Por REDACCIÓN
Un vecino o un familiar tal vez, dan los primeros datos para desandar el camino de la elección de los padres, sugerida para el adolescente que culmina el nivel primario y debe asumir la nueva etapa.
Si así no fuera habrá que relevar los establecimientos secundarios de la ciudad para recabar la información necesaria ante tal decisión. Algunos tuvimos un compinche barrial mayor que había cursado los años necesarios y disponía de esa experiencia para compartir.
Como siempre sucedió, la plaza educativa local tenía según el momento, lugares con más o menos prestigio y convocaban de manera diferente a los interesados. Tanto es así que algunos elegimos una formación de nivel medio cuyo título a los cinco años respaldaba una salida laboral, aclarando que eran épocas donde el estudio superior lo podían concretar muy pocos.
Lo cierto es que el lugar elegido era el único quizás de la ciudad que requería un examen de ingreso debido a la alta demanda de inscriptos para primer año, salvo que el ingresante tuviera parentesco directo con algún integrante de esa comunidad educativa, sea hijo, hermano, cuyo banco ya estaba asegurado.
El requisito ameritaba una preparación importante de varios meses antes de ese diciembre convocante y se lograba asistiendo los sábados a la casa de alguna de las docentes en actividad o retiradas que ofrecían el servicio. Eran tiempos en los que el Manual de Ingreso a Primer Año del profesor Pedro Berruti de Editorial Escolar se editaba cada año incluyendo todos los exámenes anteriores que se habian tomado. Suerte de Biblia para el alumno que cursaba las semanas finales del séptimo grado y podía adquirir en estado usado a algún conocido que había rendido el año antes, como era habitual con los textos escolares.
Toma de lecciones rigurosas siempre, simulacros de esas pruebas que se sucedían cada tantas clases, correcciones con lapiceras a cartucho de distintos colores de tinta como azul, roja o verde. Y obsequio de libros de reconocimiento a los mejores resultados como incentivo didáctico.
Llegó diciembre y el día en el que por la mañana matemática y por la tarde lengua, debíamos entregarnos a esa aventura con saco y corbata los varones y guardapolvo las mujeres. Con toda la inseguridad, el nerviosismo, la canícula estival incrementada, y la guardia familiar en la vereda esperando nuestra declaración de emociones sucedidas al respecto.
Unos días después se exhibían los resultados en pizarrones de pie con planillas sostenidas por las célebres y nunca tan bien ponderadas chinches. Eso en la entrada del edificio. Y ahí se dilucidaba quién podía iniciar las clases el año siguiente o tenía que rumbear para otros lugares de estudio, además de elegir el idioma los de primeros lugares o cambiarlo con otros alumnos entre el inglés y el francés.
Aliviados por el resultado obtenido, disfrutamos de las vacaciones y nos adentramos a una nueva experiencia que en nuestras vidas sigue siendo inolvidable aun recordando el temor de los primeros días, los primeros docentes, las primeras exigencias, las pruebas cuatrimestrales, las libretas insospechadas, las reuniones de padres sigilosas, las modalidades de un nuevo ámbito, y tanto más.
Y transcurrieron los días más intensos, diferentes, valiosos, cuestionados, disfrutados, padecidos, bendecidos, que nos permitieron compartir, conocer, formarnos, definir nuestro perfil ante el futuro.
Con caminos diferentes a elección y posibilidades de cada uno, el presente nos encuentra cercanos, habiendo construido una amistad que perdura, se celebra y alimenta a diario, en las buenas y no tanto. Y algunos, por tener buenos referentes frente al aula, elegimos la formación docente.
Para entender este relato hay que situarse en los inicios de la década de 1970 del siglo pasado, cursar la división C de la Escuela Nacional de Comercio de Rafaela en el edificio de calle 9 de Julio 387. Y por supuesto, aportarle todo el afecto y la emoción que durante esos años supimos conseguir. Unos de rigurosa corbata y otras de guadapolvo hasta el último día.
Por eso mismo, llegar a las cinco décadas del egreso como Perito Mercantil, permitió escribir el siguiente mensaje a la promoción 1976 para saludarla en el acto pertinente.
Coronados de gloria vivamos...
Como decíamos ayer...
Fue tan importante esa etapa de nuestras vidas que aun seguimos hablando de aquellos días.
No hubo quizás otro quinquenio más trascendente por lo generado en amigos, y tan nostálgico.
Difícilmente podamos recordar antes y después tantos detalles de lo que fue sucediendo a lo largo de esos años.
Tantos sentimientos afloraron esos días que permitieron una siembra fecunda para poder cosechar afectos hasta estas horas.
Nada queda más arraigado en nuestras memorias que ese profesor, aquel recreo, un viaje ¡de estudios! inolvidable, entre tanta magia vivida.
Dichosos fuimos de ser protagonistas en primer plano cada uno de nosotros, desempeñando roles diferentes según la mirada y la decisión personales en cada ocasión.
Pero ante la evidencia de que nos mantenemos unidos para continuar compartiendo momentos que consideramos tan necesarios desde aquel último día de clases, nos aseguramos mutuamente que las reuniones seguirán siendo el alimento espiritual que tantas horas de complicidad desde el banco o el pizarrón, supimos conseguir.
Felicidades Egresados de Oro 1976 y lo mejor para todos y cada uno de ustedes.
Y el recuerdo permanente para quienes ya no están en este plano.
Siempre orgullosos de haber sido protagonistas en algún eslabón de la historia de la inigualable Escuela Nacional de Comercio de Rafaela.
Gracias.
Raúl Vigini (exalumno, desde ahora dorado)
Setiembre 2026