de coordinación: las aperturas de calzada por reparaciones de servicios.

En distintas calles puede verse una sucesión de intervenciones por pérdidas o roturas de cañerías: se abre el pavimento, se repara el servicio, se rellena, se recompone la superficie y, semanas o meses después, el sector vuelve a hundirse o deteriorarse. Hay cuadras donde las cicatrices se acumulan una detrás de otra.

No alcanza con determinar quién rompió. La pregunta administrativa es quién controla cómo se recompone.

Si una cooperativa, empresa o prestador abre una vía pública, debería existir una especificación técnica precisa sobre excavación, compactación, base, restitución del pavimento, plazos de garantía, inspección y responsabilidad por fallas posteriores.

Y debería existir alguien que la haga cumplir.

Porque también existe responsabilidad estatal cuando un tercero rompe y el Estado no controla, recibe mal la reparación o permite que el costo del defecto termine otra vez en el bolsillo colectivo. El que rompe responde; el que debe fiscalizar y no fiscaliza también.

El mantenimiento exige programación. Y la programación exige datos, responsables, cronogramas, inspección y memoria institucional. Si cada rotura empieza de cero, la ciudad no administra: reincide.

La basura también desnuda al Estado

Hay escenas que resumen una gestión mejor que cualquier PowerPoint.

He visto recolectores de residuos trabajando sin guantes y con ropa que, a simple vista, resulta impropia para una tarea de riesgo. Eso, por sí solo, no me permite afirmar que el Municipio no entregue elementos de protección. Puede fallar la provisión, el uso o el control; en cualquiera de los casos hay un problema que debe explicarse.

Y el dato no aparece en el vacío. En un informe municipal de 2024, la propia gestión reconoció una “insuficiente capacitación” de recolectores y personal afectado a esas tareas, con consecuencias sobre la salud y seguridad de los trabajadores. Ese mismo año incorporó un servicio profesional de Higiene y Seguridad y una Comisión de Salud y Seguridad de los Trabajadores.

La pregunta es muy sencilla: ¿funciona?

Una ciudad también se mide por cómo trata a quienes hacen el trabajo que nadie quiere mirar. Si un trabajador manipula residuos sin protección adecuada, algo falló antes de que ese camión saliera a la calle.

Un Estado que no mantiene sus calles tampoco puede permitirse no mantener dignas las condiciones de quienes las limpian. Una ciudad deteriorada se ve en el asfalto roto. Pero también se ve en las manos del trabajador que recoge la basura.

Nueve mandatos y el sillón sindical

La permanencia como forma de poder tampoco es patrimonio exclusivo de la política partidaria.

Adrián Bertolini asumió en 2022 su noveno mandato consecutivo como secretario general del SOEM Sunchales, con el 96% de los votos emitidos.

Esos porcentajes obligan a reconocer legitimidad electoral. No está escondido en el cargo ni llegó contra la voluntad formal de los afiliados. Pero la legitimidad de una elección no cancela la pregunta por la salud institucional.

Nueve mandatos consecutivos son nueve mandatos consecutivos.

¿Una organización tiene un dirigente o el dirigente termina convirtiéndose en parte inseparable de la organización? ¿Qué renovación real produce una estructura que llega a nueve mandatos consecutivos sin otra conducción?

Mi objeción es la misma que frente al político profesional: el poder que no circula empieza a naturalizarse. Y lo que se naturaliza termina pareciendo propiedad.

Por eso, si se observan trabajadores realizando tareas de riesgo sin protección adecuada, la pregunta no debe dirigirse solamente al Municipio. También al sindicato. Una representación gremial no existe únicamente para discutir salarios, antigüedad o pases a planta. Existe para mirar las manos del trabajador y preguntar por qué están tocando basura sin guantes.

Después de nueve mandatos, esa pregunta no debería sorprender a nadie.

Controlar también es gobernar

La misma lógica aparece en el tránsito.

Una ciudad no se ordena porque tenga ordenanzas. Se ordena cuando esas normas existen, son razonables y alguien las hace cumplir.

Motos con tres o cuatro ocupantes y hasta cinco personas en una moto pude fotografiar, menores en contramano, docentes en contramano, cascos ausentes, escapes, velocidades, maniobras peligrosas o cualquier otra infracción visible no son solamente problemas de conducta individual. Cuando se vuelven paisaje cotidiano también hablan de la capacidad de fiscalización del Estado.

No se trata de transformar Sunchales en un cuartel ni de llenar la ciudad de multas. Se trata de algo mucho más elemental: que la norma tenga consecuencias.

Una norma que nadie controla termina convertida en una recomendación decorativa.

Por eso, si el Municipio sostiene una estructura de más de quinientas personas, corresponde preguntar cómo están distribuidos esos recursos humanos: cuántos inspectores hay realmente en calle, cuántos por turno, con qué móviles, qué cobertura horaria, qué cantidad de controles, qué reincidencias y qué resultados.

No alcanza con tener Estado en el organigrama. Hay que tenerlo en la calle, donde hace falta. Si no, la estructura existe en el papel y la ausencia se ve en cada esquina.

De la asistencia a la autonomía

La asistencia social y las políticas de empleo son otro lugar donde la ciudad debe dejar de contar beneficiarios y empezar a medir resultados.

Los viejos planes Jefas y Jefes de Hogar ya no constituyen el esquema vigente. Los programas nacionales fueron cambiando de nombre, dependencia y modalidad. Pero el problema de fondo sigue siendo el mismo: ¿la ayuda pública funciona como puente o termina convertida en residencia permanente?

No cuestiono que una persona en una situación crítica necesite asistencia. Un Estado que abandona al que cae es tan mediocre como uno que lo acostumbra a no levantarse.

La medida seria de una política social no es cuánta gente ingresó al programa, cuántos cursos se anunciaron ni cuántas fotografías produjo una capacitación.

La medida es cuántas personas salieron con un oficio, un empleo, una cooperativa viable, un emprendimiento sostenible o una capacidad nueva que les permita depender menos del propio Estado.

Asistir sin producir autonomía puede aliviar el presente y fabricar dependencia futura. Una política social que necesita beneficiarios eternos para justificar su propia existencia no resolvió el problema: aprendió a administrarlo.

Y acá vuelve una vieja idea: asistencia, educación, trabajo, producción y capacitación tienen que formar un circuito, no una colección de oficinas.

Una política de empleo fracasa si administra desocupados. Funciona cuando deja de necesitarlos como beneficiarios porque logró convertirlos en trabajadores, productores o emprendedores. El éxito de una política social debería medirse, en parte, por cuánta gente deja de necesitarla.

Cuatro preguntas para saber si hay gestión

A esta altura, la discusión puede reducirse a cuatro preguntas bastante simples.

¿Cuánto transforma el Municipio?

¿Cuánto conserva?

¿Cuánto hace cumplir?

¿Cuánta autonomía produce?

Un Municipio puede tener empleados, oficinas, secretarías, subsecretarías, vehículos, computadoras, presupuesto y comunicación institucional. Si no responde esas cuatro preguntas, tiene aparato. Gestión es otra cosa.

La mediocridad no siempre roba

Existe una idea infantil acerca del mal gobierno: imaginamos siempre corrupción, sobres, negociados o ladrones.

A veces el fracaso político es bastante menos cinematográfico.

Nadie roba nada.

Nadie se escapa con una bolsa.

Todo está firmado.

Todo tiene expediente.

Los sueldos se pagan.

Las oficinas abren.

Los funcionarios viajan.

Las gacetillas salen.

Se inauguran algunas cosas.

Se administran otras.

Y pasan los años.

Eso también puede destruir posibilidades.

Porque la mediocridad administrativa no necesita ser corrupta para resultar costosísima. La corrupción puede robar dinero; la mediocridad puede robar décadas.

Le alcanza con administrar el presente hasta consumir el futuro, dejando una ciudad que paga mucho por sostenerse y demasiado poco por transformarse.

La inoperancia sostenida, cuando se vuelve sistema y nadie responde por sus costos, también corrompe. No hablo necesariamente de delito. Hablo de algo anterior: corromper la finalidad misma del cargo. Cobrar para administrar y terminar administrando el deterioro.

No tengo todas las respuestas

No tengo todas las respuestas. Después de treinta años viviendo, mirando, trabajando y discutiendo esta ciudad, sería bastante estúpido creer que las tengo.

Lo que sí tengo, a esta altura, son las pelotas bastante infladas.

Infladas de gobiernos que improvisan. De dirigentes que mienten con una facilidad obscena. De gente que llega a cargos sin la espalda intelectual ni la experiencia que debería exigir el puesto. De funcionarios que descubren los problemas después de asumir. Y de políticos que convierten la función pública en una manera de sostener su propio bolsillo.

Y, sobre todo, de una cultura política donde casi nadie responde de verdad por nada. Juran por Dios. Juran por la Patria. Juran cumplir. Y cuando fracasan, demasiadas veces no pasa gran cosa.

Cambian de cargo. Cambian de relato. Cambian de foto. La ciudad, en cambio, no recupera los años.

Por eso no escribo esto porque crea saberlo todo. Lo escribo porque después de treinta años ya no acepto que improvisar, mentir o no estar a la altura del cargo se naturalice como parte del paisaje.

Debatir con la nada

Siempre fui un convencido de que los debates engrandecen. De la confrontación de ideas pueden salir correcciones, aprendizajes, proyectos mejores y hasta la posibilidad de reconocer que uno estaba equivocado.

Pero para debatir tiene que haber algo del otro lado.

Ideas. Argumentos. Una visión. Un proyecto. Datos. Alguna disposición a someter lo propio a la crítica.

Es muy difícil debatir con estructuras cuya principal respuesta es la continuidad, la gacetilla, la explicación administrativa o la supervivencia del cargo. Cuando no hay proyecto que confrontar, el debate empieza a chocar contra una pared vacía.

Sartre me fascinó por su reflexión sobre la nada. No voy a convertir esto en una clase de ontología ni a hacerle decir una frase que es mía.

Me permito una vulgaridad filosófica: si no tenés nada para ofrecer más allá de tu permanencia, terminás produciendo exactamente eso.

Nada.

La nada política no es silencio. Puede estar llena de discursos, reuniones, fotografías, cargos, expedientes y palabras. Es nada cuando todo ese movimiento no produce dirección, transformación ni futuro.

Por eso el debate no se vuelve difícil porque el otro piense distinto. Se vuelve estéril cuando del otro lado no aparece una idea de ciudad capaz de ser discutida.

Sunchales 2040: la pregunta que ellos mismos hicieron

Mi discusión con Pinotti no necesita ser personal para ser dura. Me da exactamente igual si es simpático, antipático, valiente, cobarde, buen tipo o mal tipo. Me interesan su gestión, sus promesas y sus resultados.

Pablo Pinotti, después de tantos años dentro del Estado, ¿qué Sunchales imagina concretamente para 2040?

No qué calle va a pavimentar.

No qué luminaria va a cambiar.

No qué subsidio consiguió.

No con qué ministro consiguió fotografiarse.

¿Qué ciudad?

¿De qué va a vivir?

¿Por qué un joven debería quedarse?

¿Por qué alguien debería venir?

¿Qué sectores productivos nuevos vamos a desarrollar?

¿Qué parte de esa transformación piensa financiar Sunchales con riqueza generada acá y cuánto seguirá dependiendo de salir a buscar afuera los recursos para cada obra importante?

¿Qué haremos cuando las empresas que hoy sostienen buena parte de nuestra economía cambien, se automaticen, se fusionen o simplemente dejen de necesitar tanta gente?

¿Qué hacemos con el ferrocarril?

¿Qué hacemos con nuestra historia cooperativa?

¿Qué hacemos con nuestra historia propiamente dicha?

¿Qué hacemos con la cultura?

¿Qué hacemos con la educación técnica?

¿Qué hacemos con la industria?

¿Qué hacemos con los emprendedores?

¿Qué hacemos con la noche?

¿Qué hacemos con los domingos?

¿Qué hacemos con una ciudad que económicamente produjo gigantes y urbanamente demasiadas veces se conformó con ser pequeña?

Ésa es la discusión.

Porque gobernar no consiste en mantener funcionando aquello que ya existe ni en administrar el desgaste con comunicados.

Para eso alcanza un administrador. Y a veces ni siquiera uno demasiado bueno.

Gobernar consiste en producir posibilidades que antes no existían.

Y cuando una Municipalidad destina tres de cada cuatro pesos de su gasto al personal, la pregunta deja de ser cuánto cuesta el Estado.

La pregunta definitiva es:

Después de pagar el Estado, ¿cuánto futuro queda? Y, si casi todo el esfuerzo se consume en sostener la estructura, ¿quién está trabajando realmente para la ciudad de mañana?

En 2023 Pinotti pidió el voto diciendo que sabía qué ciudad quería y que tenía equipo. Tres años después debe responder con algo más que reuniones, fotos y explicaciones administrativas: ¿dónde está aquella Sunchales segura, innovadora, con espíritu joven, integrada regional e internacionalmente y con una matriz productiva diversificada? ¿Qué indicadores muestran que nos acercamos a ella? ¿Qué parte del presupuesto construye esa transformación?

Pagar los sueldos es obligación, no epopeya.

Una ciudad está bien gobernada cuando, después de administrar el presente, todavía queda futuro. Si no queda futuro, no hubo gestión: hubo mantenimiento del poder y administración del deterioro.

Notas y fuentes

• Municipalidad de Sunchales. Subsecretaría de Obras y Servicios Públicos: competencias de mantenimiento de ripios, pavimentos y caminos rurales.

• Municipalidad de Sunchales. Informes de gestión 2024-2026: bacheo, mantenimiento vial, compra de insumos y acciones de reparación de calzadas.

• Concejo Municipal de Sunchales. Documentación 2024 sobre recursos y movilidad de Seguridad Vial; antecedentes sobre capacidad operativa de control.

• Municipalidad de Sunchales. Oficina de Empleo e informes de programas de capacitación, huerta, vivero y articulación con beneficiarios de programas nacionales.

• Normativa nacional vigente sobre Volver al Trabajo y Acompañamiento Social, sucesores del esquema Potenciar Trabajo.

• Municipalidad de Sunchales. Ejecución de egresos 2026, base devengado anual, corte al 31 de agosto de 2026.

• Municipalidad de Sunchales. Cuenta Ahorro-Inversión-Financiamiento 2026, corte al 31 de agosto de 2026.

• Municipalidad de Sunchales. Perfil institucional y trayectoria pública de Pablo Pinotti.

• Concejo Municipal de Sunchales y prensa local. Presupuesto municipal 2026 y estructura de personal.

• Diario La Opinión. Convenio Brigadier para intervención del predio ferroviario.

• El Litoral. Antecedentes del Plan Estratégico de Sunchales, 2001.

• Documento de trabajo “Sunchales 2003–2026. Auditoría histórica y contrafáctica de la Plataforma de Gobierno Toselli 2003”, Marcelo Rico, agosto de 2026.

• Vía País / Vía Rafaela, 12/05/2023. “Ahora Sunchales presentó sus candidatos: Pablo Pinotti busca la intendencia y Andrea Ochat quiere renovar su banca en el Concejo”. Fuente para “Proyecto Ciudad Sunchales”, los cinco ejes, las dos preguntas de campaña y la presentación de Ochat como candidata al Concejo.

• Diario Castellanos, 25/06/2023. “Con solidez y compromiso, se presentó Ahora Sunchales”. Fuente para las declaraciones sobre planificación, equipo, estructura municipal y recursos humanos.

• Concejo Municipal de Sunchales, 18/09/2023. Reunión con el Intendente y concejales electos: identifica a Andrea Ochat como concejala reelecta para el período 2023-2027.

• Diario Castellanos, 02/12/2023. “Pablo Pinotti: Andrea Ochat será la secretaria de Gobierno del municipio”. Fuente para el anuncio y la explicación de que la designación no estaba previamente definida.

• Concejo Municipal de Sunchales, 06/12/2023 y 07/12/2023. Comunicación de la renuncia de Andrea Ochat y asunción de los concejales 2023-2027.

• Municipalidad de Sunchales. Perfil oficial de Pablo Pinotti: formación académica y trayectoria política 2005-2026.

• Municipalidad de Sunchales. Informe al Concejo, mayo de 2024: diagnóstico del sistema de recolección e insuficiente capacitación de recolectores con impacto en salud y seguridad.

• Municipalidad de Sunchales. Comisión de Salud y Seguridad de los Trabajadores: incorporación del servicio profesional de Higiene y Seguridad en 2024 y convenio con la Superintendencia de Riesgos del Trabajo.

• Radio Rafaela, 10/08/2022. Adrián Bertolini asume su noveno mandato consecutivo como secretario general del SOEM Sunchales; 96% de los votos emitidos.

• Municipalidad de Sunchales. Secretaría de Producción y Finanzas / desarrollo productivo: funciones vinculadas con recursos locales, economías regionales, atracción de inversiones, agregado de valor e identificación de nuevas actividades económicas.

• Municipalidad de Sunchales. Censo Industrial Sunchales 2025: relevamiento de 91 establecimientos industriales y estructura productiva local.

• Owen, David y Jonathan Davidson. “Hubris syndrome: an acquired personality disorder? A study of US Presidents and UK Prime Ministers over the last 100 years”. Brain, 132(5), 2009. Referencia conceptual sobre poder prolongado; no utilizada como diagnóstico de personas locales.

• Jean-Paul Sartre, El ser y la nada (1943). La formulación “si no tenés nada para ofrecer más allá de tu permanencia, terminás produciendo nada” es una apropiación autoral y no una cita literal de Sartre.

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